La puerta

Por Yannit Pozo

La niña se despertó con el largo lamento de la puerta.
–¿Mamá? –dijo con voz aliviada.
–¡Shshshsh! –se escuchó ásperamente en el pequeño cuarto.

–¿Eres tú, mamá? –volvió a preguntar después de un corto silencio.
–Cállate –dijo la madre en voz baja y áspera. La niña hizo silencio y se acomodó para dormir.
Al instante, un ruido turbio hizo que abriera los ojos. Algo brusco había caído sobre el bastidor de la cama de su mamá. El ruido de la cama no cesaba, era constante y elástico. De entre los ruidos la niña pudo identificar el jadeo de su madre. Pero el miedo se hizo más intenso cuando a sus oídos empezaron a llegar jadeos desconocidos. Y ambos jadeos fueron haciéndose más fuertes, y casi eran gritos. Gritos que acoplaban con el rumor metálico del bastidor.
–¿Mamá? –pronunció con voz ahogada.
Un shshshsh diferente se escapó de entre el ruido, un shshshsh jadeante.
–¡Que te calles, co…! –exclamó de manera rabiosa una voz desconocida.
La niña se encogió entre las sábanas y volvió a hacer silencio. Pero no dejó de llorar. Los gemidos llegaban ásperos y amargos a sus labios; pero no pasaban más allá.
Unos minutos más tarde, el ruido fue cesando. Hubo un largo jadeo que salió de la voz desconocida y el cuarto quedó en calma. Después, se oyeron pasos y voces confusas. La puerta se abrió nuevamente; luego se cerró. Y su lamento estuvo un instante en el ambiente.

Tomado del libro Opción cero (N. del E.)