El ‘poema’ de los cojines y los dos cajones

Por Nicolás Águila


Era 1993 y yo andaba por Brasil. Sin empleo y sin papeles, buscando un empleador que me explotara con una pincha por la izquierda. Y de repente me aparece un curso de español en una escuela de idiomas.

Me presenté al dueño y director de la academia, un bandolero entusiasta que nada tenía que ver ni con las lenguas ni con la enseñanza, pero sí con el lucro fácil. El dueño me remitió a la coordinadora, y entonces le pregunté dónde quedaba su oficina. El tipo me indicó riéndose ‘onde ficava o escritorio’ (a mí en los primeros tiempos siempre se me olvidaba que, en portugués, escritorio es oficina, oficina es taller y talher es tenedor o cubierto).

La coordinadora me recibió muy atenta y me entregó el libro de texto que usaban (un manual elaborado por el consulado español con una metodología antigua, pero con cosas muy graciosas que se apartaban de lo políticamente correcto). “Puedes empezar mañana mismo si puedes”, me sugirió, “a partir del poema de la unidad tal en la página más cual, que fue hasta dónde llegó el profe anterior”.

De regreso, en el bus, abrí el libro para ver la lección del día siguiente. Y vaya sorpresa. El tal poema era una especie de trabalenguas que había oído en mi niñez villareña:


Un cojo rifó cojines
y otro cojo dos cajones.
Al cojo de los cojines
le tocaron los cajones.
Y al cojo de los cajones
le tocaron los cojines.


No sé si los alumnos habrían captado el doble sentido, en el que me pareció mejor no insistir, pero creo que se divirtieron. Salí con cojera de la clase, dispuesto a emplear lo menos posible aquel libro disparatado de español con cojines y dos cajones.