Elogio del cheo

Por Nicolás (Tomás) Águila

Cheo incomprendido y calumniado, con tu habla chea, tu atuendo cheo, tu grabadora chea a todo trapo andando por la calle o atronando en la guagua, siempre con tu chealdad a cuestas y tus angustias cheas a flor de piel.

Cheo imponderable, a ti me dirijo en esta hora de mameyes a sobreprecio y reguetones del despelote y el desmadre.
Oh, cheo escarnecido y ninguneado, te vapulean por aquí, te machacan por allá, te insultan, te ponen como un trapo y hasta te culpan del cambio climático y el calentamiento global. Los pepillos no te aguantan, los rockeros te desprecian, los gays no te soportan, los tolerantes no te toleran, y eso a pesar de que cheos son —somos— el 90% de los cubanos, según el estimado más conservador del Centro Nacional de la Cheancia. Pero óyeme bien, cheo, yo cuento contigo y confío en tu cheísimo desempeño, porque estás “arriba de la bola” y sabes mejor que nadie “cómo se empina el papalote”. Y al que te diga lo contrario, le callas la boca recordándole las bataholas cheas y el bastón de chévere del más cheo de todos los cheos, el cheo entre cheos, el divino supercheo, el Bárbaro del Ritmo, es decir, Bartolo, el lajero convertido en el Benny Moré qué banda tiene usted.
Cheo de los cuarenta y tres barrios de La Habana o de los actuales quince municipios, cheo de La Lisa y Luyanó, de Centro-Habana o del Vedado marginal y periférico, cheo malangón o troncoeyuca, cheo por cuenta propia o guagüero de la ruta 22, con el pañuelito cheo fijado con presillas clip en el cuello de la camisa chea, a juego con el forro blanco cheo del asiento del chofer cheo y su corazón flechado —¡viva el kitsch cheo, qué cará! —, bordado en rojo cursi y con unas iniciales sibilinas que te cagas de la intriga o de la risa boba. Oh cheo cursilón irremediable, hoy comparto tu estética chea y tu cosmovisión elemental de arroz congrí, chicharrón y yuca con mojo. Hoy vengo a reivindicar tu mal gusto, cheo indómito de corazoncito vulnerable y alma cervecera, porque tú eres el que mueves los caracales. Y que me digan cheo.