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Página de Inicio Entrerrianos Obra literaria de Nicolás Águila Prieto ¿Chiva pirulítica o cangreja habitantuda?

¿Chiva pirulítica o cangreja habitantuda?

Por Nicolás Águila

La distancia no es el olvido. Es el recuerdo de las calles que uno caminó y del Prado imaginario donde nos empecinamos en seguir paseando después que lo aplanaron y le arrancaron de cuajo la sombra de los laureles.
La distancia es la desolación de las once de la noche en la pista de aterrizaje de la Calle Real. Pero es también la animación del sábado andando para arriba y para abajo y saludando al pasar con un adiós que significa hola, te veo dentro de un rato y te vuelvo a decir adiós. Uno se ponía la camisa de salir y si no podía estrenar un par de zapatos nuevos les sacaba brillo a los viejos amadeos, reparados esa misma tarde con una media suela mortal. Y a pasearse por el prado como la vaca lechera que da leche merengada. Con tremenda enfermedad.
Si te daba un sofoco una noche de calma chicha, tampoco tenías que desahogarte desgranando un rosario de improperios. Ahí estaban los primeros auxilios de la guarapera de Roberto Delgado y el batido de mamey en el Bar Azul. Y estaba la fuente de soda de Franco, el sacristán de la parroquia, donde podías tomarte por el frente o por la ventana lateral que daba al cine un agua de seltz de sabor tan exótico como la zarzaparrilla, entre varios sabores a elegir. Incluso te servían todos lo sabores juntos, pero ya eso era un corrido y el gallego te cobraba un poco más.
Y aunque no era propiamente un establecimiento comercial, quiero por eso mismo rememorar la refresquera en la sala de Castellón, donde me tomé los refrescos naturales más helados de mi vida, hechos de frutas tropicales y cristalizados al punto de congelación. A mí el que más me gustaba era el de tamarindo, pero los había de guayaba, de mango, de melón y hasta de chirimoya, y por supuesto nunca faltaba la inevitable limonada. Descontando la sinusalgia aguda, más conocida como "punzá del guajiro", que te daba cuando bebías a cuncún, era una delicia aquella pausa refrescante, todo el mundo aglomerado en una sesión de terapia de rehidratación.
Éramos un grupo sano. Muchachos sedientos de mundo y llenos de inquietudes, con los reflejos normales de la vida en un pueblo del interior, pero de una mentalidad mucho más allá, sabedores de que ser de provincias puede ser una ventaja con tal de no ser obstinadamente provincianos. Cuarenta años después, la mayoría seguimos siendo los mismos amigos de siempre, gente por ahí con la misma vocación entrerriana que no ha desmentido ni el tiempo ni la ausencia, ni esos golpes vallejianos que nos depara la vida.
La distancia es la memoria pitifláutica, es la nostalgia pelimpampluda, es la chiva pirulítica soltando berridos que me llegan hasta aquí, a más de 40 grados de latitud norte. Como aquel que dice, al cantío de un gallo de esa Calle Nueva por donde tantas veces vi pasar tambaleante pero seguro a Pedro Ojeda, el Cano, cargando la guitarra como un niño de brazos, unas veces con una nota ligera y otras veces con una carga para matar bribones. El Cano nos miraba serio a los muchachos del barrio y nos decía alguna gracia de borracho que sabe estar. Eso, cuando no le daba por hablar un inglés etílico con acento ñicosaquítico. Una estampa inolvidable. Verdaderamente anacagüítica.
Pero miren qué cosa la distancia y la saudade. Un colega guantanamero que vive por este rumbo me invita a su casa con motivo de la graduación del hijo. Y yo le digo que sí, guajiro guantanamero. Y él me contesta, pues venga, guajiro de Cumanayagua. Y me recuerda que así le decían los narradores deportivos a Ultus Álvarez, el pelotero cumanayagüense que llegó a las Ligas Mayores en los años 50. Aparte de ser un fanático de la pelota, mi anfitrión es un exalumno del Colegio La Salle y un memorioso de anjá, capaz no sólo de recitar sin tropezones las fábulas de La Fontaine y Samaniego, sino de recordar todavía aquellos temas de biología que en los tiempos de la enseñanza memorística los alumnos se aprendían de carretilla para vomitarlos en la clase y luego olvidarlos para siempre.
Y cógeme ese toro pinto, que entre fábulas y fabulaciones se dispara de pronto el fabulador guantanamero y se pone a cantar nada menos que aquel número lleno de esdrújulos arbitrarios que tanto deleitó a mis paisanos en la interpretación de Titico León con Pedro El Cano en la guitarra. Se trataba indudablemente de la misma música y la misma estructura estrófica, sólo que con letra diferente. He aquí la sorprendente versión que me cantó con esa buena voluntad que tenemos los desafinados: "Y otra vez/ una cangreja/ lítica, ciguática, raquítica y habitantuda/ le fajó a un cangrejo/ pícaro, simpático gordísimo y muelimasudo./ Si la cangreja estaba/ lítica, ciguática, raquítica y habitantuda/ dejó al pobre cangrejo/ lítico/ ciguático, raquítico y habitantudo."
Más que asombrado, me quedé boquiabierto y patidifuso. Sin audio y sin video. ¿Cómo era que un cubano de la región oriental pudiera saberse una versión ciguática y habitantuda de la Chiva pirulítica (1), que hasta ese momento yo había identificado con Cumanayagua y solamente con Cumanayagua, o sea con Titico y sobre todo con El Cano, a quien suponía el indiscutible autor de la guaracha? Entonces el amigo guantanamero me aclaró que había oído ese disco hacia 1960 y le hizo tanta gracia que se lo aprendió. ¿Una grabación de uno de los sellos discográficos de la época, Gema o Puchito por ejemplo? Su memoria no resultó tan prodigiosa como para llegar hasta ahí, pero sí estaba seguro de que lo había oído en un disco y que fue allá en Puriales de Caujerí, una localidad de su zona con nombre muy eufónico y en todo caso más poético que Las Moscas o El Sopapo. Tenía más estrofas -siguió contándome- que hablaban de otros animales, pero él, después de décadas, recordaba sólo lo de la cangreja y parte de lo del caballito ("Había una vez/ un caballito/ [……] Fue jugando pero qué patá.")
Aquello fue para mí como una nueva revelación de lo chiquito que es el mundo y lo grande y redonda que es nuestra ignorancia, esa región oscura donde todos habitamos al menos parte del tiempo. Más allá de cualquier legitímo orgullo local hay que mirar siempre a la redonda, oteando el horizonte hacia los cuatro puntos cardinales. Ser villareño no es excusa para no ser oriental o camagüeyano, matancero o pinareño, y desde luego habanero. Vale decir, cubano desde la punta hasta el cabo.
Tampoco basta afirmar con suficiencia socrática que no soy ni griego ni ateniense, sino un ciudadano del mundo. Porque eso de ser cosmopolita al final se queda en el cheo trotamundos que va soltando los ariques por el camino. El mundo en definitiva no es tan mundial como lo pinta el mapamundi, máxime ahora que este valle de lágrimas se nos ha convertido en la posmoderna aldea global tan llevada y traída por todas partes. Así que donde menos te lo esperas te berrea la chiva pirulítica. Y te quedas héctico, epiléptico y pelimpampludo. Más habitantudo que anacagüítico.

(1) “La chiva pirulítica” es una guaracha que El Trío de Servando Díaz popularizó en toda Cuba a mediados del pasado siglo, y que algunos atribuyen a su autoría (N. del E.).

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