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Página de Inicio Entrerrianos Obra literaria de Silvia C. Valdés González La tonadilla

La tonadilla

Por Silvia C. Valdés

I

Yo… todo capricho, desenfado, locura… me le aparezco cuando menos lo imagina. Sin avisar, a cualquier hora. No me importa lo que esté haciendo. Cuando siente mi tonadilla…, esa que es solo mía, tiene que acudir enseguida a mi encuentro, descalza o en chancletas, desnuda o vestida, con los cabellos revueltos, sin lavarse los dientes; no interesa… Sabe que si no me recibe presto, me marcho tan campante como vine.  Y ella, la muy ladina, comprende que me necesita. Si no fuera por mí (modestia aparte,)¿qué hubiera ocurrido con su abogado, con su policía, con su pintor, con su astronauta? Y ahora mismo, ¿qué sucedería con su tierno poeta de sonetos eróticos? Pablo, el de la timidez de un colegial  y la sequedad de una  tusa; pero que así y todo la tiene trastornada y no la deja conciliar el sueño pensando y pensando en sus ojos verdes… y en cómo desenmarañar la intriga. Porque eso sí, ella siempre se enreda en una “cuarta de tierra” —disculpen—, quiero decir, en el conflicto y cuando llega al clímax… yo y solo yola asisto para que desenlace la trama.


II

¿Y qué se habrá pensado? Nuestra complicidad no le da derecho a semejante atrevimiento. Le he dicho un montón de veces que mi hombre es punto y aparte. Él no será de frasecitas bellas, ni  metáforas…; ¡pero eso sí, hay que respetarlo! Y lo que ella hizo ayer, no tiene nombre…, aunque sí…,se llama: ¡Tremenda Basura…! Con mayúsculas y todo. Eso de llegar de sopetón, sin avisar, cuando iniciábamos el “juego amoroso”… ¡Eso no es juego, señores!
En honor a la verdad, yo sentí su tonadilla… (La que ella dice es solo de ella); pero me hice “la sueca” porque en ese instante yo me deleitaba con su boca golosa y por supuesto él con la mía. Sus manos expertas me acariciaban haciéndome estremecer, una arrebatadora excitación nos envolvía. ¡Qué delicia!  Galopábamos al cielo en éxtasis divino. Ya estábamos cerca del clímax…, a unos  minutos del orgásmico  final,  cuando ella… —¡insolente! —... se me encima y me susurra al oído: “Te traigo lo que te falta, aprovecha lo que te falta.” Yo… sudaba… suspiraba… jadeaba… “Lo que me falta” —grito al fin en un alarido delirante de supremo placer.
Y caigo desmadejada sobre el pecho broncíneo y vigoroso. Pero ella… insiste. Guiña un ojo, da vueltas y más vueltas, con su tonadilla y sus arrumacos y por fin logra desprenderme de los brazos que me estrechaban, mientras repite: “Lo que te falta…, lo que te falta.”


III

Aún desnuda, jadeando, suspirando, sudando, se aferra a mi mano…, sabe que le traigo “lo que le falta” y que si no se apura, me voy con mi música a otra parte, quiero decir con mi tonadilla, y la dejo en blanco…
—¡Corre, niña, corre!… ¡Eso, muévete…sí, está muy bien…, así…, así! Eso… “Lo que te falta”…, apúrate, dale, dale…, no te detengas…
Y prende la luz en el sitio de nuestras confabulaciones. El sitio donde tiene sus encuentros no solo conmigo, sino también con sus lúdicos inventos y sus fantasías eróticas
—Teclea, niña, teclea, no pares.
Ella mueve los dedos alucinada cuando… ¡Mi madre!…, digo, ¡su “hombre”!… ¡como Dios lo trajo al mundo…!  Crece…, crece  y se vuelve un monstruo, al menos eso me parece a mí. Lanza improperios  y  se arroja sobre las cuartillas, y las hace pedazos, qué pedazos…, ¡confetis de carnaval! ¡Virgen Santa! María Auxiliadora…Protégela, San Judas Tadeo, Patrón de los Casos Desesperados…, ampárala….,ampárala…am…pá…ra…laaaaaaaa…!


IV

Pasó el cataclismo. Me quedé derrotada; pero no vencida. ¿Dónde leí algo similar?... Con cinta transparente trato de recomponer el destrozo de palabras. Ardua tarea.  Quedo exhausta. Iré al sofá a descansar. No quiero sentir los ronquidos del energúmeno. Pero ella, que había huido despavorida, regresa nuevamente. Ya siento su tonadilla:
— Vete… —le digo cuando se me acerca con cautela—. Ya es muy tarde…, quiero dormir…
Pero me desoye, sigue con sus arrumacos y me hace guiños halándome de un brazo. Al rincón de la complicidad, me arrastra de nuevo. Estoy hipnotizada. Me empuja y me obliga a sentarme. Pulso y pulso con nuevos bríos, largo tiempo y al fin ella se aleja, yo diría que feliz al comprobar que he terminado la faena. Me levanto con decisión. Se lo mostraré al troglodita... ¡Será mi venganza!
Camino hasta el dormitorio. La puerta está entrejunta. La luz  encendida  proyecta su desnudez. Sentado en la cama, de espaldas a mí, parece más delgado y más blanquecino. ¿Qué hace?... ¿Escribe?... ¡Una solicitud de divorcio, seguramente! No me importa. ¡Egoísta, energúmeno! ¡Qué odio! Sin volverse siquiera me extiende el papel con mano trémula. Desconfiada, lo tomo y leo. Vuelvo a leer incrédula. ¿Qué es esto? ¿Un soneto?... ¿Un soneto erótico?... ¿Mi marido me ha escrito un soneto erótico?
Por un momento olvido el afán de revancha que me conduce a la habitación. Asombro y ternura me impulsan, inducida por la emoción, a buscar el rostro amadísimo. Ansío ver en los negrísimos ojos de mi hombre, amor y arrepentimiento. Pero…, ¡cosa insólita!  Lo que veo son las verdes y soñadoras pupilas de Pablo, mi tímido poeta, que me contempla con arrobo. Quedo trastornada. Me pierdo en su embrujo, el embrujo de su erotismo cuando se me acerca, me estrecha entre sus brazos ardientes, me colma de besos locos que me electrizan y el arrebato de nuestra enardecida pasión nos lanza en el lecho.
No sé desde qué sitio se deja escuchar la tonadilla; pero nos embriaga toda la noche.


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