Diálogo con nuestro Apóstol

Por Clara Veitía

Yo soñé un monte de espuma
y un Hombre en la cima vi
que escribía con su pluma:
“Mi nombre es José Martí”.
Por inveterados trillos
vagó la imaginación,
y así, entre versos sencillos,
brotó la conversación.

–Señor de mirar certero,
¿quién eres? Dilo con calma.
–Yo soy un hombre sincero
de donde crece la palma.

–¿A dónde vas, y de dónde 
vienes cansado de andar?
¿Entre qué espacios, responde,
sientes que está tu lugar?

–Yo vengo de todas partes
y hacia todas partes voy:
Arte soy entre las artes,
y en los montes, monte soy.

–He escuchado de tus rimas
mil comentarios dispersos,
pero, ¿qué tal si te animas
y me hablas de tus versos?

–Mi verso es como un puñal
que por el puño echa flor:
mi verso es un surtidor
que da un agua de coral.

”Mi verso es de un verde claro
y de un carmín encendido:
mi verso es un ciervo herido
que busca en el monte amparo.

“Mi verso al valiente agrada:
mi verso, breve y sincero,
es del vigor del acero
con que se funde la espada”.

–El genio al sentir se junta
en el poeta que eres.
Ya tu verso se pregunta 
por qué tanto es que lo quieres.

–Yo te quiero, verso amigo, 
porque cuando siento el pecho
ya muy cansado y deshecho,
parto la carga contigo.

”Tú me sufres, tú aposentas
en tu regazo amoroso,
todo mi amor doloroso,
todas mis ansias y afrentas.

”Tú, porque yo pueda en calma
amar y hacer bien, consientes
en enturbiar tus corrientes
con cuanto me agobia el alma.

“Tú, porque yo cruce fiero
la Tierra, y sin odio, y puro,
te arrastras, pálido y duro,
mi amoroso compañero”.

–¡Ah!, pero tu verso insiste 
y aún se debate en porfía,
y se pregunta, muy triste,
si lo olvidarás un día.

–¿Habré, como me aconseja
un corazón mal nacido, 
de dejar en el olvido
a aquel que nunca me deja?


“¡Verso, nos hablan de un Dios
adonde van los difuntos:
Verso, o nos condenan juntos,
o nos salvamos los dos!”

–Sé que estimas al valiente
que ante un malvado se ha erguido,
no importa en qué continente
ni en qué país ha nacido.

–Estimo a quien de un revés
echa por tierra a un tirano:
lo estimo si es un cubano;
lo estimo, si aragonés.

–Amigo es amor activo: 
para él, tu rosa blanca.
–Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo.

–¿También al cruel? ¿Y si está 
el dolor muy crudo ahora?
–Se lleva mi amor que llora
una nube que se va.

–¿Y dónde queda el momento
en que el cruel te ha malherido?
–Sobre la tela del viento
y la espuma del olvido.

–Tal vez no tengo derecho 
a ahondar en la angustia ajena,
mas vislumbro una gran pena
agazapada en tu pecho.

–¡Penas! ¿Quién osa decir
que tengo yo penas? Luego,
después del rayo,  y del fuego,
tendré tiempo de sufrir.

–Tus frases, siempre ingeniosas
delatan  temple y herida.
¿Cuánto sabes de las cosas?
¿Cuánto has visto de la vida?

–Yo sé los nombres extraños
de las yerbas  y las flores, 
y de mortales engaños,
y de sublimes dolores.

”Yo he visto en la noche oscura
llover sobre mi cabeza
los rayos de lumbre pura
de la divina belleza.

”Alas nacer vi en los hombros
de las mujeres hermosas:
y salir de los escombros,
volando, las mariposas.

”Yo he visto el águila herida
volar al azul sereno,
y morir en su guarida
la víbora del veneno.

“Yo sé bien que cuando el mundo
cede, lívido, al descanso,
sobre el silencio profundo
murmura el arroyo manso”.

–Tú, que has podido del mundo
ver tanto, dime con calma:
¿Acaso por un segundo 
has logrado ver el alma?

–Pálida como un reflejo
dos veces vi el alma, dos:
cuando murió el pobre viejo,
cuando ella me dijo “adiós”.

–No temes al sufrimiento
ni al puñal en tu costado,
sin embargo, ¿habrá un momento,
acaso, en el que has temblado?

–Temblé una vez en la reja,
a la entrada de la viña:
cuando la bárbara abeja
picó en la frente a mi niña.

–Sabes de amor que confía
y de amigos de verdad.
Di: ¿quién tiene más valía,
el amor, o la amistad?

–Si dicen que del joyero
tome la joya mejor,
tomo un amigo sincero
y pongo a un lado el amor.

–¿Qué dices al que, al querer,
tan sólo recibe herida?
–¡Pero no empañes tu vida
diciendo mal de mujer!
–¿Y el que amó y  fue traicionado?,
¿cómo vivirá ese hombre?
–Sin decir jamás el nombre
de aquella que lo ha matado.

–¿Y si mucho sufre y llora
por amor, cómo dirá?
– Eva me ha sido traidora:
Eva me consolará.

–¿Por qué aconsejas no ver
al descubierto una pena?
–Por soberbia, y por no ser
motivo de pena ajena.

–No olvido que hay cosas bellas
aunque yazgan escondidas;
que tras la nube, hay estrellas…
¿Y tú, ¿qué instante no olvidas?

–Yo no puedo olvidar nunca
la mañanita de otoño
en que le salió un retoño
a la pobre rama trunca.

“La mañanita en que, en vano, 
junto a la estufa apagada,
una niña enamorada
le tendió al viejo la mano”.

–Tienes vivencias, historias,
y sueños, y amor… y herida.
Pero, dime,  ¿qué memorias
llevarás a la otra vida?
v
–Si  quieren que  de este mundo
lleve una memoria grata,
llevaré, padre profundo,
tu cabellera de plata.

”Si quieren, por gran favor,
que lleve más, llevaré
la copia que hizo el pintor 
de la hermana que adoré.

“Si quieren que a la otra vida
me lleve todo un tesoro,
¡llevo la trenza escondida
que guardo en mi caja de oro!”

–Hombre de sentir profundo,
rechazas la guerra, el mal…
–Yo quiero salir del mundo
por la puerta natural.

–¿Y si el cruel provoca guerra
por su afán de dominar?
–Con los pobres de la Tierra
quiero yo mi suerte echar.

–¿Y si es grande el desenfreno,
la barbarie, el descontrol?
–Yo soy bueno, y como bueno,
moriré de cara al sol.

–¿Y tu último reclamo
si lo peor sucediera?
–Tener en mi losa un ramo
de flores,  y una bandera.

–Ya me despido, Hombre, pues
te he escuchado suspirar.
–Y no es un suspiro, es
que mi hijo va a despertar.

–¿Qué diré a quien te hace el ruego
de saber más de tu hazaña?
–Que venga, que venga luego
a mi templo en la montaña.

–Diré que venga cualquiera,
que aquí hallará tu alma ansiosa.
–Como el tronco a que amorosa
se prende la enredadera.

–Diré: sigue vivo; pero
hecho monte, arroyo, palma…
–Y antes de morirme, quiero
echar mis versos del alma.