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Página de Inicio Entrerrianos Obra literaria de Orlando V. Pérez Cabrera La Gruta de Cristina, una apasionante novela de Luis E. Ramírez

La Gruta de Cristina, una apasionante novela de Luis E. Ramírez

Por Orlando V. Pérez

La Gruta de Cristina es una novela erótica en la cual se narra la historia de un joven  que, iniciado por su tía desde pequeño en los placeres sexuales, huye de su pueblo debido a la furia de un padre ofendido. En la Capital le deslumbran la variedad de mujeres. Comienza a trabajar de mozo en un hostal, donde mantiene relaciones sexuales al unísono con la patrona, la criada y dos huéspedes lesbianas. Al descubrirlo su patrona, lo despide. Aparecen nuevos romances con la dueña de un bar que lo acoge, o mejor, lo secuestra. En un nuevo trabajo, como fumigador, tiene múltiples aventuras, hasta que encuentra a una joven marcada por el abuso sexual de su padrastro en la niñez. Desarrollan una desinteresada amistad, pero una inesperada situación los une en un mismo lecho y ocurre un ardiente y romántico desenlace.

A continuación citamos un fragmento:

“…Doña Dolores, que con ojo inquisidor había seguido en cada momento su trabajo, lo llamó para decirle que estaba satisfecha con su labor y se podía quedar. Le entregó una pequeña suma como remuneración de la semana y lo exoneró de la limpieza de la escalera y cuartos, porque –le confesó– la hacía en días alternos una señora a quien había otorgado un descanso a su llegada con el fin de probarlo.

“Rolando pudo comenzar a dormir las siestas, pues doña Dolores se lo había permitido y a disponer de algunos ratos de ocio en las tardes. Pero esto fue por poco tiempo. El miércoles, doña Dolores preguntó si sabía dar masajes y como Rolando contestó que no, la mujer decidió:

No importa, yo te enseñaré cómo. Ven esta tarde a mi habitación a la hora de la siesta.

“Fue puntual. Tocó a la puerta y cuando escuchó la voz de la mujer invitándolo a entrar, accionó el picaporte. Se detuvo en el umbral fascinado por el imponente tamaño de la cama de lustrosa caoba y la multitud de espejos que devolvían unos a otros, la imagen de cada rincón de la estancia extrañamente decorada con pedestales que sostenían jarrones, las paredes repletas de cuadros con fotos.

La Dolores, que se encontraba reclinada en el lecho, lo conminó a entrar ordenándole que pasara el cerrojo a la puerta: No me gusta que me molesten mientras recibo mis masajes –dijo; le señaló un pote conteniendo una suave y olorosa crema, le indicó cómo debía ponerla en sus manos y la manera en que friccionaría sus piernas, brazos y espalda. Suave, pero vigorosamente.

“La doña se acostó, se volteó quedando boca abajo y recogió la sábana que la cubría, dejando solo una parte de la blanca tela sobre la voluminosa porción de sus sobresalientes glúteos, mientras piernas y espaldas quedaban al descubierto.

“El avispado muchacho comprendió que su patrona estaba completamente desnuda bajo la sábana, y como –aunque jamona– sus carnes se veían firmes y apetitosas, y sobre esas mismas carnes él debía deslizar sus manos embadurnadas de la fragante crema, comenzó a sentir un extraño calor que pronto se trasmitió a su bravío compañero, quien empezó a desperezarse saliendo de su letargo.

“Al sentir que aquella parte tubular de su cuerpo aumentaba de tamaño, tomando la dura consistencia que le era característica cuando olfateaba a una hembra, se dijo: ¡Ahora sí que pierdo el empleo!; pero no pudo pensar más, porque doña Dolores lo instó a comenzar:

“¿Qué esperas, rapaz? ¿O es que nunca has visto a una mujer?

“En realidad, Rolando había visto a muchas mujeres, incluso palpado alguna que otra, pero está acción que le pedía, ese más íntimo y prolongado contacto con una piel, no estaba en el inventario de sus recuerdos.

“Así pues, debía comenzar, y llenándose de valor comenzó. Primero deslizó sus manos por las piernas de la forma en que Dolores le había indicado: desde los tobillos hacia arriba, deteniéndose a la altura de las rodillas para luego volver a descender hasta los regordetes pies de su señora y friccionarlos. Luego trabajó sobre los brazos, finalmente la espalda.

“A esa altura su atormentado amigo estaba en el punto pleno de ebullición y por más que lo trataba de ocultar, el infeliz hacía denodados esfuerzos por extender su amplia longitud a pesar de la resistencia que le ofrecía el pantalón.

“La mujer, que había permanecido con los ojos cerrados disfrutando del masaje, alertada por un sexto sentido que le era innato, entreabrió los párpados y vio cómo a la altura de su rostro, el endemoniado artefacto del muchacho le apuntaba escondido tras la tela con una asombrosa rigidez.

Sin decir palabra cerró nuevamente los ojos y realizó el cálculo de la dimensión de aquel bulbo carnoso, su grosor, temperatura y, sobre todo, el vigor que debido a la edad de su poseedor debía mantener.

“La comezón que desde el contacto mismo de las manos del muchacho deslizándose por su cuerpo se había hecho presente en su entrepierna, se acentuó, llevándola instintivamente a presionar su cuerpo contra el mullido colchón, arqueándose ligeramente hacia abajo.

“¿Y los muslos? –dijo– Te has olvidado de los muslos.

“Ni torpe ni perezoso, Rolando, que percibió el leve movimiento de la mujer, depositó una nueva porción de la crema en sus manos y tomó entre ellas aquellas sólidas columnas, donde a pesar de la edad, las carnes se mantenían limpias. El movimiento de sus manos apenas había comenzado cuando la mujer entreabrió ligeramente las piernas y le pidió que alargara la trayectoria.

“Así lo hizo, y las piernas volvieron a separarse otro tanto. Allí, debajo de la sábana, se percibían claramente las puntas de las nalgas.

“Con osadía, tomando la tela con cuidado, descubrió el trasero de la mujer, y como esta nada dijo, deslizó sus manos por toda la extensión de los muslos hasta el final. Para sorpresa suya, cuando esperaba una airada reacción, Dolores, con un ligero movimiento, se empinó un poco invitándolo con el gesto a proseguir.

“Sin dudarlo ya, escuchando los gritos de su compañero de batallas que le exigía más acción, luego de sobar las amplias caderas, llevó las manos hasta las dos opulentas y sonrosadas nalgas, las acarició suavemente y las separó.

“De entre la profunda zanja que dividía a las iguales, un disco de color oscuro se contraía en un cómplice guiño. Unos pocos centímetros más abajo, perdidos entre una negra vegetación, sobresalían los labios carnosos y húmedos del sexo. Los rozó con sus dedos provocando un salto en la señora.

“Ante la sugestiva caricia doña Dolores se vio impelida a actuar, pues no podía resistir por más tiempo aquella incitante manipulación de sus partes más íntimas. “Se volteó dejando completamente a un lado la sábana, agarró a Rolando por el cinturón y lo atrajo hacia ella.

“Con agilidad felina desabotonó el pantalón y comprobó que sus cálculos habían sido erróneos: Aquel pulsátil cono, cuyo balano parecía querer reventar, era mucho más grande y grueso de lo que había imaginado”.

Esta novela usted puede descargarla en formato pdf totalmente gratis y rápido accediendo a esta dirección:

https://freeditorial.com/es/books/la-gruta-de-cristina

 


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