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Página de Inicio Entrerrianos Obra literaria de Orlando V. Pérez Cabrera Insólita entrevista a un viejo soñador

Insólita entrevista a un viejo soñador

Por Orlando V. Pérez

(El cumanayagüense José Oriol González Martínez, en el devenir de la historia, se ha convertido en una personalidad de la cultura cubana y en obligado referente dentro del ámbito socio-cultural de nuestra municipalidad. Es miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) por las artes escénicas. Ha recibido numerosos premios y condecoraciones a lo largo de su  vida como actor, director, escritor, promotor cultural… Fundador de varios grupos teatrales, ha incursionado también en la filmografía; su obra de consagración se ha hecho patente en la fundación de una comunidad cultural en la finca donde nació en el año 1954, y que antaño perteneciera a su abuelo de origen español y luego a sus padres: El Jobero, en las cercanías de Cumanayagua. Desde allí, teniendo como telón de fondo el imponente macizo montañoso de El Escambray, todavía entreteje sueños fabulosos).     

P: Háblenos un poco sobre sus nupcias con la dramaturgia desde su niñez.

R: José Oriol: Creo que el hecho de haber nacido y vivir durante muchos años en el campo, no fue del todo una limitación para mi aprendizaje y formación en el incierto mundo de las artes escénicas. Viví parte de mi infancia  dentro de un gran ambiente cultural, considerando que mi abuelo era un labrador de origen español, y esos inmigrantes canarios regían su existencia, trabajaban y formaban valores en sus familias con la tozudez y la artesanía de una cultura viva.
Quizás me faltó  el acceso, como sí lo tiene hoy mi nieto, a  otro tipo de saberes, imágenes y habilidades tecnológicas, y sobre todo a espectáculos artísticos. Pero tampoco me quejo, porque tuve la posibilidad de imaginar  otros mundos y construir mis propias imágenes a través de la narración que me  provocaba la radio. Te puedo asegurar que  escuchaba todos los días —contra la voluntad de mi abuela Doña Martha, quien se quejaba de que  le agotaba las baterías  y no podríamos escuchar entonces las noticias cuando llegaran los ciclones— en aquel viejo RCA Víctor durante años “Las aventuras de Leonardo Moncada”, “Lo que el viento se llevó”,  “El hada de la brisa”, “Peter Pan” y hasta el adivino Clavelito, quien solicitaba que para escuchar su programa se colocara  un  vaso de agua clara sobre el trasmisor, mientras orientaba “espiritualmente” al  oyente con su místico “pon tu pensamiento en mí”. La radio para mí  en esa etapa fue  como un imaginario vivo, un puente con el universo mundo, provocado desde la magia infinita de las palabras; con la apoyatura de los efectos y la música, eran ondas  venidas desde cualquier lugar del planeta como una presencia intrusa y subversiva que se metían de pronto en la intimidad de la  cocina de tu casa, para que imaginaras  “misterios inquietantes del más allá”. Los emisores estaban distantes de ti, y solo tenías como realidad el patrimonio inmediato del arroyo con sus charcos y biajacas, del corral de las vacas y  terneros atados para el ordeño, de los ranchos de vara en tierra y la casa de curar el tabaco, de tu familia; pero con sus emisiones dedicadas a millones de seres humanos que no vivíamos en  la ciudad, la radio ejerció un papel importante al abrirnos el horizonte  a la fantasía.

Aprendí también las vocales y primeras letras de forma autodidacta, con una cartilla que mi abuela le cambió por unos huevos de gallina a un tal Felicito, un vendedor ambulante que pasaba con la mercancía en el lomo de una yegua. Quizás por eso mi ortografía resulte tan precaria hasta el día de hoy. Vivimos  bajo el influjo de una escolástica formación cristiana emanada también de mi abuela, quien nos obligaba a rezar cada noche un padrenuestro, a celebrar festividades religiosas por los aniversarios de los santos y a adorar un altar  en una larga noche de alumbrado para pedir por la salud de un enfermo; además de celebrar con toda intensidad la Navidad y hacer que se les  escribiera  a los Reyes Magos, acción que yo traducía  en tiernas y tramposas cartas, sabiendo de antemano quiénes eran los verdaderos proveedores de juguetes, por lo que   les comentaba que me conformaría con cualquier cosa, pero que realmente lo  que yo quería  era una bicicleta, que si no podía ser ese año, que fuera el otro. También ayudaron en mi formación los comics o libros de muñequitos americanos que vendían en los estanquillos de Emilio Arocha y Arsenio Jáuregui en Cumanayagua. Estos  fueron también un perenne estímulo con sus historietas reales y fantásticas. Siendo del todo sincero en la respuesta a tu pregunta, no debo dejar de mencionar  la presencia  de   los  circos de paso: el Montalvo, por ejemplo,  con sus carpas que se armaban en cualquier plazoleta del corazón o en las afueras del pueblo, quienes produjeron en mí ese   deslumbramiento,  que rayaba con  el deseo de ser como los actuantes… Seres alados, con sus capas brillantes, que volaban sobre el público sostenidos de una cuerda, y que  se quedaban para siempre  en mis sueños y en mi  mente. Considero relevantes esas imágenes, secundadas  con otras  que vi  en un viejo televisor en la cuartería de  Ramón Bermúdez o  las  del cinematógrafo ambulante que fomentó el ICAIC después del triunfo de la Revolución, por medio de las cuales los niños serranos descubrimos a Charles Chaplin, entre otros grandes de la pantalla; etapa que considero pródiga porque hubo también una eclosión del movimiento de aficionados, destacándose muchísimo en nuestro poblado la compañía actoral de Cumanayagua (con sus dramas y comedias), con el insigne comerciante canario Zenón Rodríguez al frente, quien  montaba piezas del repertorio  cubano y extranjero, como “Dios te salve, comisario”, “El medico a palos”, “Arroz para el octavo ejército chino”, “El robo del cochino”, por solo citar algunos ejemplos. Por otra parte, yo casi puedo hablarte  de una poética guajira, con  un sentido incluso aristotélico, porque la dramaturgia y el espectáculo teatral son también parte de la vida; la dramaturgia  teatral es, al decir de Aristóteles, “un cuerpo viviente”. Recuerdo que cuando era niño y presenciaba el espectáculo de un toro montando a una vaca en el potrero, descubría  una  relación directa de violencia y poesía a la que sin saberlo le concedía un valor performático; también la crecida del arroyo después del temporal era un bello espectáculo, o una puesta de sol, o una manga o remolino de viento levantado una casa de tabaco en peso, o la recogida de la cosecha con sus imágenes de campesinos golpeando con varas sobre telones para obtener  la  semilla del arroz o del frijol, o los cantos  solitarios del vaquero que recogía  el ganado en la madrugada para el ordeño, o el gorjeo  de los pájaros en la manigua, o el  ronquido del ferrocarril y su pitazo lejano; todos estos son estímulos sensoriales que me ofrecía la vida, montados sobre el inmutable escenario de la madre Naturaleza. Dentro de mis recuerdos perennes está especialmente la figura de mi padre, un isleño encorvado, corpulento, alto y hermoso, quien lograba arrancarle a la guitarra por la tarde, sentado sobre un taburete que recostaba en la puerta del amplio comedor con bancos de madera, como en un lamento, las notas de la  tonada Carvajal. Por ultimo te comento sobre ese telón negro de la noche que era  como un foro gigante, infinito, donde se removían el mito y el temor inculcado por los más viejos, animando con sus palabras luces que se elevaban del suelo, esqueletos rumberos, niños de colmillos desmesurados, gritonas, güijes, mujeres que se trepaban a las ancas  de la bestia  y te ahorcaban, vampiros, negros viejos que se robaban los niños en un saco para ofrecer su sangre  a los santos, y más tarde, cuando la lucha contra bandidos  y la limpia del Escambray, sin ninguna fantasía, sino como peligro real, los facinerosos, que  te quemaban la casa, te ahorcaban con un alambre de púas o  te fusilaban. Recuerdo que mi padre Baldomero,  mi tío José  Ramón y Heliodoro, un huérfano que crió mi abuela, dormían con un fusil springfield, una carabina y  una tercerola al pie de la cama para enfrentar a ese  enemigo. Todos esos sucesos, esa incertidumbre, esas fantasías  y esos  miedos  fueron  los que me propiciaron esas nupcias, como llamas tú, con la dramaturgia, y que me hacen imaginar desde entonces, obras que viven dentro de mí y que empiezo a compartir con el público.

P: Haga hincapié en su proceso de formación profesional.

R: Fui ese niño de piel blanca, delgado y de pelo lacio, con voz aflautada, hijo de la rudeza del campo y de la zozobra intelectual de los libros, que  cuando estuvo  en la escuela se destacó en los actos cívicos de la escuela primaria “Nirma Escalona”, del Jobero, donde tuve como maestra a Migdolidia Armiñana y como ilustre condiscípulo al hoy doctor en geografía José Ramón Cobelo, que era hijo de Joseíto el lechero; él y mi propia hermana Maritza, me  cuentan  cómo yo era una  especie de niño-clown, que mientras declamaba una poesía, encarnaba a la vez varios personajes y los representaba en una misma historia: hacía de gato, de ratón, de viud ,  de enterrador, etc. Un día del año 1959 pasaron soldados los rebeldes y se improvisó un concurso de historia. La mejores respuestas fueron las mías y  por eso me gané  25 centavos, que era el premio. Tuve una formación profesional accidentada desde el comienzo, pues la propia escuela enseñaba a niños de primero a quinto grados y todos los discípulos escuchábamos las clases del mismo  modo, de manera  que el aprendizaje era muy irregular. Al abandonar la escuelita de campo y bajar  para Cumanayagua a terminar el sexto grado en un concentrado de primaria con el maestro Juan Ferrán, se rompió el cordón umbilical con El Jobero y poco después también con el pueblo de Cumanayagua. Comenzó así un largo periplo por diferentes escuelas: “Manuel Ascunce”,  en  Topes de Collantes; “Conrado Benítez”, en Pitajones; “Raúl Suárez”, en Cienfuegos, nuevos espacios que produjeron en mí una especie de olvido de aquella modesta secundaria básica del pueblo, en la que estuve matriculado solo por un corto tiempo y de la que no recuerdo ni el nombre. Quizás lo más significativo es que en ella formé parte de un grupo musical integrado por Alfredo Águila, un excelente músico profesional, hoy  director de programas en Radio Cumanayagua e integrante de la banda municipal de música; Jorge Luis Suárez (El Grillo), que hoy es ingeniero, y Juan Froilán Álvarez, el hijo de Juanico, que sí ha trascendido como un músico importante y acompaña a su esposa Noemí en el dúo “Así Son”. Como yo era además un niño desafinado, me tocó el triste rol de tocar la pandereta. La mía fue una juventud accidentada, pero a la vez rica y diversa, porque aun sin formación estable, sin comenzar  como todo el mundo desde pequeño en un colegio que me indicara el camino  de  las artes, como se estila actualmente, logré formarme en el mundo de la dramaturgia. Fue  una vocación diversa y mucho tuvo que ver en ella un poco más adelante el poeta Néstor Díaz de Villegas, hijo de Castor Díaz de Villegas, un noble zapatero que por su condición revolucionaria llegó a ser un alto dirigente en la localidad. Néstor me indicó lecturas, me inculcó el interés por la música de los Beatles, me enseñó los procesos de creación en la historia de las artes  plásticas, y sobre todo descubrí en él  la rebeldía innata del artista. Él vive ahora en los Ángeles, EE.UU., y siempre que nos encontramos pasamos momentos muy gratos recordando aquellos tiempos. Mi formación se volvió aún más ecléctica  en el seno de diferentes becas, misiones y concentrados en diferentes colegios, hasta que finalmente matriculé en la Escuela Nacional de Arte (ENA) de donde curiosamente, a los dos años fui separado… Regresé a Cumanayagua y  mi madre,, como castigo me destinó el oficio ser recogedor de café en las montañas del Escambray, formando parte de unas brigadas que organizaba la Unión de Jóvenes Comunistas. Pasada esa etapa de aprendizaje mundano, que no desprecio para nada, pues todos estos accidentes me llevaron a tener contacto con diferentes experiencias laborales, a conocer  gentes y paisajes  de  una geografía que de otra manera no hubiera  habitado,  tuve un acercamiento raigal aTeatro Escambray como estudiante aficionado cuando cursaba el Preuniversitario “Tony Santiago”, en Manicaragua. Allí se  me permitió formar un grupo de aficionados que atendían algunos de los  actores, contando con el consentimiento de Sergio Corrieri y Gilda Hernández, su madre, también fundadora de dicho grupo. Teatro Escambray, con sus obras al estilo brechtiano, reflejaba las problemáticas de nosotros mismos. De inmediato, me sorprendieron aquellas imágenes, producidas por hombres vestidos con overoles azules, gente diferente, elegida. Todo ese arsenal de imágenes  generó  en mí un sentimiento imitativo, de  querer ser como esos seres venidos de otro sitio que volaban con una cuerda o actuaban lo mismo en una cañada en medio del campo que sobre el lecho de un camión. Creo que esas fueron las fuentes primicias que despertaron en mí una sensación de  participar en un hecho artístico profesional. Esa fase fue altamente creativa, conocí en vida al escritor cubano Onelio Jorge Cardoso, narrador del que  representamos varios cuentos. Inspirado en  dicha experiencia y no sin la ayuda de Sergio y Gilda, matriculé finalmente  en el Instituto Superior de Arte (ISA). Curiosamente, en el cuarto año de la carrera también fui separado de la Universidad de las Artes. Esta vez,  yo mismo, conociendo la integridad política de mi madre y pensando en cuál sería el trabajo a que me destinara, mediante la intervención de la Dirección Nacional de la UJC, logré formar parte de un contingente de jóvenes que construían la fábrica de níquel “Che Guevara” en Moa y formar parte también de una misión internacionalista en el África. En todo este proceso de tránsito fui incorporando conocimientos aprendidos en  las  academias y acomodándolos a los procesos de la azarosa vida, y  creo que esa es la causa por la que soy un teatrista que ha podido generar un movimiento que no vive  dentro de un recinto cerrado  y tiene anclada enfrente una cartelera donde anuncian día tras día la misma obra, un local al que  acuden los niños a divertirse los fines de semana y que después cierra sus puertas para que sus actores se vayan a  la casa. Creo que esa particularidad de ver el mundo, de relacionarme con gentes del campo, con obreros de la construcción, de trabajar en una obra de choque como la construcción de la fábrica “Che Guevara” de Moa —donde viví la experiencia de trabajar hasta  diez horas diarias durante 24 días seguidos, para ganarme el derecho a un pase de 6 días y venir a  mi casa con mi familia, viviendo en un lugar donde hasta los calzoncillos se teñían de color rojo por los pigmentos del mineral que están integrados a la tierra de Moa—, fueron los accidentes de vida me fueron dando el camino de suficiencia para poder fundar con aquellos obreros un grupo de teatro que llamamos “Tierra roja”, y más tarde participar allí mismo en el rodaje de una película llamada “Polvo rojo”, bajo la dirección del controvertido escritor y cineasta cubano Jesús Díaz.  Creo que ese fue el punto de partida. Ya con más de 20 años de camino, la vida me  permitió  arribar a la conclusión de que me inclinaba hacia  la cultura, y muy particularmente hacia  el  teatro.   

P: El pasado año 2016 Teatro de los Elementos cumplió sus primeros 25 años de fundado. ¿Cuál es la génesis de la creación del grupo?

R: Yo creo que la génesis tuvo que ver con la necesidad de exploración y experimentación del grupo humano que me acompañaba. Mis alumnos-actores terminaban el cuarto año de academia en la Escuela Nacional de Instructores de Teatro (ENIA) y estaban muy influenciados por los talleres de la Escuela Internacional de Teatro de América Latina y el Caribe (EITALC), donde  yo  me desempeñaba como productor general. La escuela estaba organizada por la Casa de las Américas y funcionaba bajo la dirección del dramaturgo argentino Oswaldo Dragún. En sus talleres conocimos a grandes grupos emblemáticos  del teatro en América Latina: El Club del Clown, de Argentina;  La Candelaria, de Bogotá; Yuyachkany, de Perú, Mala Yerba, de Ecuador; Teatreros Ambulantes de Cayey, de Puerto Rico. Después de participar en  sus prácticas y talleres estábamos muy influenciados por tendencias modernas como la creación colectiva o la corriente antropológica enunciada por Eugenio Barba desde el Odín Teatro en Dinamarca, razón por la que  nos propusimos en el último año académico, abandonar la Escuela Nacional de Arte y lanzarnos a espacios desconocidos, fulminando de este modo  el viejo programa de clases del colegio. Recuerdo que introduje, como por casualidad, la modalidad de construir y montar los zancos en el programa de enseñanza de ese año, y esto trajomuchos comentarios desfavorables y surgieron también fuertes detractores académicos. Al  irnos al barrio Romerillo, a solo unas cuadras de distancia de la Escuela  de Arte, para  probar fuerzas con el teatro, empleando esta vez  como modus operandi el tratamiento de un problema social en un sitio marginal, provocó recelo y desconfianza. La motivación que nos conminó a relacionarnos con el barrio consistió en que un grupo de  jóvenes de la barriada  le habían arrojado piedras a un ómnibus en la madrugada, como represalia porque no los dejaron entrar en una de las nuevas discotecas de la zona destinadas al turismo. Esa  natural rebeldía de los jóvenes, sin embargo, se pudo  intencionar hacia y desde  el teatro, buscando desde su fondo  lúdico los  modos de interactuar dentro de aquel espacio insalubre y marginal. La experiencia fue positiva, las autoridades del MININT del Municipio de Playa, en Ciudad Habana, nos apoyaron, y esto trajo méritos y reconocimientos a la escuela de teatro, con los cuales no se contaba. De modo que montados sobre el éxito de esta operación, empezamos a manejar la idea de irnos, abandonando en el último semestre del curso la Isla mayor, para emprender una travesía marítima hacia la Isla de la Juventud , con el objetivo de  trabajar allí con un reducto humano que había conformado antaño una comunidad de pescadores nombrada Jacksonville. Dicha comunidad estaba conformada por inmigrantes de las Islas Caimán. En ella trabajamos por espacio de cuatro meses, teniendo como único paisaje frontal la infinitud del mar y como fondo la infinitud del monte cerrado. Nuestra estancia  allí nos permitió  reencontrar, otra vez  mediante el teatro, los conflictos humanos de aquella aislada comunidad de habla inglesa, que había perdido hasta su propio nombre, para llamarse ahora Cocodrilo. De esta confrontación social surgió una linda experiencia humana y un hermoso y conmovedor resultado artístico, que llevó a la Escuela  de Arte a un plano mayor de  reconocimiento. Durante toda la gestación de la experiencia nunca nos visitaron institucionalmente, por el difícil acceso al lugar, los permisos oficiales que se necesitaban y sobre todo por lo incomunicados que estábamos dentro de este pedazo de reserva de la biosfera. —Allí  la fauna y la flora son endémicas y exóticas, los animales andan sueltos y no se pueden cazar; una zona verdaderamente paradisiaca para los necesitados de aislamiento. Allí mismo comenzamos nuestra vida profesional bautizándonos como proyecto teatral Teatro de los Elementos, decisión tomada por el grupo mediante la técnica llamada lluvia de ideas. La propuesta de bautizo aprobada para el grupo, por votación unánime, manó del ingenio de Norge Espinosa, uno de mis mejores alumnos, hoy un importante autor y crítico del teatro cubano. Nuestra  génesis se desprendió del  contacto permanente con la Naturaleza, en una búsqueda de absoluta libertad y partiendo de la interacción permanente que propone el teatro con la gente sencilla. Por eso hicimos que los elementos primigenios del origen que conforman la  vida: agua, aire, tierra y fuego fueran nuestro emblema.

P: ¿En qué medida Teatro de los Elementos se parece y se diferencia de otros grupos teatrales?

R: En la medida en que sus miembros fueron y son capaces de seguirme y de asumir una conducta de renuncia al escolasticismo de las academias, en la medida  en que están dispuestos a vivir la aventura de hacer teatro en espacios que no son cómodos y  se arriesgan a viajar bajo la intemperie, navegando en  un viejo barco, cargando bicicletas y vituallas en un baúl de aluminio de la Ópera Nacional, para  hacer funciones destinadas  a gente que vive más allá del mar y ahora, de la montaña. Este aparente aislamiento nos permitió  sentirnos  libres de controles, listas y visitas, y así poder crear a nuestro gusto, sin censuras absurdas ni barreras impuestas, colocando  nosotros mismos las reglas del juego. Fuimos una especie de isla flotante que inventaba sus  horarios de entrenamiento actoral en la madrugada, de confección del desayuno, almuerzos y comidas de modo rotativo; todo regido desde nuestra propia convivencia. Esa forma de disciplina, sin embargo, creó en nosotros un sentido férreo, que a su vez  era flexible y exigente. Funcionábamos al estilo de lo que me imagino pudiera ser una guerrilla y con entrenamientos que emanaban de nuestra fuerte relación teórica con la antropología del  teatro.

P: ¿En qué consiste su originalidad y cuáles considera Ud. que han sido sus aportes al movimiento teatral de la localidad, de la Nación y del resto de la humanidad?

R: La originalidad de Teatro de los Elementos radica en que como grupo tiene unos principios de apego a la tierra y de relación con el hombre que la habita, que ningún otro grupo teatral cubano ha encontrado como conveniencia para erigir sus postulados estéticos. Excepto en la etapa investigativa del Teatro Escambray, que sí lo hacía, y posiblemente esa evocación nos  venga de ellos.  Los aportes al movimiento teatral de la localidad, de la Nación y del resto de la humanidad tienen que ver con ese rescate de  tradición y memoria del que somos parte y que hemos extendido y defendido en cada uno de esos asentamientos, comunidades y pueblos por los que pasamos y con los que interactuamos: Barrancas, Jacksonville, Romerillo o el propio Cumanayagua. En este último caso hago hincapié en el rescate de la memoria campesina de El Jobero, proceso  que ya dura 20 años.  Los cinco primeros fueron una aventura itinerante; la resistencia de vivir  enfrentando  todas las hostilidades, y las propias alianzas que se han ido creando. Quizás este concepto tan atractivo de la convivencia con la naturaleza y el hombre, ayudó a generar una dramaturgia arrimada a un proceso de vida.

P: ¿Cuáles considera Ud. que han sido los momentos cúlmenes de esta agrupación teatral?

R: Primero, el  regreso a Cumanayagua, sitio del que partimos la mayoría de los actores del colectivo inicial. Haber sido recibidos por el pueblo nuevamente,  cuando realizamos el pasacalle “La Historia de un pueblo”, que recorría de manera itinerante los momentos cruciales del acontecer histórico-cultural de Cumanayagua como municipalidad, como comunidad transitoria y como ciudad actual; donde se recrearon mitos, personajes, anécdotas, hechos históricos y se destacaron hasta los espacios comerciales e institucionales con sus costumbres y tradiciones; pasacalles que te motivó a ti mismo como hombre de letras  a escribir una magnífica crónica-ensayo. Eso creo  fue un gran suceso. Naturalmente, no faltaron desde entonces los “cuadros” y sobre todo  “decisores”, que enseguida montaron el telón de la duda. Así estuvimos  un año esperando que Luz Marina, la entonces Directora Provincial de Cultura, aprobara nuestro proyecto y trabajábamos mientras tanto sin salario. En este tiempo no faltó tampoco el funcionario conservador de la provincia de Cienfuegos, que no expresara que si se trataba de una guarapera eso se decidía enseguida, pero tratándose de un grupo de teatro, era una cosa más seria, y tenía que elevar el problema… Leonardo Valladares,  el presidente del Gobierno Municipal de entonces, un antiguo compañero del campo que vive todavía en el Entronque de Minas, se interrogaba sobre “qué venía a hacer esa gente aquí, después que su  director ya había recorrido el mundo y era un  triunfador”... Sin embargo, fue contundente el hecho de aceptar asumirnos, aun con estos reparos (y en esto agradecemos mucho la intervención favorable de nuestro ministro de Cultura Abel Prieto y la propia bonanza de Raúl Castro, que como Ministro de las FAR, nos entregó unas tierras que pertenecían entonces a las Fueras Armadas Revolucionarias, en específico a las tropas especiales,  que habían sido las que mis padres y tíos, heredadas de mi abuelo español,  habían entregado a la Revolución en el año 1963). Yo creo que la devolución en usufructo de este espacio para la creación de un proyecto sociocultural me  permite ser ese patriota que soy, a la vez que atesoro un inútil pasaporte con ciudadanía española, que sin embargo no me permitió seguir siendo el director de este grupo, cosas que no se han resuelto y que siguen recordando etapas de grisura. Otro suceso que marcó positivamente nuestra existencia, fue el diálogo que yo sostuve con Fidel Castro en un congreso de la UNEAC, donde tuve el privilegio de que él me  pidiera que le mencionara lo que yo necesitaba para mi trabajo… Y yo solo atiné en ese momento a decir que solo una yunta de bueyes… Eso se hizo muy popular y su hijo Alex Castro, que visita con frecuencia nuestro grupo, me lo ha recordado como algo que pasó a formar parte de la memoria anecdótica de su padre. Sin embargo, tiempo después, cuando hubo que electrificar la Comunidad Cultural y yo le escribí una carta muy personal, Fidel no dudó en facilitar el presupuesto para este fin desde el Programa Batalla de Ideas. Otros elementos importantes  que  tuve que  vencer consistieron en  que, aunque no fuimos invitados oficialmente al Festival Internacional de Teatro de la Habana a finales de los años noventa del pasado siglo, sin embargo me las arreglé para llevar el grupo y hacer que un director amigo me prestara su sala en El Vedado para que asistiera a la misma la señora Nitos Jacón de Araujo, Directora del Festival de Londrina en Brasil. Ella vio la puesta de “Inmigrantes” y nos invitó sin dudarlo a su festival en Paraná. Esta confrontación artística dentro del Festival más importante de Latinoamérica, permitió un afianzamiento  de nuestro grupo. El espectáculo “Inmigrantes” giró por el sur del país  invitado por los sindicatos de dicha región de Brasil. Después tuvo múltiples invitaciones a festivales en Europa, sobre todo en Bélgica y España donde tuvimos magnifica su  acogida. Antes habíamos viajado  a Colombia. Otra acción que considero importante es el nivel de relación, el tejido vivo que ha conformado mi grupo  con los sucesos locales de carácter socio-histórico y cultural. Este acompañamiento se apreció recientemente durante los días 27 y  28 de enero de este año 2017, cuando los desfiles martianos por la calle principal de nuestra ciudad. Uno descubre que la municipalidad quiere al colectivo, lo  aplaude, lo convoca como grupo, y eso se expresa a tu paso por la calle, se escucha en la radio, se lee en la prensa. La misma sensación se manifestó a finales de año pasado cuando se recreó teatralmente la entrada del Ejército Rebelde al pueblo aquel inolvidable 24 de diciembre de 1958; se aprecia en los desfiles del Primero de Mayo, en las festividades y efemérides del mundo empresarial. Yo creo que esa siembra local que el grupo ha abonado, apoyada por intelectuales, empresarios y hombre sencillos del pueblo , hacen que uno piense que esos hechos , que se repiten cada día, clasifiquen entre nuestros principales e importantes momentos cúlmenes.

P: Refiérase al proceso de creación y puesta en escena de “Montañeses”, última obra de Teatro de los Elementos.

R: El proceso de creación de “Montañeses” demoró un año,  sobre todo porque el grupo no podía  parar sus presentaciones y sus múltiples acciones comunitarias y darse el lujo  solo de ir a investigar. Quisimos mantener nuestros eventos anuales de narración oral “Cumanayagua cuenta” y el Festival de Teatro en la Montaña, recibir el turismo, crear espacios y organizar  el encuentro de Teatro Espontaneo Play Back Theatre, etc. De modo que el proceso, fue casi todo el tiempo montado sobre lo existente, un proceso verdadero de investigación participante, donde parecía no llegarse nunca a un final, producto de la enorme cantidad de material existente. De todos modos, teníamos como un compromiso de hacer una obra por nuestro XX Aniversario y esto sirvió de “pie forzado”. El proceso  fue largo y no por ello menos profundo; sobre todo, por las consultas con personas entendidas a las que fuimos sometiendo el material existente y por el proceso de improvisaciones que tuvieron que ejecutar los actores frente al diseñador (Alfredo Sánchez Iglesias),  el autor de la pieza (Atilio Caballero) y de mí mismo como decisor del proceso. Estábamos posesionados de un tema de  la historia del Escambray que nadie había tratado antes y que tampoco se recoge en la historia de Cuba. Se trataba de los campesinos que fueron trasladados a Pinar del Rio por colaborar con las bandas contrarrevolucionarias. Este aspecto, visto desde mi perspectiva ahora se me figura como una guerra civil, el mismo llevó a movilizar las Milicias Nacionales Revolucionarias de casi todo el país en una  gran  ofensiva: la lucha contra bandidos, ejecutada con más intensidad en  la limpia del Escambray. La obra aborda cómo dentro de este proceso, medida inminente de la guerra, hubo excepciones; gente acusada de colaborar que lo tuvo que hacer por miedo o por no tener otra alternativa ante la agresividad de las sanguinarias bandas contrarrevolucionarias. En ese caso estuvieron unos tíos míos de la montaña, que nunca fueron contrarrevolucionarios, sino humildes hombres de campo, pero que fueron trasladados de igual manera hacia estos nuevos poblados y lamentablemente pasaron el resto de su vida pidiendo permisos  para venir a la recogida del café en sus tierras de origen, porque nunca se adaptaron al cambio. Otro eje importante de la obra es el fenómeno de la migración de los montañeses actuales hacia otros espacios con mejores opciones de vida, realidad actual contundente.  Es decir que en mi  caso, como director de la puesta, el proceso fue muy cercano y hasta placentero, pues el tiempo lo cura y lo poetiza todo, y porque yo estuve en  medio de esa gran encrucijada, y es que también los bandidos mataron en la misma guerra al más joven de mis  tíos  por parte de  madre,  que no pasaba de 20 años: el teniente de milicias Ángel Gil Martínez, nombre que hoy lleva alguna escuela, también una calle y la fábrica de tabacos de Cumanayagua. Él combatía bajo las órdenes de Gustavo Castellón, el legendario Caballo de Mayaguara, con quien tuve la posibilidad de conversar con mucha frecuencia, pues era íntimo amigo de mi madre y de mi familia y visitaba mi casa. Me asistió además el privilegio de tener el testimonio vivo  de  mi familia de El Jobero, quienes eran muy revolucionarios y  desde los tiempos  de  la lucha clandestina contra Batista, ya pertenecían al Partido Ortodoxo y simpatizaban con Fidel. Ellos estuvieron también incorporados al Movimiento 26 de Julio, por lo que mi casa fue elegida como campamento de  las milicias, las que operaron en las acciones de guerra del  Escambray. De modo que el tema curiosamente me es muy cercano y lo pude recrear. Hoy estoy convencido de lo importante que fue  tratarlo para que dejara de convertirse en tabú y pudiera ser tenido en cuenta por las nuevas generaciones.

P: ¿Cuál ha sido la reacción de la crítica especializada y del público en general respecto a dicha obra?

R: Me alegré mucho de que intelectuales de reconocimiento como Froilán Arancibia, del NTV, o los doctores Ariel Masó y José Ramón Gómez Cobelo, a quien ya me réferi en esta entrevista  —el primero presidente del Gobierno del Municipio de Cumanayagua durante nuestra primera etapa, y el segundo, asesor por mucho tiempo de nuestro trabajo, a quien se le debe también el termino de Jobero Verde, que hoy es emblema de nuestro proyecto de desarrollo local—, tuvieran frases de reconocimiento para con la obra. Agradecí muchos sus criterios, por solo citar algunos ejemplos, y más que eso, la aprobación por parte de la Asociación  de Críticos de la UNEAC, cuando le concedieron a “Montañeses” el Premio Villanueva de la Crítica Especializada. Creo que la respuesta se fundamenta comentándote  que en Cuba se valoran  cientos de espectáculos para ese premio y solamente uno cinco o seis obtienen tan alta distinción. Esta es la segunda vez que el grupo obtiene el Villanueva, pues años antes lo recibimos por primera vez con la obra “Una casa en la frontera”, bajo la dirección artística de Daisy Martínez.

P: ¿Qué factores cree Ud. que motivaron que “Montañeses” obtuviera el Premio Villanueva 2016?

R: Pienso que es el parto de una estética desacostumbrada; lo novedoso y relevante del tema y la profesionalidad de los miembros de Teatro de los Elementos. Hablo de todos, que como equipo establecen un compromiso de superación, un compromiso, digamos de vida, con lo que hacen, y creo que eso es lo que arroja resultados.

P: ¿Qué representa haber obtenido tan alta distinción?

R: Pues naturalmente la necesidad de superarla, la necesidad de que esto nos  coloque una valla todavía más alta y el reto que impone saltarla, lo cual crea como especie de un agobio en la creatividad de los directores, que somos los ascetas en estas puestas en escena; de los dramaturgos, del equipo de creación de toda la parte artística y de los actores ante todo.

P: ¿Presente y futuro de Teatro de los Elementos?

R: Sé que el presente es de mucha constancia para poder lograr su consolidación. Sin embargo, no puedo dejar de comentarte que estamos siempre  precedidos  de pequeñas traiciones, de gente de alma floja y enferma que trabaja con nosotros y de pronto queda rezagada en la larga marcha, a veces incluso augurando que su partida será el fin de nuestra experiencia. Así ha sido por 25 años. Sin embargo, en este cuarto de siglo, ya cumplido en enero del 2016, han sido más los premios, los reconocimientos y el crecimiento que las derrotas. El grupo se ha multiplicado y ha adquirido la capacidad de  ser escuela, de formar a otros que nos suplanten. Por eso ya no creo que nadie sea tan importante, mucho menos, imprescindible en el proceso. Porque el último de los niños al que enseñaste teatro cuando llegamos al pueblo, hoy puede ser la persona que también te   suplante, y estoy seguro de que puede hacerlo  bien. Yo pienso en un futuro luminoso y promisorio. Auguro que Teatro de los Elementos, en una cuarta generación, no va a tener las contradicciones económicas ni las carencias por las que atravesamos nosotros; porque estamos trabajando exactamente para el futuro.

Finalmente, gracias, Orlando, por esta oportunidad que me has dado de expresarme de una manera abierta y totalizadora en esta entrevista, que más parece una crónica de vida, unos apuntes de libro futuro sobre mi realización humana. Gracias por esta posibilidad que me  brinda Calle B de ser vistos y escuchados mucho más allá del mar y la montaña.

 

 

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