Por donde la vida pasa

Por Orlando V. Pérez

Con el viento sur escapas
por oscuro ventanal:
como una estatua de sal,
lo insondable de estos mapas.

Con un beso ardiente rapas

lo infranqueable: es el destino.
Y yo miro hacia el camino
que va marcando tu ausencia,
ancho mar: es la inclemencia
en que viaja el desatino.

Como el viento es el pañuelo
amarrado a tu cintura,
y ese mar es la locura
que se nutre desde el cielo.
Un pájaro cruza el vuelo
por el ansia: son tus ojos,
mientras todos los despojos
de la noche sobre el día
acunan la fantasía
que alimenta los antojos.

Ah, qué canto en la ribera
mece tu pelo encumbrado
cuando se asoma en el prado
la brisa en la primavera.
Por toda la cordillera
un corcel gigante pasa,
mientras mi pecho se abrasa
en un sueño lujurioso
a orillas siempre del pozo
por donde la vida pasa.

Es que de pronto regresas
por la senda que has vencido:
para desmentir el ruido,
al sagrado amor le rezas.
Es que  truecas las riquezas
(cuánto amor) en pura entraña.
Es que el mar siempre te apaña:
eres la concha dormida
para al fin darle a la vida
el oleaje que la baña.


Palabras

que necesitan luz para vivir
un yo de no seguir muriendo
porque una bala sale directo a la cabeza
y otra derecho al corazón
y afloran detonaciones subterráneas
y el maldito tren que vomita la pendiente.

amarrados como a una silla eléctrica
decididos a no perecer
arañando ruidos y atributos
doliendo por los aires
vueltos al polvo cósmico que fuimos
que se expande en el big bang.

¿y dónde las colocamos
qué oídos han de oír
qué ojos han de ver
qué labios las habrán de pronunciar?

sobre la página en blanco ruedan en completa soledad
cargan los fusiles de mil panchos
hasta remansarse como un precipitado deficiente.

¿qué viaje sin término
qué verdad tan bondadosa
qué mentira sin fin les cargan las maletas?

buscan una oreja aún sin cercenar
unos ojos que no alcancen la ceguera
viajan como esferas que no tienen puerto
manos que se aferran a un muro en el secreto.

viajan hasta encontrar su lozanía
en la secreta paz
de un pan rebanado con amor.


Desnuda en el alba

I

Aún golpea una y otra vez; se incrusta el aguijón en la bendita carne; aún el sueño empina un papalote; el veredicto de los miércoles está por proclamarse; aún fuman, beben y fornican; queda tinta para más; aún son unos ojos que se acercan; la sal se esparce encima de la mesa; aún el tiempo corta rebanadas de silencio; la liza está arrullada por la prisa; aún vuelan las palomas por encima de la estera; más limpias afloran las palabras; aún alguien traza un surco en la ceniza; viste el traje de azul Prusia; aún esconde la guadaña debajo del sombrero; quedan versos de servir la nueva cena:

Llegas desnuda en el alba
anunciada de rocío,
y un toro salta en el brío
de Guernica.
Aún queda más en la sombra,
roza en el aire la uña
donde te mueves.
Tu sexo
abre en dos nortes la fiesta.
Llegas desnuda en la sombra
abriendo la madrugada
con tacones jubilosos
en la inmediatez del ala.


II

Aún golpeo fuerte... fuerte, en esa puerta; aún está la carne preparando el aguijón; aún soy un papalote tras la nube; aún los miércoles inauguro la ceniza; aún veo unos ojos que se acercan; aún llevo la sal a la punta de la lengua; aún me alisto para recibir el tiempo; aún obligo a que se harten las palabras; aún distraigo la guadaña debajo del sombrero; aún escribo versos:

Llego desnudo hasta ti
para beber el rocío
en la copa de tu sexo
sobre ese toro bravío.
Aún me queda en el tintero
más tinta para la flor:
abre toda en el amor,
donde te mueves.

Con el pecho jubiloso
al fuego que enciende el agua,
llego desnudo en la sombra
abriendo la madrugada.