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Página de Inicio Entrerrianos Obra literaria de Orlando V. Pérez Cabrera El venado

El venado

Por Orlando V. Pérez

Me dijo eso es todo para ti. Muchos los días que había pasado para capturar viva la pieza, con trampas aquí y allá entre aquellos mogotes, en que trepar por las pendientes hasta a la boca de las cuevas, al colgar la vista en ellas, me parecía

casi que imposible. Me dijo, con una leve sonrisa iluminándole la negrura del rostro que la perseverancia tiene su recompensa, sobre todo cuando se trata de un compromiso con un socio. Un socio que tenía deseos de ver cumplido un viejo capricho. Se acercaba el fin de año.
Desde la enmarañada cornamenta hasta las patas traseras, era un verdadero ejemplar digno de su especie. Es todavía un pichón, me dijo, pero tiene ya carne pa’ darle de comer a un batey. A pesar de lo pintoresca que resultaba la hipérbole campesina, con sólo mirar al precioso animal, con sus cuatro patas amordazadas, reducido su natural ímpetu de velocidad a obligada obediencia, hasta podía deleitarme, con un poco de imaginación, de lo apetitoso de sus carnes. Ya lo veía colgando de uno de los tubos transversales de mi terraza, el gaznate roto y la sangre tibia corriéndome por el antebrazo desde el puente de una hoja afilada con delectación de matarife.
Sin pensarlo dos veces, me dispuse a levantar la mole cárnica. Pero al intentar poner manos a la obra, me di cuenta de lo pesada que estaba, pero enseguida recibí la ayuda de  dos chamacos hijos de mi socio, que acudieron solícitos tan pronto escucharon el estruendo del animal contra el suelo, mezclado con el ¡cóño, cómo pesa este bicho!
Los gritos del animal hacían eco en las grutas colindantes; entonces comenzó a mover las piernas con fuerza incontenible. El socio guajiro me alertó sobre la necesidad de tener mucho cuidado porque esos bichos tienen una fuerza que le roncan los mameyes, compay… Por fin pudimos controlar la situación, y colocar la pieza en el maletero del carro. Pensé que lo mejor era arrancar lo antes posible, no vaya a ser que se apareciera por allí el guardia forestal. Pero el socio, con su aguda intuición de siempre, me dijo que sin miedo, que ya los vigilantes habían recibido su recompensa. Vete rápido por el camino viejo, es un terraplén bastante malo, pero es difícil que a esta hora te topes por allí con la policía.
Seguí su consejo, y puse en marcha el carro, que patinó al doblar hacia el terraplén, y dejar atrás la explanada del batey. Entre luces y sombras, el endemoniado terraplén, atrapado entre las redes de una densa neblina, se hacía intransitable, y por esa razón se me hacía casi imposible sortear aquellos cráteres lunares.
Pero tan valiosa carga ameritaba tal sacrificio. Bordeando los mogotes, empezó a clarear, y así comencé a tener conciencia de la belleza superlativa de la vegetación; desde lejos los pájaros me trinaban y hasta me pareció escuchar el murmullo de los manantiales brotando entre las rocas para despeñarse en mínimas cascadas por la redondez femenina de aquellas elevaciones. Me dije entonces que si no sería mejor sustraerme del embrujo del paisaje, para imaginar cómo sería el festín, cómo lograría un perfecto desollado de la piel, después del sacrificio, siguiendo las instrucciones de viejo diablo que me había dado el guajiro.
El animal, de pronto, pasó de la calma al desespero, de seguro irritado por los constantes baches, lanzando patadas a troche y moche dentro del maletero e inundando con sus berridos la soledad del camino. Para más desgracia, caí sin darme cuenta en el más grande de los baches posibles. El carro lanzó un estertor, como herido de muerte por el tubo de escape y sin ordenárselo, paró la marcha. El animal seguía lanzando infernales berridos de barítono desafinado, como pidiendo auxilio en medio de un desierto. Por un momento dudé y me pregunté si obedecía a alguna imperiosa necesidad estar allí, a esa hora, con el vehículo roto, sin saber lo más mínimo de mecánica. Pero de inmediato me percaté de que los caprichos muchas veces se convierten en imperativos insoslayables, pues son las flechas con que nos hiere el destino. ¡Este animal me lo como yo, aunque tenga que echármelo a cuestas! ¡Vivo o muerto me lo llevo yo!, pensé en voz alta y el aire suave del amanecer se llevó las palabras al vacío. Intenté entonces arrancar el carro, que hizo varios conatos infructuosos cada vez que le giraba la llave…
Me bajé dispuesto a hacer realidad la firme convicción, mientras sentía en la boca el gusto de aquella carne tierna, probada únicamente por la estimulación que la experiencia humana logra transmitirnos. Abrí el maletero y halé con fuerza al cautivo animal, hasta que su mirada se me posó en  los ojos por primera vez, y no tuve más remedio que compararla a la de un niño palestino o iraquí.
Fui en busca del cuchillo que me había amolado el socio campesino. Eché a tierra el cuerpo inquieto del cuadrúpedo, le halé entonces las patas delanteras y le corté las ataduras. Cuando se vio libre a medias, su fuerza se multiplicó, empezando un ritual de brincos como una danza atávica. No obstante, las mías me permitieron aplanarlo contra el suelo hasta que pude cortar también las ataduras de las patas traseras. Cuando se vio libre, sus ojos brillaron como dos soles de amanecer, y con un movimiento ágil y relampagueante, puso a prueba su loca velocidad hasta perderse por entre los primeros arbustos que tupían el mogote más cercano.
Entonces respiré a todo pulmón el aire frío de finales de diciembre, y ya no me importó tener que dejar un cacharro viejo en medio de un cráter lunar.

 

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