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José Díaz Roque, ¿ha muerto?

Por Orlando V. Pérez y Ana Lilia González González

El final del viaje nos espera y sorprende al doblar de cada esquina. El binomio vida-muerte forma un par antitético cuyos componentes se contraponen dialéctiamente y a la vez se complementan. La Intrusa viene siempre envuelta en

el misterio. Nos persigue, nos acosa. Nos demuele con sus aterradores golpes bajos irreversibles.
Esta vez se ensañó en la persona de nuestro caro amigo y colega José Díaz Roque, de forma vertiginosa e imposible de conjurar, con su deceso el pasado miércoles 22 del presente mes de octubre de 2014. De manara que el dolor por la pérdida está ahí, latente, y el espectro del finado espectro parece que vaga por las diferentes dependencias de la Biblioteca Provincial “Roberto García Valdés”, prácticamente el puesto de mando de este destacado intelectual.
Mas hablemos de vida, de la fecunda vida que desplegó Díaz Roque. Fue un erudito, en el cabal sentido de la palabra. Conversar con él significaba quedar atrapado en la magia de sus saberes, en locuacidad y palmaria lógica de su diálogo, en su argumentación irrefutable. Hombre de mirada penetrante, pareciera uno de los apóstoles del Apóstol de Cuba, de nuestro José Martí. La prédica y la ética martianas fueron la luz guiadora –esa “que ilumina y mata”– en el quehacer de nuestro José, cienfueguero y universal.
Orador, profesor, conferencista, filósofo, teósofo, escritor de perfilado estilo, promotor cultural, entusiasta hacedor de milagros en el campo de la cultura, ese fue nuestro José.
Su tránsito hacia “la otra vida” –de cuya existencia siempre nos perfiló su credo– ha dejado de manera subrepticia una ausencia casi imposible de compensar. Permanentemente nos parecerá estarlo viendo, con su andar pausado, con su frente –ora inclinada, ora levantada a las alturas, como meditando–, envuelta siempre la testa en las volutas de humo del imprescindible cigarro, y cuyo rostro nuca abandonó la tupida barba, algo encanecida ya por la nívea pincelada de Cronos.
En nadie mejor que en Díaz Roque, de manera palmaria, se cumple el pensamiento martiano: “La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida”. Huelgan entonces las palabras, porque el finado va a quedar para siempre entre nosotros.
¡Salud, caro amigo! Como labraste una gruta de amor en nuestros ahora atribulados corazones, para siempre has de estar aquí, “al sur de la garganta”.

 

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