Diatribas contra una Intrusa parada

Por Orlando V. Pérez

El Gabo,  luz misteriosa
de los caribeños mares,
nos huele a mar. Los cantares
evocan su mariposa.

Cuanto su ánima roza
deshace la soledad.
El Gabo en humanidad,
último descubridor
de nuestra virgínea flor.
El Gabo perdió la edad.

¿Dónde vive, dónde habita?
¿En un sueño ante el espejo?
¿Dónde nace su reflejo?
¿Dónde muere y resucita
si la saga tiene escrita?
En todo está, se diluye
y se espesa, y reconstruye
nuestro espíritu maltrecho.
Por eso el Gabo está hecho
de ese Heráclito que fluye.