Augusto en Cumanayagua

Por Orlando V. Pérez

Llegó puntualmente: sobre las ocho y treinta de la noche del pasado miércoles 28 de mayo, en un flamante auto de un brillante negro, hizo acto de presencia; como megalómano al fin,

viajó con audífonos puestos –pues todo en él apunta hacia la música: vive para y desde la música, como si las notas musicales lo bendijeran en un celestial baño soporífero.

 

Al bajarse, puso toda su atención en las personas que aguardaban por él en el viejo portalito del Cine Arimao. Francisco Madrigal, Director del Sectorial de Cultura, presto bajó las escaleras, y se fundió a su corpulenta figura en un abrazo que denotaba sincera amistad, entera confianza. Luego, ascendió por cada uno del escalones con energía casi atlética, y ofreció su mano franca a los todos los presentes allí reunidos.
Dentro, el panorama pintaba feo; el maltrecho lunetario apenas acogía a unos pocos asistentes. Pero él, impertérrito, comenzó a hacer pruebas de audio desde la guitarra eléctrica que le acompañaba como único instrumento.
Poco a poco, la sala comenzó a poblarse de público, pero nunca sobrepasó la tercera parte de su capacidad, suficiente para una función cuando un cantante como él, ama profundamente y tiene infinita fe en las interpretaciones que hace.
Ya desde su posición más cómoda, metido dentro de su camisa oscura de rayas, su jeans y sus zapatillas deportivas; y su melena aún incólume de aquellos gloriosos años juveniles en que formaba parte de la lista del Grupo Moncada: la alta silla de las interpretaciones (resaltando su espigada figura), cual rey o emperador en su estrado, y habiendo realizado antes en presencia del público todos los ensayos y pruebas necesarios, se vio a un ser humano franco, sencillo, comunicador, haciendo un recuento de su gira del día anterior por distintos asentamientos del imponente Guamuhaya cumanayagüense. Pidió disculpas por lo desafinado de la guitarra, que fuera bautizada el día anterior por un macondiano aguacero en su viaje de regreso sobre la parte trasera de un fuerte camión ruso enteramente montañés. También tuvo palabras de elogio para el grupo de infantes Amanecer, una agrupación musical perteneciente a un proyecto de la Casa de Cultura de este municipio, enriquecido con las interpretaciones de tonadistas pertenecientes al taller de repentismo “El Tomeguín”, auspiciado por el Centro Iberoamericano de la Décima Oral.
Se le notaba emocionado; a veces, tuvo que contener la charla para tragar en seco, y sus expresivos ojos pardos veíanse, aun en la distancia, humedecidos. Habló de sus experiencias en el viaje montañés del día anterior, de la necesidad de seguir insistiendo en que el campesino no abandone sus comunidades y la producción de café, arrobado como estaba por el poder de imantación que la naturaleza exuberante del Escambray o Guamuhaya había ejercido sobre su espíritu.
“Ya basta de hablar, pues vine aquí a cantar”, fue su última frase antes de comenzar a rasgar la guitarra para comenzar a deleitarnos con su potente voz de barítono, siempre melodiosa y sorprendente en el fraseo, con algunos temas  de su repertorio más antiguo. Fueron alrededor de dos horas de interpretaciones, en que desde su vena trovadoresca versionó bellamente “Yolanda”, emblema pableño; así como canciones obligatoriamente referenciales de Silvio.
De pronto, detiene su guitarra y se excusa ante los pequeñuelos “profesionales” de Amanecer por la desafinación del instrumento, cuyas cuerdas no estaban a tono con sus exigencias. Habló entonces de su Jazz Band, explicó cómo estaba integrada y pidió permiso para cantar con un back ground (práctica, según él, ajena a su estilo), acompañamiento grabado con sus músicos. Solicitó un poco de imaginación para que “viéramos la banda sobre el escenario, que virtualmente dirigió con precisos movimientos de sus manos y el resto de su cuerpo. Se refirió entonces en una de las pausas a la necesidad de continuar trayendo para la orilla del gusto el mítico bolero cubano, y contó de su actuación en el teatro Paladium de Nueva York, en que el manager le pidió dos horas bolereando ante un público joven y entusiasta ataviado de elegante ropa de salón, quienes, penetráronse de la magia de sus boleros, bailaron incansablemente.
Fue entonces el mejor momento del espectáculo, con boleros inmortalizados por El Bárbaro del Ritmo. Mas el intérprete del cine Arimao, puso voz y corazón al repertorio del Sonero Mayor, con números tan cruciales como “Mi son Maracaibo”; como anticipo del cierre, interpretó a capella una pieza antológica: “Longina”, de Manuel Corona, que estremeció hasta el delirio al público asistente, que poseso y enfebrecido, púsose de pie en cerrado e interminable aplauso. Ya para cerrar, como era un presentimiento, el cantante volvió por los andares de Benny, con su “Cienfuegos es la ciudad…”, que hizo bailar en las lunetas, y en los pasillos a más de una improvisada pareja, y que impulsó al cantante a la improvisación de algunas cuartetas.
Increíble que allí estuviera, en ese escenario del viejo cine Arimao, en vivo a ese intérprete que es ya un obligado referente dentro de la música cubana, ese que fue invitado por el mismo Luciano Pavarotti, a hacer dúo con él, privilegio que no tuvieron muchos en el mundo, mientras estuvo entre los mortales el gran divo italiano, parangonado con Enrico Caruso.
Entonces estamos hablando simplemente de Augusto Enríquez, todavía mejor ser humano que intérprete (que es mucho decir), fiel amigo de Cumanayagua, el cual ha reiterado sus visitas, porque quien prueba el agua del Hanabanilla se nos queda para siempre, por lo menos en el corazón, en el recuerdo.