Soy un casito social

Por Orlando V. Pérez

Les estoy hablando de un hombre común
que ha surfeado en su misma carretera
bajo un sol que amaga con sembrarse.
Les estoy hablando de ese hombre común
que anda a pie y en la oficina le estropea la corbata al presidente.

A veces soy un minotauro, y otras el hombre de las multitudes a lo Poe
que usa máscaras sin rostro y rostros que no necesitan de ninguna máscara.
O un yeti que solo ha hollado las huellas de sus pies sobre el mentido asfalto.

Soy un casito social que ha ido de buró en buró    
tragando años y proyectos, y que habitó una isla que llamaron Utopía,
marcando tarjetas, masacrándose los huevos, mascando la esperanza,
tatuado por la espera,
fumando la impaciencia 12 veces por segundo.

Me desgañito ante los jueces con sus togas residuales.

Acostado bocarriba en la cama de tantos estos días,
con la conciencia carcomida,
un suculento vómito me sobrevive hasta dejarme paralítico.

Soy un polichinela enharinado que ya no sueña con melones
pero que aún carga de gritos tantas calles asustadas,
tanto bebedor de fondo, tanta mano abierta
a una mendicidad de última estación.
Soy una mueca azul en facebook,
un simpleaños de Internet.

No solo saldré a ondear banderas,
a ser el saltimbanqui de otra orilla,
a discutir a solas con el pensamiento.
Soy un caso fúnebre que de pronto resucita.

La guerra se me clava en los pulmones,
arrasa otro pedazo de mí
y en gruesas gotas ruedo por el ojo del Gran Ojo
hasta fundirme al torrente que de pronto va a estallar.


Fantasmas de otra ópera

Escaparates, canciones, ómnibus y bailes (1)
caracolean cual fantasmas de otra ópera.
Fúnebres canciones y escaparates llenos de esqueletos.
Ómnibus que a ningún lugar conducen
con jugosas mulatas meneando la coleta.
Escaparates como bartolinas, viejos ómnibus con alas,
silvescas canciones en tiempo reguetón,
lo mismo que un alhelí
que se pusiese un sombrero
(2)
-negro,
crudo,
amargo.
Y ya no más que un cuadro de Enríquez
caído en medio de la calle turbulenta.


Hombre que caminas a mi lado

Contra el pie izquierdo lanzo un disparo anochecido,
y contra mi abdomen reventando.
El día me pinta también una calle en claroscuro
por donde arrastro mi ansiedad de manos,
mi biorritmo arrítmico de casas clausuradas
y estentóreos mutismos
cuando en moneda nacional el grito no se apaga.

Hombre que caminas a mi lado,
perfecto ser reptante,
dime en qué esquina del rencor recuestas la cabeza,
cómo te han robado la luz que desde la remota falsedad
todos llaman esperanza.
¿En qué ergástula perdiste el cabello y la fe,
hombre que caminas a mi lado,
hasta hacerte gemelo de Judas Iscariote?
Dime qué gusanos te arrinconan el alma,
con qué armas has disparado en la guerra fratricida.

Todas las calles convergen desde mis ojos esquizoides,
las cucharas todas están llenas de un jarabe que mi lengua ya vomita.

Hombre que caminas a mi lado,
¿adónde, adónde… adónde vamos pues?

(Como espada de Damocles,
el silencio pende sobre la cabeza de mi doble).



(1) Verso de H. W. Auden.

(2) Versos de José Martí.

Con este conjunto de poemas el autor obtuvo Premio en el Concurso Territorial “El sainete póstumo”, noviembre 2013. (N. del E.)