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Página de Inicio Entrerrianos Obra Lieteraria de Yusbiel de Jesús León Valdiviés Alboradas en el hermano del alba

Alboradas en el hermano del alba

Por Yusbiel de J. León

Lo que vive y se convierte
en pasado que se olvida
es la parte de la vida
que siendo vida ya es muerte.

Jesús Orta Ruiz (El Indio Naborí)



La inmortalidad de los hombres llega cuando han sido capaces de vivir más allá de la muerte, para ser polvo que no puede llevarse el viento. La muerte, ocupa un lugar cimero dentro de las preocupaciones del hombre. La más cantada, la más llorada, la más temida… ha hurgado escalonadamente con las uñas del tiempo en la carne y el espíritu. Tanto la ha sentido el hombre, que prefiere cantarla cuando duele, para no alimentar su aliento. Sigmud Freud la tipificó como una fuerza misteriosa de un gran campo gravitacional que va signando el derrotero psicológico de cada individuo desde su nacimiento hasta su final arribo. Por esa la representó por medio del dios Tánatos, y la contrapuso a Eros, creando así la dicotomía muerte-vida (fuerzas tánicas vs. fuerzas eróticas). La muerte, desde el origen de la especie humana, se ha visto revestida de tabúes, matizada de agonía, y por eso, es un tema tentador para los creadores, una suerte de embrujo supersticioso y fuente de especulación de filósofos y teólogos.
En el año 2010, Ediciones Mecenas (Colección Mar Adentro) dejó pasar por su estrecho puente a Orlando Víctor Pérez Cabrera, para que viera la luz el poemario En el alba del hermano. En este libro, de aliento elegíaco, se agrupan 21 poemas que parecen ser, por su sólida relación temática, ruedas dentadas que hacen funcionar el engranaje perfecto de una maquinaria. En ellos la poesía métrica juega no pocas veces un papel fundamental, al colocar notas de musicalidad en medio de tanta desafinación sentimental. Sonetos, décimas, cuartetas, versos amétricos… todos en un solo hombro soportando el peso de las fuerzas tánicas. En este poemario la muerte cobra vida, extraño modo de cantarla, y pocas veces tan bien logrado. Así lo siente Julio Martínez Molina:
La pérdida (…) encuentra en las imágenes del escritor un sitio donde el dolor no pierde intensidad pero halla acomodo entre la vívida evocación a la figura fraternal, indeclinablemente presente en el familiar/creador. Constituye En el alba del hermano un libro a leer y repasar cuando tengamos necesidad no de hallarles sentido a esas ideas filiales tan carentes de este,  sino de apacentar algo de sosiego entre la majestuosa fuerza del recuerdo, lo único inmortal. (1)
El poemario focaliza, en su  conjunto, la nostálgica ausencia del hermano –aquel de las tardes gemelas de los juegos, las andanzas callejeras, las rutinas familiares compartidas, la comunidad de sentimientos, hasta sentir el aldabonazo de la mano que lo llevó a la última de las puertas–, ante el frío amanecer carente de cuanto se necesita; y el reclamo de poner en tierra el primer pie, se junta a la evocación de una nueva tesis que nos prepara para el destino final. Es un recorrido que tiene su arrancada en la niñez, pero  que se prolonga a la edad adulta y a las crudas vivencias de la guerra angolana, en la que, evidentemente, participó el hermano poéticamente inmortalizado. Es un recorrido por la historia de una familia en la imagen del sujeto lírico interlocutor, y a la vez, con poderosas imágenes generalizadoras, se abre a la historia de la familia humana, en cuyo centro generatriz gira la figura materna “…porque es en el alba del hermano donde nace el verso como un registro indeleble (…), hasta llegar a momentos cumbres, de estremecimiento, en el viento que todo precede, anunciador de los pasos lentos de la muerte”.(2)
En estos poemas se manejan de manera creadora y acertada los signos puntuación, la estructura gramatical y por qué no las deconstrucciones (mayormente en la poesía amétrica) en no pocas ocasiones abruptas, pero a la vez con un nivel de sutileza e impacto, que invitan a reproducirlas en mármol blanco o en el acero. En tal sentido, José Miguel Gómez expresa:

El uso más equilibrado de los elementos coloquiales y fónicamente ásperos –junto a otros más líricos, combinados en orden a la sorpresa y el misterio– caracteriza este nuevo libro de Orlando Víctor. (3)

Al abrir las puertas de En el alba… , la composición Diatribas contra la intrusa (p. 7) permite descubrir a un poeta que hace de la muerte pensamiento obligado en su vida, al establecer una relación visual-espacial con ella que le permite habitar su mente para intentar responder preguntas medulares que se prolongan más allá de la simpleza: “¿Qué será la nuestra madre/ sentada en la vigilia al borde de la tumba?”, suerte de contagio que eleva el sentir del pensamiento más allá de lo circunstancial, hacia esferas metafísicas.
En íntimo contacto con el ser ausente, el poeta toca puntos esenciales en su poema Deja que pase el funeral (p. 8) mediante un inextricable diálogo vida/muerte, para ocultar el adiós definitivo en una mentira ineludible, entretejiendo la inexplicable convicción de esa despedida con sólidos cuestionamientos: “¿Es que acaso hay otro loco/por simple broma escondiéndote el bastón?”, y para colmar los bordes de la copa poética, el sarcasmo irreverente, en el más contundente verso de uno de los poemas más logrados de este libro: “Deja que pase el funeral y ya verás/ cómo vienen los amigos a buscarte”; en un denodado intento por desentrañar las rarezas y exabruptos que merodean la existencia.
En otro momento, pasajes de la infancia se enaltecen en contraste sutilmente provocador con la muerte, y así logra un desenlace promisorio en una boca de tierra, que con un hambre insaciable viene a aliviar su voraz apetito en el niño escapado de sus trompos, carriolas y papalotes. La tierra-boca sería el más peligroso de todos los juegos. En este poema se maneja un diálogo que desde un primario y pragmático nivel de lectura pareciera vacío y redundante:

–¿Cuántos años tienes?
–Cuatro
–¿Y él?
–Él tiene dos, señor.
–Ya vendrá la edad que conozcan el destierro.

Pero en un segundo nivel de lectura pudiera el avisado lector descubrir un rarísimo y sorprendente diálogo premonitorio de futuro, en que el sujeto lírico indagador podría ser, vallejianamente hablando, “un heraldo negro que nos manda la muerte”
Tan evocador es del tiempo (inexorablemente, minuto tras minuto se nos escapa), que –vacío de toda banalidad– se va llenando de elementos transicionales invocadores de la sorpresa.
Orlando Víctor demuestra en El alba… un oficio pleno de madurez en el manejo tanto del lenguaje como de la métrica, herramientas que lo convierten en alquimista de la poesía en el parnaso cienfueguero y cubano; muestra de ello son las escultóricas y a la vez vívidas décimas que han encontrado un lugar en tan sentido poemario. Como lo he soñado yo (p. 16) despliega el sustrato ideotemático mediante tres espinelas. La segunda supera a las otras dos gracias a una solidez semántico-metafórica envidiable, con un manejo aparentemente presuroso de la puntuación, hasta escalar a un dístico-resumen que subleva en los ojos el dolor del poeta: enigmática arrancada/ tuvo el avión a las once; viaje que eleva a la Gloria la misteriosa espiritualidad que emana de sus esencias.
Sería un error hablar de la muerte sin desentrañar filosóficamente sus secretos, y el autor se aventura en Dioscuros (18), en que, con visión pre-mórtem, avizoró en el convaleciente la siempre forma difícil de hacer el último viaje, sembrándose en un alma colmada de semejanzas que la hacen diferente. En los versos: “Y te advirtió sobre unos pasos/ que tú entendiste a cuerda floja…”, se descarna la filosófica manera en que La Intrusa se da a conocer momentos antes de la llegada de su esquelético rostro encapuchado.
Es este un poemario que contiene, aunque en número ínfimo, algunos textos de los mal llamados “poemas puentes”, y a los que prefiero nominar como “poemas desniveladores”, teniendo en cuenta que representan una fisura en la cohesión textual, en cuanto a la calidad se refiere, más que constituir elementos de paso de un poema a otro. Justo es reconocer que no existe obra, por perfecta que sea, que acaricie bajo sus manos un número de poemas con idéntico nivel, al menos visto desde diferentes ángulos (nadie puede sostener perpetuamente, una corneta en el cielo). Constituye una muestra de lo anteriormente expresado el que responde al título de: En la paciencia de otro día (p. 27), poema descriptivo-filosófico, en el cual se espera una sorpresa que no asoma totalmente y se evidencia bastante descuido en el manejo de las figuras poéticas, lo que patentiza cierto desnivel dentro de la armonía del libro. Es un poema extremadamente coloquial, pero de un coloquialismo plano, cuya realización artística queda por debajo del conjunto, y de cada una de las piezas, en particular, que componen el poemario. 
En el extremo opuesto de la balanza, en redondillas muerde Como un perro siempre fiel (19); poema que considero, en total coincidencia con Virgilio López Lemus, “…uno de sus textos más logrados, tanto en su sentido emocional como en la forma…”,(4) pues traza una ruta entre las dos almas, sin permitirse el abandono físico ni sentimental. La búsqueda insaciable resarce la ausencia, con la convicción de que la mejor manera de tenerse al hermano ausente cerca es explorando el recuerdo, bebiéndose el olor de unas tardes grises que lo devuelven siempre al mismo dueño. Poema arduamente profundo, en que el autor recurre a abisales contraposiciones filosóficas, apoyándose en la figura de guías espirituales de las más connotadas religiones; como si el aire de pronto se inundara de las parábolas del Mesías –subyacentes en el texto–, para quedarse uno como una paja de maíz volando en el tiempo:

¿Dónde encontrar tu sonrisa
lejos, tan lejos de mí?
Aquella tarde te vi
que la atabas a la brisa.

¿Dónde hallar reparación
santa a tanta soledad?
Halando al mundo a su edad
navegaré a tu pulmón.

Ni Buda, ni Alá, o Jesús;
ni Kant, ni Niezstche o Platón
cerrarán mi corazón
con dos tablas como cruz.
(…)
Y me pierdo en el papel
en el afán de encontrarte,
y no hago más que buscarte
como un perro siempre fiel.

Si con anterioridad hube de coincidir con López Lemus, en esta porción de mi discurso difiero del autor de El pan de Aser, en el sentido en que este juzga En el alba del hermano, en consonancia con la estructura externa utilizada por Orlando Víctor en su libro. Dice Virgilio:  “…pareciera que usted domina mejor el verso métrico que el libre…”, para después, si se quiere, contraponerse: “Sin embargo, ‘Hasta que triunfe la luz sobre las ruinas’ (p.32), es un extraño texto en que el tono trascendente se filtra en sus versos y llevan el duelo hacia la esperanza: ‘No temas a la oscuridad / a este simple tránsito no temas / hasta que triunfe la luz sobre las ruinas’, es verdaderamente un raro texto elegíaco en el que brota la luz de la tiniebla del dolor”. (5)
En sentido general, aprecio en este libro, un perfecto equilibrio y dominio tanto de las formas métricas cerradas como abiertas, las que va conjugando el autor sabiamente, en función del pasaje y la relevancia del asunto, así como una admirable construcción estilística y tonal. Tales son las puntadas de su entretejido, su coherente ilación, que puede hablarse con propiedad de un solo poema elegíaco segmentado en piezas más pequeñas regidas por matices y peculiaridades intrínsecas y extrínsecas, en consonancia cabal con el principio de “la unidad de lo diverso”.
Cierra las puertas En el alba de un hermano –aliento espiritual donado al mundo de los que sufren irreparable pérdida–, tomando a la paciencia como una paloma entre las manos. De ese modo justifica un adiós que duele solo temporalmente, demostrado en la secuencia lógica de nacer para morir. La conformidad de otra dimensión por descubrir, en la cual volverá a reunirse con el hermano del alba, lo hace desafiar esta espera donde vivirá “hasta que triunfe la luz sobre las ruinas”. Es este un texto insólito que enciende un sol en las manos de las tinieblas. Pareciera este un texto de rara naturaleza metafísica; sin embargo, guarda una cartesiana lógica, si se enciende el pebetero de la teoría universal del movimiento, y la dialéctica forma de dispersarse y reagruparse la materia.
El tema de la muerte, de por sí atractivo, padece de lugares comunes a la hora de abordarse poéticamente, pero conduce a la debacle creativa en manos poco expertas y en espíritus de escaso estro poético. Grandes poemas elegíacos lleva al hombro, para orgullo de la raza, nuestra lengua materna. Desde Gracilaso de la Vega, pasando por Espronceda, hasta arribar a la poesía contemporánea, y la literatura cubana cuenta con esa admirable pieza de Nicolás Guillén titulada “Elegía a Jesús Menéndez”, en que la intención marcadamente política no hace mella en lo elevado del asunto ni en la magistral realización poética. Sin embargo, en donde encuentro mayores puntos de contacto con el aliento elegíaco de los poemas de En el alba… es Elegía, de Miguel Hernández, incluida en su libro El rayo que no cesa; “deudores irredimibles que somos”, según acertada frase del poeta Pepe Sánchez, entre la elegía de Hernández y el poemario elegíaco de Pérez Cabrera aprecio varias confluencias: un aliento íntimo desde las raíces del amor; un dolor rebelde que se resuelve por la vía de la convicción redentora. “Volverás al arrullo de la reja / de los enamorados labradores”, asevera Hernández en Elegía; en tanto Orlando Víctor declara categóricamente: “He de verte lleno de fango o fuego a mi regreso de la escuela.” (Hasta que triunfe la luz sobre las ruinas. p. 32)
El creador de En el alba del hermano logra un mérito adicional: nunca deja que la muerte se apodere de su creación, sino que le inyecta vida. Estos valores inmanentes lo convierten en un poemario con el cual el lector logra una contagiosa complicidad, redescubriendo que, como Jano, la existencia tiene dos caras: una atada a la metamorfosis del tiempo, y otra, inamovible, hacia la eternidad más allá de la muerte.

Notas

(1) Julio Martínez Molina: http://www.calleb.cult.cu : "El dolor de la pérdida en el refugio de las letras”. En: Periódico 5 de Septiembre, Sección Oficio de leer. Cienfuegos, 22 de junio de 2013 (p. 6).
(2) José Miguel Gómez: Nota de contraportada de En el alba del hermano (Editorial Mecenas, 2009).
(3) Pepe Sánchez: “Hasta que triunfe la luz sobre las ruinas”. En: Revista Digital Cultural Calle B, Sección Entrerrianos (Agosto 2010).
(4) Virgilio López Lemus: Reseña crítica sobre el libro En el alba del hermano, enviada a su autor vía e-mail : Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla : Fecha: 08/28/12 01:25:53.
(5) Virgilio López Lemus. Ibídem.

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