Regalo de cumpleaños al Conjunto Palmas y Cañas

Por Yusbiel J. León

El reloj, con su locura de no querer descansar jamás, llegó a las nueve, un teatro semivacío se abrió en la Casa de Cultura Habarimao para que el Conjunto Palmas y Cañas -legendario y famoso por acoger en él desde sus inicios a figuras como a Coralia y Ramón, a los grande del laúd José M. Rodríguez y Miguel Ojeda y acompañar  a poetas como Naborí y Angelito Valiente-, encontrara por voluntad propia un espacio para celebrar sus 50 cumpleaños.
Todo se sabía desde un buen tiempo atrás, pero los cumanayagüenses no tuvimos esa oportunidad. Unos días antes la noticia fue difundida por la emisora local, pero erróneamente, hasta que fue corregida quién sabe por qué suerte el día anterior a la celebración en horario de la tarde.
Comenzando la celebración, los visitantes se presentaban con modestia al compás de una introducción musical, mientras que nuevamente Marisol Guillama tocó escenario y comenzó la música guajira, con previa explicación de la ausencia de Antonio  Iznaga “El jilguerito”. El lugar era el mismo, un teatro con sus cortinas lujosas pero deslustradas por el tiempo y el polvo, esta vez sin el detalle de una pieza decorativa o un mensaje alegórico al momento, y descansando sobre un tablero con olor a tristeza, sin una flor, sin un búcaro, solo con el orgullo de haber sido hace mucho tiempo el hombro de madera donde se acomodaron felices muchos de lo que más vale y brilla de nuestra cultura, para alegrar a Cumanayagua.
El momento se repitió, el palco volvió como infinidades de veces a ver los invitados molestos por la dudosa calidad del sonido o de los sonidistas, nadie sabe ni se preocupa por saber; lo cierto es que faltaba referencia, el laúd fue víctima del silencio muchas veces, y el feed back, amigo inseparable de nuestras actividades, volvió a tener espacio sobre el escenario.
La falta de detalles fue parte del espectáculo, el ensayo se obvió y nadie me lo dijo, es que era tan evidente que lejos de ser producto de la imaginación pasó directamente a ser verdad: la programación, pésima, sin un guión formal, sin un presentador de nuestra localidad que abriera el momento teniendo tantos y tan buenos; el regalo a los homenajeados fue un libro, que dicha, un libro, una de esas pocas fuentes de sabiduría que nunca se cansa de emitir conocimiento, pero, ¿no pudieron los programadores,l os directivos de la Casa de Cultura de la localidad, el Buró Municipal de la ANAP y por qué no el Centro Provincial de la Música, que también estaba involucrado, elaborar un diploma para elogiar a los del cumpleaños, presentarles, consistente en una flor, un cuadro, una postal o cualquier otra detalle que, lejos de representar materialidad, dejara ver la amabilidad de los cumanayagüenses? 
El cumpleaños tomó nivel cuando los niños del Taller de Repentismo, acompañados por el grupo “Amanecer” (integrado por niños dedicados a ser la continuidad de la música tradicional cubana, guiados por los profesores Pedro Pablo y Pedro Ernesto), volvió a salvar la noche. La tonada Carvajal escaló lo más alto del sentimiento en la voz de Antonio de Jesús (El Zunzuncito) y tomó  su lugar cimero cuando magistralmente el niño Maikel (El Gallo Fino de Cumanayagua) la volvió a interpretar como de toda una vida y envuelta en la miel que le corre por las venas pero esta vez a clave, y para cerrar, la Guacanayara se asomó en la dulcísima voz de Lorena de la Caridad (La Paloma Primavera), tomándole todo el tiempo a una tonada que se interpreta musicalmente a contratiempo y que puede ser difícil hasta para los que ya dominan el arte de las tonadas.
El grupo “Amanecer” se hizo lleno de originalidad, eco del número tantas veces interpretado por “la reina” Celina González: “Yo soy el punto cubano”, que a mi juicio fue uno de los pocos temas interpretados con la calidad requerida, esta vez en la voz de Liadny.
Actuaron además el grupo Cumanay  y una figura que sobresale por su edad y desenvolvimiento escénico: “El sonerito”, acompañando a otros que fueron invitados a compartir escena; Eliobel, cantante de Cumanay, a dúo con Marisol Guillama, trajo a nuestros oídos “La media vuelta” y a partir de aquí, todo volvió a dar un giro increíble: la calidad se fue volando como los espectadores en alas del aburrimiento, al pie de una descarga de improvisación sonera tan fuera de lugar, que no parecía de verdad.
Pero no todo tuvo oscuros matices, al término La Habana y Cumanayagua conversaron sin barreras, sin marcar distancias, y el cierre genial, siempre para los invitados una recepción, que compartieron con los locales por iniciativa propia del conjunto Palmas y Cañas.
Ojalá los que lean este artículo no justifiquen lo que siempre sale mal, que no sientan un enemigo en el que escribe sino un amigo que quiere que su tierra sea la mejor, la que más cuide sus tradiciones, y si heridos por la verdad no me quieren como amigos, por favor, siéntanme como un pedazo de público que sigue inconforme con la calidad cada vez menor de las actividades, que con el objetivo de alegrar, suelen generalmente lograr aburrimiento y desencanto.