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Del amor y otros árboles

Por Elizabeth Álvarez

Cerca del potrero, vivían la Ceiba y la Palma con su penacho de lacios cabellos que peinaba al atardecer con el peine naranja del sol. Era tan alta y esbelta y sus movimientos se tornaban armoniosos.
La Ceiba no se cansaba de admirarla y engrandecer sus virtudes con cuanta ave se posaba en sus ramas.
Las aves, que no son ciegas, alababan la humildad de la Ceiba y si comentaban del orgullo de aquella palma.
Ella, la Ceiba, hacía caso omiso de las murmuraciones y solo esperaba la tarde para ver a la palma lavar en oro sus cabellos.
–Nosotros –decían los pájaros– no sabemos qué ves en ella, si tú nos guareces de la lluvia y a todo caminante que anda por ahí le das sombra.
La Ceiba, arremetía con su discurso en defensa:
–Es nuestro árbol, es femenina y coqueta; mírenla cuando se maquilla: sus palmiches son aretes rojos; sus yaguas, una chalina, y lleva un vestido plateado como para una fiesta de noche, es... su traje de gala.
El búho, nocturno y a la vez más juicioso, también hablaba con la Ceiba y admiraba a la Palma a la luz de la luna.
–Es hermosa, no hay dudas; pero no es como tú.
–Todo el mundo no es igual, respetemos la diversidad, dejémosla y disfrutemos de su esplendor –rebatió la Ceiba.
El tiempo fue menguando, la primavera con sus lluvias, luego el sol y más tarde octubre con esos ciclones…
Se observaba un ajetreo tremendo, hombres recogiendo ganado.
–¡Se aproxima el ciclón…! –gritaban.
Y una tarde, no las de brillo, sino cuando empieza a caer la noche sobre el campo con una llovizna pertinaz, empezó a soplar un viento hiriente.
A la Ceiba se le quebraban algunas ramas y los pájaros se horrorizaron; ella miró a su Palma y observó cómo se debatía contra el viento; allá en la altura, sus penachos volaban y no se veía tan radiante como en otros días de esplendor.
La Ceiba ya no pensaba en sus pájaros ni en sus ramas, solo se preocupaba por su amiga la Palma (La Bella, como siempre la llamó) que se desplomaba sobre su pamela destrozándole aún más sus ramas, y gimió:
–No me dejes morir, querida amiga… Por favor  –y exhaló su ultimo suspiro.                         
La Ceiba acarició sus deshechos penachos y luego dejó caer el palmiche dentro de sus raíces abultadas. No dejó que los cerdos jíbaros se comieran los aretes de La Bella.
Cuando el mal tiempo pasó, y las cosas pasaron a la normalidad, le confió una tarea a su consejero y amigo el búho:
–Necesito que traslades las semillas, los puercos jíbaros no deben verlas, llévalas a la orilla del arroyo, cava con tu pico y siémbralas, al tiempo ella estará con nosotros en cada hijo que nazca.
Búho Pensador abrió aún más los ojos, exhaló un graznido y se alejó con la primera semilla.

 

 

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