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Sección de literatura de autores del resto de Cuba

Escribir: ¿un oficio de ermitaños?

Suele afirmarse que el oficio de escritor es el más solitario del mundo. Esta es una verdad relativa. Lo digo porque es cierto que cuando se está escribiendo una obra, el narrador se encuentra poseído, víctima de una total y absoluta abstracción que no es capaz de perturbar ningún ruido ambiente, ningún suceso del mundo circundante: se establece así una inequívoca relación entre el autor y el pliego de papel si –como es mi caso– se trabaja en manuscrito, con la única cómplice, silenciosa y cooperante compañía de una taza de café y un paquete de cigarrillos.
Y fluyen así las ideas, las palabras que, poco a poco, van tejiendo la trama, conformando la historia; historia que, desde luego, no surge por obra y gracia de un espontáneo instante de creatividad, sino que se ha ido “cocinando” en la mente del autor durante semanas, meses y, en ocasiones, hasta años; incorporándole cada día, cada minuto, algún elemento novedoso, un simple detalle que queda suspendido, latente, en la siempre misteriosa madeja de las neuronas, para aflorar después, quizás mucho tiempo después, a la hora de concretarse el relato en las sucesivas cuartillas.

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Premio de guerra

Le abrieron la cabeza de un hachazo al sargento. Alfonso –a unos pasos de distancia– no sintió miedo, tan solo la urgencia de acabar con aquel kuacha para que no pudiera hacer lo mismo con él. Lo bayoneteó por un costado y lo vio precipitarse a tierra, el rostro crispado de dolor, la mirada súbitamente fija en ninguna parte, la boina con el emblema de la UNITA perdida en la alta yerba. Después de regular el AKM para el tiro en ráfaga, comenzó a disparar contra el enemigo que avanzaba en el kimbo. El recuerdo de aquellos rostros aullantes, de aquellos pechos, brazos, entrañas que estallaban en sangre al recibir el impacto de las balas disparadas por él, lo perseguiría hasta hoy, cuando han pasado los años y la guerra es algo de lo que no se habla, de lo que nadie habla.
Alfonso suele levantarse los domingos a la misma hora de los demás días. Deambula por la calle, indiferente a todo. Por las noches se deja caer en la cama y permanece durante horas despierto en la oscuridad, bañado en sudor, sensible al más mínimo ruido.
Este domingo la invitación de Rafael ha logrado sacarlo de su apatía. Acaban de abandonar el club a las dos de la mañana, cada cual del brazo de una muchacha. El alcohol los hace relajarse, hablar alto. Sin mucha ceremonia se dirigen al bosque. Camisas, blusas, zapatos quedan regados por la yerba. Cada pareja va a lo suyo.
Alfonso desabrocha el ajustador y lo deja caer. En el club ha palpado a la muchacha y tiene una idea de lo que le espera: nalgas llenas, cabeza vacía. Tan vacía como si hubiera sido abierta en dos de un hachazo.

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El tirano de Siracusa

Quién puede decir hoy que no sabe lo que es un dictador. No hace falta estudiar ciencia política para conocerlo. Han formado parte de la historia de la humanidad desde sus albores. El Estado siempre supo de ellos. Son ya inseparables del folclore. Nadie los olvida. Sin ellos muchos pueblos no habrían madurado. Fueron la mano dura que necesitaron ciertas épocas. ¿Pero en realidad, alguien los quiere? Mientras viven, no cesan las confabulaciones, y la presencia del enemigo osado que trata de derrocarlos. Luego, cuando mueren, a pesar del empeño de algunos en justificar por qué obraron de ese modo, se percibe el alcance de la locura, y vuelven a provocar la misma indignación que despertaron siempre cuando vivos. El libro de Antonio Enrique González Rojas, El tirano de Siracusa, pretende hacer un retrato de todos ellos. Empeño que logra en la medida que se deja arrastrar por un notable sentido de lo incordiante, que engarza perfectamente con la absurda truculencia del tema, y que a su vez se funde en el trabajo de un ilustrador avezado en la creación de las imágenes idóneas, necesarias, explícitas, para esta clase de obras.

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Erotismo y terror en la tradición fílmica contemporánea

Desde sus inicios, cuando el cine aún era considerado por muchos escépticos como un espectáculo de feria, ya existían intentos de realizar filmes que provocaran horror y espanto en el espectador más común, ese que compra un boleto para disfrutar instantes de evasión bajo el hechizo de la sala oscura. Con el advenimiento del expresionismo alemán arribamos al surgimiento del llamado cine de terror, género que se mantiene hasta nuestros días y que sin lugar a dudas ha ofrecido a Hollywood cuantiosas ganancias que le han permitido enriquecerlo y en otras ocasiones empobrecerlo hasta la saciedad.
El impactante e innovador cine mudo alemán tomó del expresionismo y las técnicas del teatro clásico de la época sus principales fuentes de inspiración, como muestra el ejemplo más conocido de película expresionista de la época, El gabinete del doctor Caligari (1919), de Robert Wiene, en la que los estilizados vestuarios y decorados se utilizaban para contar una terrorífica historia que identifica la autoridad con la demencia y la criminalidad.
Una preocupación similar por la estilización formal y por lo sobrenatural en los temas frente al prosaico realismo del cine estadounidense, que ha predominado como el único estándar debido a su éxito comercial se evidencia en películas como El Golem (1920), de Paul  Wegener y Henrik Galeen, Nosferatu, el vampiro (1922), de F. W. Murnau, y Metrópolis (1927) de Fritz Lang; ésta última aborda el tema de una sociedad robótica controlada por un gran poder industrial en el que los obreros están reducidos a la condición de esclavos.   Cualesquiera de estas películas, y en especial las dos últimas, crearon escuela en el cine comercial estadounidense con su temática, decorados e incluso estilo de realización, como prueba de esto es que ambos directores fueran contratados por la industria de Hollywood para continuar su trabajo en aquel país.

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Dentro del pradito verde del verde prado nacional

Si en Cuba existiera crítica literaria (no adjetivo: seria, real, sistemática, verdadera, etc., porque para tener esas connotaciones primero debe existir, y en ese sentido ni Descartes,  con su famoso aforismo puede venir a socorrernos), no tendría que esperar varios años para desobedecer cuestiones éticas que manan ante la decisión de reseñar un libro de un amigo.
Casi cinco años han pasado y que sepa, no se ha dicho nada  del libro Jugársela al canelo, del joven autor Félix Ruiz González, nada más allá que las opiniones,  mayoritariamente elogiosas  en el caso anterior, que se  emiten en nuestras modernas  ágoras culturales: pasillos, oficinas editoriales, instituciones de  cultura, cafés literarios, presentaciones efímeras, etc., desde donde muchas veces se legitiman o se subvierten, casi siempre para bien, las estratificaciones jerárquicas o los  feudos literarios de nuestro canon  nacional o provincial.

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He temido

He temido,
he temido tanto
que he guardado
mi corazón en un sobre.
Afuera, una tarjeta
ya amarilla.


Josefina Ezpeleta

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