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Sección de literatura de autores del resto de Cuba

Hombre que vive frente a sí mismo

Recientemente apareció en Ediciones Matanzas el poemario Hombre que vive frente al mar, del poeta René Coyra, Premio Nacional de Poesía “José Jacinto Milanés” de la UNEAC en su edición del 2004.
Rafael Alberti declaraba en 1967 la obsesión que tenía por el mar: “Yo nací junto al mar. Yo sigo siendo siempre un poeta del mar, aunque pueda pasarme días y hasta años sin escribir su nombre, sin recordarlo siquiera. ¿Qué no deberé yo al mar, mi poesía primera y todavía la de hoy? ¿Qué no a su gracia, o sea, la sonrisa; a su juego, o sea, el ritmo; a su ritmo, o sea, la danza, el baile?”
Claro que la condición de desterrado de Alberti no es la misma que ahora nos convoca, aunque el autor del libro que comento ha manifestado en varias ocasiones su autonomía, su largo e interminable peregrinar de un mar a otro, de una sequía a otra, de una ciudad (interior o exterior) a otra.
Cuando pensamos en el mar nuestra mente puede detenerse y avanzar a un mismo tiempo. En Hombre que vive… el poeta no tiene la necesidad de reafirmar la propia personalidad poética (reconocible ya en el gran (des) concierto de las nuevas promociones literarias de la Isla), sobre todo en el Oráculo de Delfos y en los textos que conforman su más reciente libro: Pensamiento primitivo, premio Calendario 2004. Con un discurso mesurado y depurado, Coyra nos muestra su dominio del lenguaje en un cuerpo poético que a ratos nos vuelve a recordar una clave de su obra: la referencia al mundo grecolatino, y cito del poema “tatuajes”: “Todo es mudable / como las aguas de Eurico para los griegos”. Y más adelante leemos en “el gran apagón”, quizás el texto más ambicioso y completo: “Al año fui bautizado / y a los dieciséis leía a Anacreonte, / un poeta un griego más…” Un texto a un tiempo intrincado y transparente, como esos claros de la marea baja que escapan al que los busca y que solo se ofrecen, como un don, al que los espera sin impaciencia. Es indudable apreciar la asimilación de las lecturas de los clásicos hecho por el autor y la búsqueda de un discurso aparente inmediato que logra producirnos profundas reflexiones sobre objetos cotidianos que nos rodean como el mar (físico o irreal), los puentes, una rosa, el mismo poema, etc. Está claro que todo poeta se crea a sí mismo, trasponiéndose en otro, o en muchos otros. Coyra parece reescribir la historia en todas las direcciones con el ritmo del agua, o sea, con el ritmo existencial y “el equilibrio entre el hombre y la humanidad”.

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Los reos

Esto es precisamente lo que te decíamos en Egipto:
“Déjanos trabajar para los egipcios. ¡Más nos vale ser
esclavos de ellos que morir en el desierto”.


Éxodo. 14–12.


Salvo el pasillo que conduce a un lugar que nunca ha visto, todo pertenece al reo: El camastro con el mullido colchón donde descansa sus días sin cansancio; la bacinilla reluciente para escupir la esperanza; la ventana tapiada con mármol negro del Oriente. El reo es feliz: le han dicho que todo cuanto existe en la celda es suyo por antonomasia, hasta los barrotes de oro que, despreocupado, pule cada día. Nunca un rayo de luz irá a golpear las pupilas del reo... adaptadas a la oscuridad.


Osvaldo Antonio Ramírez

DE PROFUNDIS

de las heridas que puede uno morir
de las traiciones y la ponzoña del hombre mísero
-que enemigos no nos han faltado-.
amarrado duramente a la tierra, garganta de diablo
objetos filosos dirigidos hacia la herida agria
y esas hendiduras que hace el amor, también,
bocas que besarme pudieron.
los muchachos se preparan
para bailar un vals, como en los años idos
fila de ángeles taciturnos que danzan.
contra todo pronóstico esas cosas van quedando
a pesar de nuestros enemigos.


René Coyra

Subir lomas hermana intelectuales

El recién Festival Territorial del Libro en la Montaña nos ofreció la oportunidad única de encontrarnos un grupo de intelectuales frente a frente con ese mundo matizado por el cromatismo de su paisaje, ese mundo al que podemos calificar de humilde, transparente y antiestresante. No hacía falta esgrimir tantas razones, bastaba con saber que podrías estrecharle las manos al auténtico montañés, ese que desde la frialdad del amanecer saluda sus tupidos cafetales o prepara el arria de mulas para las cargas del día.
Pero hay más. Sancti Spíritus nos convocó a El Pedrero, sitio que aún guarda los recuerdos de las botas guerrilleras y la presencia de un hombre, que con el corazón del Quijote y los ojos de Cristo, aunó voluntades para terminar con la obra iniciada en los muros del Moncada. Desde ese lugar comenzamos nuestras andanzas literarias, acompañados esta vez por el excelente novelista del Yayabo, Osvaldo Antonio Ramírez (Los ángeles vuelven a casa, Las razones del silencio, entre otras) y Pepe Sánchez, cumanayagüense de pura cepa, bien conocido por haber fundado la revista cultural digitalizada Calle B, en el centro mismo de la serranía y autor de una sólida obra poética (Alfanjes de luz, Paradoja del hombre en su ciudad) por mencionar algunas de las muestras.

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LA PIEDAD

recogía guijarros en la orilla como un niño pobre,
reunía caracoles y pensaba en la música que deja el mar
sobre el diente de perro
en los charcos de la roca mojaba su cara
y las aguas le servían como espejo,

hablaba solo y solo dormía sobre la yesca del monte
y era bello, aunque amaba como un hombre feo,
sin paciencia.

René Coyra

CAFÉ VOLTAIRE

mi amigo el fisgón en el café Voltaire
apostado tras el zumbido de las auras de lo tardío,
no el aura griega al hado salvador
sino el ave errante contraria al grito de las aves eternas,
aquellas de Sócrates y Zenón de Elea: el cruel,
y de Zenón de Citio –que Atenas amó a pesar de que era de Citio
y creía poco en los milagros.
mi amigo de ojo esplendente y bienhechor
apostado en la esquina del café Voltaire,
visto por el cierzo de los gallinazos,
inexistente como la luz sobre las mesas
de la taberna equívoca, en la calle casi fantasmal…
yo vi el espíritu del café Voltaire
recorrer la sinuosa calle
echar una ojeadita al sucio mantel,
le vi el ojo nauseabundo de la tarde solariega,
y el ojo atroz de la huida
y si no vi más fue porque alguien nos detuvo.


René Coyra

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