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Sección de literatura de autores del resto de Cuba

CUERVO

He visto esta mañana al cuervo.
En el ramaje de sus astas era la luz un pájaro.
Acaso fue un instante o una vida
los apacibles ojos fijaron una eternidad.
Esta mañana, madre, he cazado al ciervo.
Si buscas en mis ojos hallarás un bosque
y al fondo está él, mirando.



Sergio García Zamora

PÁJARO

El pájaro levanta la cabeza queriendo sorprender la vida, húmedo aún por el agua de los nacimientos. Era un monje en la blanca celda, un escuálido novicio; pero esta mañana Dios escuchó sus oraciones y lo trajo al milagro. No teman pues ante el frágil cuerpo ni los hinchados ojos que la luz no tarda en definir. Amen al cautivo libre de su penitencia por el suave tiempo que le es dado.
Con él vive la promesa de las alas.


Sergio García Zamora

GATO

Cómo pudo la bella forma sinuosa
tenerse en la penumbra de los cuartos,
descender del egipcio pedestal
hasta la humilde silla.
Miren respirar su altivez y su elegancia
sobre los frescos mimbres,
vuelto ahora el cotidiano misterio que espera
en el rincón insospechado.
Sólo tú, Noche, devuelves majestad
a los ojos del vencido.
Quién imanta sus piernas cuando cae
–relámpago común, ágil escapista.
Quién lo hizo dócil a la mano en soledad.
Acaso Dios ensayaba al tigre.
Dónde pues, el gesto memorable
de los que adoran en la sombra de los siglos,
en las tardes atravesadas por el ibis;
sitio perdido ya en otro gesto de equívoca ternura
cuando leves lo espantan del sillón
y gato o caricia, la grácil forma se escurre
entre el calor y las cortinas
como una piedra sin sombra.



Sergio García Zamora

Tocado por el séptimo rayo

Cuando la primavera mostraba su esplendor en las llamaradas jocundas de los flamboyanes, pasé por Cumanayagua y me encontré con los Versos Salvajes, de Orlando Víctor Pérez Cabrera, como decir me encontré con una estación de donde salen trenes supersónicos para cualquier punto de la galaxia.
Como ya he dejado dicho en algún lugar, para mí la poesía tiene las voces del universo y es un misterio de tal envergadura que se sacude de cualquier molde que pretendan imponerle. Se desata libérrima como los meteoritos y los arroyos, grita o conversa y es tan inexplicable como la vida a pesar del eterno empeño de explicarla. A partir de la irreverencia de desdeñar todo canon, hasta los postmodernos, es comprensible mi disfrute de la escritura de Orlando Víctor, quien por suerte no pone riendas, ni cauces, a su torrente interior, aunque sabe transformarlo en el arte difícil de las palabras justas, para que ideas y sentimientos compongan imágenes que retumban en los acantilados de la sensibilidad ajena. Cómo invento un cielo de espaciosa nube a sólo un cuarto de palabra?, se pregunta el poeta, pero sabe inventarlo y jugar con referentes muy diversos, no sólo gracias a la permisiva intertextualidad, sino a la capacidad de hacer suyo lo dicho por otros que se le anticiparon pero que ya él había concebido en su jardín de los secretos, junto con Juan Perse, con Juan Lennon, con Juan Benny; porque la poesía es también un largo camino, una especie de carrera eterna de relevo donde se van haciendo trechos con la saliva que derrama la esperanza.

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