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Sección de literatura de autores del resto de Cuba

TEMO A ESA LARGA TÚNICA

que esconde la pálida mejilla del guerrero.
En el regazo de las vestiduras
la voluntad empobrece el milagro
y su oscura sangre brama el pudor.
Debo cantar sus himnos,
callar luego doblegando las rodillas
ante sus triunfos.
Soy la que ante Dios me disminuyo,
la que se distingue al borde de su callado anhelo
y blasfema cuando pienso
en la proximidad de su fuerza,
de su muerte.
Sentir lejos mi temblor de sus mejillas,
sin nadie que me brinde la mano
y me levante de esta inclinación ante el guerrero.
Amante, huésped nocturno
que pasas por mi lado ignorando el ruego,
el corazón que figura humildemente
ante el rostro mudo.


Lariza Fuentes López

QUIÉN PODRÁ SALVARNOS DE ESTA DESOLADA ETERNIDAD

de los levitantes desfiles que imitan las coristas
cuando sus manos aturden los cantos con solemnes banderas.
Sabio es el tiempo que nos lanza como piedras a la muerte
para unirnos al apacible juego del dibujo.
Pero estamos abandonados,
todas nuestras medallas fueron lanzadas al vacío
y la duda.
Hemos sido laberintos ante la verdad
por temor a padecer del mito
y cercado el patibulario de los idiotas
que cruzan el agua en lento paso por evadir su hundimiento.
Percibimos que este noviembre estaremos dormidos
escupiendo la tierra con dulce rozar de los crisantemos
porque afuera los vivos trazan las cortinas de humo,
lloran a los muertos y cruzan las calles
siguiendo la ruta de la piedra
donde solo se salva el lamento de los que escuchan.

Lariza Fuentes López

CABALLOS Y EN LA CRIN LA NOCHE

Caballos que la noche llevan a sus crines
y habitan de trotes la piel de la memoria
con chispas, coces, sudores al espacio,
se viran a mí. Sus marcas la pregunta abren.
La forma se pierde. Un largo quehacer de árboles
embosca el templo, y la oración suspende el trote
que deshace y le bebe piedras.
Soltarse de la mano caída que el pelo roza,
suspende un trote largo, extendido aún más.
Parece algo que el miedo dibuja sobre la blanca sombra
y disipa en agujeros de sombra densa
que existe cuando escucha un temblor
en ecos sostenido, y al límite color deriva:
Aquí, donde la forma cambia para tener
la taciturna condición que espera, que ofrece.
¿Qué regreso ofrece?, si yo no evito (y lo parezco)
que atrás quede un desnudo cubierto por la hierba.


José Ramón Sánchez Leyva

CUANDO EL CAZADOR SOPLA EL CUERNO

esbozo eternas profundidades.
Le nombro para que me persiga
y respiro quieta
jugando el tiempo de captura.
Las luces de las cosechas,
cada vez más invisibles,
dibujan en las bocas una luz
que besa la inmortalidad.
Se acercan livianos cascos.
Animal vivo.
Animal muerto.

Lariza Fuentes López

ISLA

Estoy subido en una isla y no lo se.
Escribo desde una isla en pleno viaje
que mi mano articula. Estoy silbando en una isla
nacida del mar o de otra isla que se cree planeta
y navega cargada como un arca. ¿Desplazando adónde
sus formas poderosas de polvo reunido al azar?
¿Rumbo a las peñas de cuál desastre común?
Las estrellas no saben. Nadan en el cuello
fecundo de la noche. Que parece abrirse a todo
y todo acepta porque todo es isla. Como el amor
y el odio: islas escogidas del deseo. Y como todo aquello
que se une para estallar y volverse a unir.
También los amantes. Que permanecen aislados
uno del otro. Jugando con la carne ajena.
Sólo para sí: Isla y mar. Tierra y agua.
Gruta marina y volumen de oro penetrando a ella.
Todo es isla por un instante.
Y cada instante que se aleja forma un siglo.
Y cada isla que navega ya lo es.
Y cada instante busca su isla
para  ser poseído o negado
en esta derivación sin pausas del existir.
No se si el viento bate a mi favor.
Yo braceo.



José Ramón Sánchez Leyva

MURCIÉLAGOS

Hay murciélagos. Supuestamente existen:
Yo los creo.
Giros erráticos. Desligada procedencia
los apresura.
Baten. Baten las alas,
y puede tejerse el viento como idea
que se inclina a mis espaldas
y de pronto volverse perpetuo
el deseo de la palabra.
Una. Diez vueltas más y no terminan.
Cualquier paloma es bella imagen,
pero ellos siguen.
¿Adónde?
De vuelta siempre y cierran un círculo mayor.
Están y el aleteo prohíbe el incendio de los sentidos.
Enlazar el espacio con el grito que me pertenece.
O solamente que mis manos marquen el papel.

José Ramón Sánchez Leyva

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