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Sección de literatura de autores del resto de Cuba

Virgilio: el solitario hereje de da inmortalidad

Después de tanto silencio en la vida y en la muerte, Virgilio Piñera ha resucitado en un libro testimonial que lo consagra como hereje trascendente. Virgilio en persona,  escrito por el crítico e investigador Carlos Espinosa, publicado por Ediciones Unión, 2003, es uno de esos textos ya imprescindibles para el acercamiento a esa figura tan peculiar de la cultura cubana, con quien fueron poco amables las circunstancias vivenciales, desde su nacimiento en 1912 hasta su muerte en 1979.
Carlos Espinosa ha elaborado un montaje, con fuerte acento teatral, y por ende una dramaturgia que tienta al lector a no dejar de adentrarse en esa obra ardua que fue la vida de Piñera, contada por personas de su más profunda cercanía afectiva o aquellos que compartieron algunos de los actos de  su drama personal, y por los propios decires del autor que inauguró la modernidad en el teatro cubano,  según los especialistas y se adelantó tanto con su arte que se convirtió en un susto para todos los que evitan los sobresaltos de la imaginación creadora, que no son más que el buceo en los abismos más profundos de la naturaleza humana.

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CERDOS

Mi padre, experto matarife,
daba hincadas a los cerdos
buscando el camino más corto hacia la muerte,
el corazón como una adivinanza;
hasta que las mujeres recogían la sangre última
y un ligero temblor sobre la carne
del animal –cuerpo solo–
porque el alma ya
habíase fugado con
con el grito.



Sergio García Zamora

CUERVO

He visto esta mañana al cuervo.
En el ramaje de sus astas era la luz un pájaro.
Acaso fue un instante o una vida
los apacibles ojos fijaron una eternidad.
Esta mañana, madre, he cazado al ciervo.
Si buscas en mis ojos hallarás un bosque
y al fondo está él, mirando.



Sergio García Zamora

La crítica como arte

Muchos dicen que la crítica encierra en esquemas y reglas teóricas el arte libre que se explica por sí solo, y no requiere de la posterior deconstrucción de ningún sabelotodo; otros, que los críticos son perseguidores del arte, especializados en renegar de su evolución y establecer rígidas escuelas e “–ismos”.
Por otro lado, encontramos a un tal José Lezama Lima, que escribió alguna vez sobre su deseo de que existiera “una crítica que sea creadora, es decir, que engendre en el espectador un acto naciente, un centro de simpatía irradiante... En esos islotes de lo temporal expresivo, buscar la nueva especie que surge de lo logrado, pero no como una entelequia, sino con sus mismas razones oscuras, aun con sus frustraciones...”.
El autor de Paradiso y del incompleto Oppiano Licario, aboga por una crítica que se rija por principios y no por reglas, una crítica que mire hacia el futuro y no hacia el pasado, cargado como está de movimientos y estéticas que aguardan por ser transcendidos por nuevos lenguajes; servir de basamento para acercarnos un poco más a las estrellas.
Los principios de esta crítica deben estar presididos por la frase martiana que reza: “...el crítico ha de ser hombre de peso, capaz de fallar contra sí propio”. El crítico debe ser capaz de redimensionar sus criterios, siempre listos a girar hasta 360 grados junto a coyunturas y revoluciones culturales que lancen el arte hacia dimensiones insospechadas.

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GRULLA

Su estatismo conmueve a la soledad del que apunta, oculto entre las altas hierbas del pantano. Quien vio la grulla impasible como un signo en la áspera mañana de la infancia no podrá correr sin al orfandad de su pierna. Para ti hermano ha puesto Dios a la inmóvil bailarina. Él ha querido que aprendas esta lección grave: mira a la grulla, en todo cercada por el sueño de las aguas que anhelan subir y asfixiarla. No teme: ella es la eternidad, el reino instaurado.
Aun cuando dispares su espíritu será el mismo.



Sergio García Zamora

GATO

Cómo pudo la bella forma sinuosa
tenerse en la penumbra de los cuartos,
descender del egipcio pedestal
hasta la humilde silla.
Miren respirar su altivez y su elegancia
sobre los frescos mimbres,
vuelto ahora el cotidiano misterio que espera
en el rincón insospechado.
Sólo tú, Noche, devuelves majestad
a los ojos del vencido.
Quién imanta sus piernas cuando cae
–relámpago común, ágil escapista.
Quién lo hizo dócil a la mano en soledad.
Acaso Dios ensayaba al tigre.
Dónde pues, el gesto memorable
de los que adoran en la sombra de los siglos,
en las tardes atravesadas por el ibis;
sitio perdido ya en otro gesto de equívoca ternura
cuando leves lo espantan del sillón
y gato o caricia, la grácil forma se escurre
entre el calor y las cortinas
como una piedra sin sombra.



Sergio García Zamora

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