CONEJO

Por Luis E. Ramírez Cabrera

 

Conejo no era Conejo solamente por sus dos grandes dientes como los del roedor a quien debía su mote, ni por sus prolongadas orejas, sino que ganó el apodo, además, porque a toda hora y a todo el mundo contaba que su plato preferido lo es el conejo estofado, manjar que mucho degustó en su infancia. Porque de niño se negaba a comer otra cosa y sus padres, complacientes, haciendo malabares económicos, lo buscaban en el mercado negro donde lo vendían a precios increíbles. Y todo porque el pequeñuelo comiera, a ver si lograba mejorar su figura, que era la de un párvulo enclenque, escuálido, rozando los índices de desnutrición infantil que tanto alarmaban a las autoridades sanitarias. Bueno, era no, porque Conejo sigue siendo enclenque, escuálido, extremadamente flaco; delgadez acentuada por el hecho de poseer prolongadas extremidades y la escoliosis aguda.

Sin embargo el nombre oficial de Conejo era rimbombante y ostentoso, resultado de caprichos paternos y maternos y la necesidad imperiosa para éstos de quedar bien con Dios y con el Diablo, que es lo mismo que decir con los abuelos de los dos troncos familiares. Francisco Lázaro del Sagrado Corazón de Jesús lo llamaron y, para colmo, sus dos apellidos eran compuestos: Rodríguez del Rey y Montes de Oca.

Esta circunstancia inverosímil, puso en aprietos a los funcionarios del Carné de Identidad y Registro de Población cuando el muchacho obtuvo la mayoría de edad, pues fueron muchos los carnés que tuvieron que desechar al no encontrar forma de situar en el exiguo espacio disponible en la identificación, tamaña barbaridad de nombres y apellidos.

Total, nadie lo llamaba por ninguno de sus nombres, pues todos le decíamos Conejo en el barrio, en la escuela, en la cancha donde practicábamos el básquet –era mal jugador, pero su estatura le permitía acceder al equipo–. Francisco Lázaro del Sagrado Corazón de Jesús no era para nosotros nada más que Conejo; y para sus familiares –excepto su hermano menor que también le llamaba así– quizás abrumados y arrepentidos de la longitud del nombre, lo apodaban simplemente Tatico.

Muchos amigos le aconsejaron que acudiera a una notaría. Allí, por unos pocos pesos podría, mediante un documento legal denominado Perpetua Memoria, quedarse con un simple Francisco, o tal vez Lázaro, o Jesús, según su gusto, o hasta optar quizás por un nombre diferente de estos; pero Conejo se negaba rotundamente alegando que para nada lo molestaba la extensión de su nombre, y que si así lo habían inscripto así se moriría y que se jodan los de la funeraria y los del cementerio cuando lo fueran a sepultar, y si a alguien se le ocurría mandarle a esculpir una lápida sobre mármol, que se jodiera también y se le esquilmara el bolsillo.

Así creció, y cuando ya era un avezado técnico de calderas –en la empresa donde trabajaba también le llamaban Conejo–, de repente decidió obtener su pasaporte. Sus más cercanos le preguntaron ¿para qué?, y Conejo respondió: Para tenerlo, ¿acaso no es un derecho que me da la Constitución?, y ante las reflexiones que sus allegados le hacían respecto a que la tenencia de un pasaporte le podría acarrear problemas, pues tanto en el trabajo como en el CDR del barrio podían pensar que estaba en trámites de abandonar el país, o a la pregunta directa de ¿piensas viajar?, aseveraba sin inmutarse, Quien sabe si algún día…, para de inmediato morder su labio inferior con sus dos dientazos de conejo:

Porque el gran sueño de Conejo, el que anidaba en lo más recóndito de su pensamiento, era viajar, conocer otras muchas partes del mundo que no fuera la ínsula donde tuvo lugar su nacimiento. Sueños sin fundamento alguno, porque en su familia, de humilde estirpe durante varias generaciones a pesar de los apellidos compuestos, no existía ningún emigrado que le pudiera “tirar un cabo”, –ni un tío, ni un  primo, ni alguien de parentesco más alejado que lo reclamara. Todos sus familiares ejercían empleos comunes: ningún embajador, gerente de una gran corporación o director de una poderosa unión de empresas que le ayudaran en realizar sus sueños. Tampoco era dado a buscar amistades o amoríos con extranjeros, en parte porque no residía en un polo turístico o sus cercanías, en parte por su carácter reservado y taciturno, resultado de mil complejos físicos y sociales que le laceraban el espíritu.

No había cursado estudios superiores; por ende, no podría brindar su colaboración en un hermano país, ya fuese en América Latina o en el África como médico, enfermero, maestro o ingeniero; y como siempre fue malo, o mejor, malísimo en el deporte, el camino como entrenador o atleta de alto rendimiento también le estaba vedado. Como militar ni hablar, pues, ni siquiera el Servicio Militar General pasó por sus múltiples padecimientos, al margen de que habían pasado aquellos tiempos de ir en pos de la gloria en otros campos de batalla fuera de la Isla.

Calderas. Solamente de calderas sabía Conejo. Y con las calderas sus viajes se limitaban a centrales azucareros, unos más distantes, otros más cercanos, pues la mayoría de las fábricas de azúcar eran ingenios de muchos años de antigüedad que constantemente requerían de un adecuado mantenimiento o una reparación urgente a fondo.

Cuando el precio del dulce grano comenzó a descender en el mercado internacional, y el del petróleo a subir y subir hasta cifras astronómicas, se tomó la decisión de desmontar definitivamente numerosos de estos complejos industriales. Algunos fueron destinados a materia prima, puesto que sus grandes masas, ruedas dentadas y otros gigantescos componentes se convertirían nuevamente en metal que ahorraría millones de pesos al país. Otros de los colosos fueron vendidos a Venezuela.

Los servicios que brindaba aquella empresa de reparación y mantenimientos se fueron deprimiendo notablemente y se hablaba ya de reubicaciones laborales con opciones de estudios para los trabajadores que resultaran afectados. Conejo pensó que bien podría aprovechar la oportunidad y hacerse ingeniero cuando llegó la noticia que le hizo parar las orejas: técnicos en calderas y de otras especialidades debían viajar a la República Bolivariana para armar, ajustar, echar a andar aquellos viejos centrales.

Desde luego, Conejo dio raudo el paso al frente: Sí, el estaba dispuesto a separarse de su familia por tiempo indefinido, a trabajar las horas que fueran necesarias, a sacrificarse en aras de la ayuda solidaria que se solicitaba, a enfrentar los riesgos de la inestabilidad política que la contra establecía en aquel país. Además, ya él tenía adelantado lo de su pasaporte.

De la capital llegó una Comisión de Recursos Humanos y Colaboración Internacionalista para agilizar los trámites in situ, pues de Venezuela reclamaban con urgencia al personal que se encargaría de poner a funcionar aquellas moles de hierro: llenaron planillas, hicieron entrevistas, pidieron fotos y documentos acreditativos de la calificación y se marcharon diciendo que en sólo un par de días mandarían a buscar a los seleccionados. Conejo fue uno de ellos.

En el aeropuerto se sintió feliz enfundado en traje y corbata, con su pasaporte y otros documentos en el bolsillo interior del saco. Estaba a punto de hacer realidad su viejo anhelo pues en menos de media hora surcaría el cielo en un avión, aunque su destino era simplemente Caracas y, luego, a uno de los estados del país suramericano, y no a Francia, Bélgica, Bruselas, Londres… al menos iba a trasponer las fronteras nacionales y ya luego vería. Y se equivocaban los que pensaban que sus motivaciones eran políticas, sociales o económicas. ¡No!, sencillamente ¡no! Quería viajar para conocer el mundo, visitar los lugares idealizados en sus múltiples lecturas, conocer los sitios que ya había visto en las pantallas cinematográficas.

El coordinador del viaje los llamó. Se situaron en fila frente al ventanillo de inmigración. Los tres primeros según terminaban pasaban a la “pecera”. Era su turno. La joven uniformada tomó el pasaporte y los restantes documentos, alzó la vista para verle el rostro y luego, con una sonrisa, le dijo que no podía viajar así. ¿El motivo?: sus nombres y apellidos no estaban en regla. En el pasaporte aparecía Francisco Lázaro del Sagrado Corazón de Jesús Rodríguez del Rey y Montes de Oca, pero en el visado, el pasaje y la acreditación solamente Francisco Lázaro Rodríguez del Rey.

Resultó inútil tratar de explicar: los documentos tenían que ser coincidentes.

Llamaron al coordinador del viaje, pero nada se podía hacer en esos momentos. Al parecer algún funcionario distraído, confundido, o cansado de aquella longaniza de nombres, o agobiado por la falta de espacio en el formato, decidió omitir al Sagrado Corazón de Jesús y prescindir del Montes de Oca.

Un rato después Conejo vio elevarse el avión con sus compañeros y su sueño de viajar postergado, quizás perdido para siempre.