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Declaración pública de amor

Por Soledad Cruz

Amo a este hombre que cabalgo,
que monto sin arreos.
Montura, bridas,
ni siquiera estribos para el salto.
Él duda y se defiende
con su profesión de inconstante.
¡Tan masculina!
Teme que mi galope impulse su estampida.
Necesita garantías para el equilibrio.
Es un hombre común,
que guarda lo extraordinario, como sus olores,
en los sitios más recónditos,
donde habita el grito. Lo he vuelto a parir entre mis piernas,
aunque no me pertenece legalmente.
Me he apoyado para ello en nuestra Constitución
que no reconoce diferencias
entre hijos legítimos e ilegítimos.
Y he aceptado la clandestinidad para amarnos
a pesar de que el partido
al cual pertenecemos los dos,
está en el poder hace muchísimos años.
No voy a decir por eso
que nuestro amor sea ilegal.
Quienes redactan leyes y estatutos
se han cuidado de contemplar el caso.
Antes de decidirme a amarlo
sin condiciones,
es decir, olvidando los principios
del intercambio comercial,
según los cuales no me conviene,
pues carece de casa, cargos, carro
y ni siquiera gana un alto salario,
me persiguió el odio de la mujer del hombre
que constituye mi penúltimo fracaso.
Eso indica que soy reincidente.
Reiteración explicable,
porque nunca he entendido
por qué las esposas se ofenden con la otra
y no con quien certificó,
firma y cuño por medio,
el culto único a su persona.
De todas formas,
porque alguna vez fui esposa,
busqué todos los caminos del olvido,
recorrí la galería de mis ex amores,
tomé unas burguesas vacaciones de huida, pero,
no tuve que consumir los tres tomos
de El Capital para sorprenderme un día,
declarándole de la manera más cursi,
que no podía vivir sin él.
Ya dije que no es un hombre extraordinario.
Le teme a su mujer. A todos les ocurre.
Es el recuerdo de los cocotazos
propinados por la madre
y el agradecimiento porque le debe mucho.
Le debe el secreto
de sus trastornos estomacales
y la discreción de sus miedos más ocultos.
Porque este hombre que amo siente miedo,
como cualquier otro ser humano.
Y miente como todos.
No hace promesas vulgares, pero estimula
sutilmente la ilusión de cosas
que no van a ocurrir nunca.
Es un consuelo que se da a sí mismo.
el cree firmemente que son posibles.
Otro consuelo más. No tiene apuros.
¡El colmo del autoconsuelo!
Está seguro de que vivirá cien años.
Tal vez coqueteó con la idea de morirse antes.
Pero eso debió ser en su primera juventud.
Hablo de un hombre de cuatro décadas de andar,
las cuales han confirmado
su vocación por la bondad.
Él puede ser el hombre más bueno
y generoso de este mundo,
pero no le gusta que se lo exijan.
En general, no le gusta que le exijan nada.
Sin embargo, si no siente la presión
de una pequeñísima exigencia
tampoco está conforme.
Él no está conforme ni con él mismo.
Es muy violento el debate
entre su audacia y su cautela, aunque
ha tenido algunos éxitos.
Despojarse del izquierdismo, por ejemplo…
No resulta original ni osado.
Casi ninguno lo es ya para el amor.
busco cada mañana una nota
en las macetas de mi ventana.
Una pucha de romerillo. O una africana.
Él sabe que el chocolate me desquicia.
Pero nada se le ocurre.
Mi puerta sigue virgen en la madrugada
sin que su mano la sorprenda o la viole.
Él prefiere anunciar telefónicamente
sus visitas. Es toda una expresión
de modernidad
que permite confirmar la ausencia de testigos.
Pienso que le asusta mi vehemencia
Creyó que quería atraparlo.
Ninguno lo soporta abiertamente.
Tal vez algunos de mis elocuentes mensajes
le hizo recordar el peligro.
Soy un caso peligroso.
Con antecedentes. No penales.
Más bien penosos.
Pero atraparlo no era mi intención.
No quiero ser ni su amante, ni su esposa.
Cualquiera de las dos posiciones
me resulta incómoda en nuestro momento
histórico concreto.
Le propuse ser cómplice.
Pero él, machista al fin,
lo cambió por secuaz. No me importó.
Hace tiempo que eliminé la angustia
a causa de la infidelidad masculina.
Es una especie de vicio prehistórico
sin remedio inmediato.
Creo en la fidelidad, pero en otro sentido,
cuando hayan desaparecido los absurdos
que hoy la justifican.
No se puede ser fiel a los fetiches.
Aunque Dios
tiene bastante responsabilidad en todo.
Recordad aquello de la costilla,
el pecado femenino…
no es por obra y gracia del Espíritu Santo
que los hombres no pueden resistirse
ante unas nalgas abundantes
de producción nacional
Observen que con las feas
no funciona el papel de hombre.
Estoy segura que a causa
de no haber sido favorita de la naturaleza
a la hora de precisar mi dote femenina,
me afilié enseguida a la idea de Marx
(Manuscritos económicos y filosóficos, 1844)
de que toda relación del hombre con el mundo,
incluyendo con la mujer, debe ser humana.
Como se aprecia,
he estudiado profundamente
el problema. La conclusión fue tratar
con mucha consideración a mis iguales
diferentes de la especie,
a quienes la evolución histórica
del matriarcado a acá, potenció la animalidad.
Ellos, en realidad,
son tan desdichados como nosotras.
Víctimas-victimarios del proceso de alejamiento
entre las dos mitades del mismo ser.
Claro que lo tomaron a la ligera
y se han divertido más,
pero no han sido más felices.
Lo evidencia su vicio de infieles.
Como no pueden satisfacer a una mujer, deciden dejar insatisfechas a dos.
Abogo por contribuir a humanizarlos.
Mi comprensión de tales fenómenos
condiciona la búsqueda de un encuentro cercano
con este hombre que amo.
para colmo, poeta.
Pero antes quiero despojarme
de los condicionamientos biohistóricos femeninos,
que también contribuyen a embrollar la situación,
para llegar al amor sin consideraciones,
sin otras consideraciones que nos sean de amor.
Es algo que debo conseguir
para trascender a mi abuela.
Quiero amar sin firmar contrato,
sin la amenaza de los bienes gananciales,
sin que me agradezcan los años de amor
que he brindado, sin los ruegos amenazantes,
¡tan femeninos!,
de lo que he aportado
a su realizacióln individual
y lo mucho que sufrirán los niños.
Sucede que este hombre que amo
tiene la puñetera virtud de
parecerse mucho al que espero
para el ensayo.
No digo que sea exactamente igual.
Puede suceder
que al final no se parezca en nada.
Esa prostituta que es la esperanza
suele vestir de caballero andante
a cualquier espantapájaros.
Si eso ocurriera,
no se lo confesaría nunca
para no alterar su seguridad en sí mismo.
Creo, sin embargo, en el riesgo de su grandeza
y en su alma que, sospecho,
no ha sido entregada todavía.
En nuestra época no hay tiempo
para tales donaciones.
Estamos muy ocupados
en realizarnos socialmente.
Si yo lograra conquistarle el alma,
entonces a él no le apenaría ser visto por mí
en las horas críticas del baño,
ni tartamudeara cuando me lee los poemas
que escribió para otras, y vendría a verme
aunque no estuviera dispuesto
a la viril erección porque está cansado.
Ignora que amo su noble cansancio,
tras la vigilia por la felicidad de todos
en mi país. Dije que este hombre
guarda lo extraordinario,
como sus olores en los sitios más recónditos.
Lo cual no lo exime de ser vanidoso.
Está seguro de que es masculinamente
encantador. Y hay tanta puerilidad en ello,
que me conmueve.
Es tan tonto, que se enoja si le insinúo
que se está poniendo viejo.
Y tan sensible, que se le aguan los ojos
contando lo indefenso
que han vuelto los años a su padre.
Nunca le hago preguntas. Las abolí todas.
¿Quién tiene derecho a cuestionar
la mitad de una vida, cuando una
ha llegado a ella en el último viaje
por lista de espera?, en fin, no necesito
un hombre para que me represente,
ni me deje una pensión cuando muera.
Con todo puedo. Hasta con las broncas
en defensa de la Legalidad Socialista y contra
la insensibilidad de los funcionarios.
Cuando él llegó, estaba afianzada mi vocación
comunista, pero es tan reconfortante
que comprenda y comparta mis angustias
del período de tránsito…
Como sentencias mis amigas,
es egoísta para el amor,
como todos los de su sexo,
pero a diferencia de los más recalcitrantes
del género, que no están en fase de extinción,
es tierno, tímidamente tierno.
Tanto, que a fuerza de esconderla,
la ternura ha inundado
los límites de su tristeza,
para colorearlo de tristura, descubrimiento
que me mató una noche de diciembre.
Desde entonces ocasiona orgasmos en mi alma.
Y una encuentra con relativa facilidad
quien los produzca en otros parajes,
pero allí, ¡Dios!
en ese abismo irrecorrible de una misma,
sólo quien habite la mitad vacía del cielo.
Posee, además el secreto de la lluvia.
Basta su voz para que se desate el aguacero.
Y me ha devuelto el susto.
Ese frío que atraviesa el estómago
como un cuchillo, conocido de la montaña rusa
de la infancia y de la primera vez
que una mano de varón apretó la mía.
Cierto es que muchas veces
he tratado de deshacer el lazo.
No estoy dispuesta a participar voluntariamente
de la moderna poligamia.
En una de sus visitas a la guerra
lo declaré formalmente sustituido.
Pero regresó con un poema de amor.
Si un hombre regresa de la guerra con un poema
de amor, es como para rendirle honores
de mariscal victorioso en campaña.
Volví a declararme vencida y saludé
el modo macho en que resiste la tentación
de sus dominios. ¿Que Ochún me favorece
y a estas horas estoy contigo? Respondió
casi con alegría. No estoy segura, sin embargo, que
puede corresponderme con la misma intensidad.
No es un problema volitivo.
Lo lamento por él y por el mundo.
Si me amara como lo amo,
tendríamos fuerzas
suficientes para evitar la guerra atómica
y garantizar la paz universal.
Por eso no justifico este amor clandestino,
no imposible, pues existe, con la desproporción
poblacional de La Habana, donde resido,
favorable a los hombres, ni con los traumas de
la niñez o la soledad, con quien me entiendo perfectamente.
No quiero que crean que estoy
pidiendo permiso para ser feliz,
derecho constitucional que tengo.
Es que me han dicho tantas veces
que un amor así, a puro amor, no es posible,
que sentirlo me parece una noticia
tan digna de recorrer el planeta
como si de pronto anunciaran que Reagan murió
de un infarto. Al margen de que es un placer
informar a los mediocres y timoratos
sin consultar a las personas honestas,
de tales acontecimientos finiseculares.
No soy responsable de que las formas
previstas por el adorable Engels en
La familia, la propiedad privada y el estado
desde el siglo pasado, por cierto,
hayan penetrado en mi conciencia.
Si estoy al borde del comunismo en el amor,
el caso debe ser analizado
en última instancia, como un salto,
como una expresión del desarrollo
del Socialismo en Cuba.
Pero como no todas las personas
evolucionan al mismo tiempo, estoy
dispuesta a evitar sufrimientos a terceras,
cuartas y hasta quintas partes involucradas
en el asunto. El es un ser muy amado
y yo, únicamente su secuaz.
También quiero a las personas que lo aman
y a quienes ame él: son como parientes
por parte del amor. No se engañe nadie
pensando que confieso impúdicamente
mi vocación de cornuda.
Quien lo piense no ha entendido nada.
Es que supe desde temprano que no se expenden
certificados de propiedad de los sueños.
Sé que me van a acusar de provocadora.
De no seguir la línea en relación
con el cuidado de la familia. Mis enemigos
y enemigas —comentarán gozosos—
Ella siempre tuvo tendencias anarquistas.
Los más duchos en filosofía. Los otros dirán
simplemente : !Qué puta!
Y no faltará quien se queje a un núcleo.
Pero andan errados. Coincido en que la familia
es la célula básica de la sociedad.
el amor tiene que ser la célula
básica de la familia. Si la familia
que no reúne ese requisito está en crisis,
me parece otro índice de desarrollo,
pues empezamos a dejar atrás la hipodresía
del matrimonio burgués.
Quiero decir
que la Revolución revoluciona en casa.
Es verdad que estos son tiempos
de difíciles cambios.
Tiempos duros. Mi amor lo sabe
y los sobrepasa sin pedir comprensión,
como el héroe anónimo
no reclama medalla en la victoria.
Si este amor muriera por desamor
de su mitad correspondiente
auguro grandes cataclismos,
pero que nadie se atreva a hablar de derrota.
La victoria de este amor está conseguida.
Es su existencia. Su desprendimiento.
Su valentía a prueba de los designios
guerreristas del enemigo,
los prejuicios de los amigos de clase
y las vacilaciones del amado,
quien se escandalizará
ante esta declaración pública, porque presume
de ser un hombre enérgico, cuerdo
pero mesurado, aunque está un poco gordo.
Ciudad de La Habana, 1987

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