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Página de Inicio Autopista sur Obra literaria de Juan Andréu Monteagudo Viajero

Viajero

Por Juan Andréu Monteagudo

Nadie  lo tenía en cuenta a pesar de que era  el único ser en la Tierra que  cultivaba flores. Entonces decidió marcharse de este mundo,  sería uno más de los tantos emigrantes a la Luna. Total, él también fue un satélite desde el instante en que nació. Todo lo acontecido en su corta vida se resume en cumplir órdenes, acatar leyes, portarse bien...
Desde la parada interestelar veía pasar luces de un lado a otro del infinito. Supo que el día antes se estrelló una nave en algún lugar de la galaxia, tragedia diez veces superior a la magnitud del Challenger. Los medios hablaron del accidente, se rumoraba  fuese un sabotaje. Nadie con vida, la nave dejó una estela de humo y fuego en el espacio. Fue horrible pensar que pudo  venir desde la Luna o Marte, tal vez los de la coalición. También dijeron que los pasajeros eran soldados encubiertos, tantas cosas, pero no hablaron de sus flores. Nadie comentó que el día del accidente murieron veinte  de sus mejores rosas por falta de agua. Ya no quedaban reservas en la Tierra. ¿Qué diferencia hay entre morir y marchitarse? La materia se transforma irónicamente en polvo bajo la acción del tiempo soez. Un día no muy lejano nuestra existencia sería una tenue esperanza, el único desafío al Apocalipsis, escrito desde tiempos remotos.
A las ocho y treinta acababa de oscurecer. En el firmamento podía verse la esfera opaca con manchas lumínicas,  adonde él, un joven de veintiún años, pretendía mudarse. No tenía ni idea de cómo serían las cosas allá, pero en la Tierra ya no  podía vivir. El tercer planeta del Sistema Solar vivía su última hecatombe,  guerras por todas partes, lo estaban arrasando  todo.
Ellos, los hombres, habían permanecido  pasivos durante tres siglos de anarquía. Después, todas las naciones se unieron para enfrentarse a los insurgentes; el resultado solo les trajo más violencia y muertes, más dolor…
Evaristo estaba cansado de esperar por esa cuota de felicidad que supuestamente le habían reservado. Cuota que nunca llegó. Cansado de escuchar las  promesas de los aspirantes al poder, cansado de tantas manipulaciones políticas para sacarle hasta el último centavo a la gente; pero no a un cualquiera, sino a él, un aficionado de las flores. Sabía que lo explotaban so pretexto de que sus rosas no eran comestibles y la humanidad necesitaba otras plantas para sobrevivir. “Siempre será después, cuando aparezca cualquier falla y la acción no tenga quien me niegue una esperanza de amapola” —se decía a sí mismo para animarse.
Los medios no hablaron de su tragedia. Ni un solo comentario para explicar por qué se extinguieron tantas especies de animales y flores. Eran tiempos difíciles, eso lo sabía, pero su necesidad de recibir explicaciones superaba los límites humanos. ¿Por qué se extinguieron casi todas las especies? Ya nadie recordaba la cifra de muertos durante  la última epidemia que azotó a la humanidad. Nadie recordaba las frutas; una manzana, por ejemplo, el primero de los alimentos descritos en  la Biblia, nadie lo recordaba. Tampoco había peces. Los científicos dijeron que en el Ártico quedaban algunas especies; pero la guerra  truncó la investigación  y cualquier  intento para conservarlos.
Era como si la  humanidad padeciera  amnesia irreversible, los gobernantes dejaron de preocuparse por el patrimonio tangible, parecía una carrera a contra reloj para ver qué se perdía primero, pues en verdad la gente no tenía sueños ni planes futuros. Solo querían emigrar, como él, hacia la Luna. Reunir dinero, comprar  pasajes... llegar o morir en el intento.
”Allá —decían— se está mejor, los lunícolas garantizan un porvenir diferente al nuestro. Ellos también hacen guerras, pero no en su “satélite”. Se llevaron casi todas las especies que habitaban la Tierra, las mejores especies de animales y plantas; incluso poseen reservas minerales extinguidas aquí. Son los reyes del universo”.
Evaristo se preguntaba cómo serían las rosas en la Luna. Las imaginaba de un blanco pálido como  su superficie misma. Se figuraba a la gente del color de los cadáveres de la Tierra. Imaginaba tantas cosas, mientras esperaba su nave para viajar al lugar más concurrido de La Vía Láctea.
En tiempos remotos la gente emigró, pero  hacia otros países. Ahora lo hacían en cohetes que podían zozobrar a mitad del trayecto y ser absorbidos por los agujeros negros. Algunos tuvieron suerte de pasar la cuerda y  vivir en lejanas galaxias todavía desconocidas por la mayoría de los terrícolas, lunícolas y marcianos. Pero Evaristo se  conformaba con la Luna; memorizaba ni más ni menos lo que necesitaba saber: que las personas vivían en confortables bungalós,  asentamientos y  vías de comunicación protegidos  por corazas transparentes; máquinas para generar oxígeno las 24 horas; era como vivir en una caja de cristal. “…hay gente que lo hizo toda su vida. ¿Cuántos no han muerto sin haber andado cien kilómetros más allá  de donde nacieron?” —pensaba él.
Allí también tendría luz artificial. En verdad había de todo, pero estrictamente racionado, como en la Tierra. Hasta  el agua potable lograron obtener. A él no le importaba que no hubiese playas, pues nunca pudo ir a ninguna,  estaban reservadas para los lunáticos. Ahora sería uno de ellos y pretendía, a su regreso, gozar de ese privilegio.
En la Luna soñaba con  buscarse una esposa de carne y hueso; no esas de silicarnicona que exhibían por Galaxvisión creyendo que los terrícolas  no estaban al tanto de que eran pura fantasía. Mujeres hechas en La Luna,  el último grito de la ciencia. Evaristo soñaba con una hembra de verdad. No entendía el fanatismo por aquellos aparatos de cuerpos insípidos. Ya ni se escuchaban discusiones entre las parejas porque tres de cada cinco eran entre humanos y androides.
Evaristo consultó su teléfono interespacial, la nave traía unos milisegundos de atraso. En pantalla, dos millones de emisoras de las veintitrés galaxias conocidas hablaban del holocausto terrenal.
Los pasajeros abordaron sus asientos. Nadie reparó en sus rostros,  edad, señas particulares. Cada vez las asimetrías son mayores y ellos buscan su impronta en  otros mundos. Se hacen al cielo de amenazas y futuros. La Tierra, un círculo gris cuya atmósfera es ya intolerante. Vuelan hacia la infinitud del verbo sin que medien preguntas, pasaportes, ocupaciones o credos políticos. Solo llegar y abrirse camino. Desde sus asientos no pueden ver el horizonte.

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