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Página de Inicio Autopista sur Obra literaria de Lidia Caridad Hernández Oria Acerca del tema de la violencia en la literatura infanto-juvenil

Acerca del tema de la violencia en la literatura infanto-juvenil

Por Lidia C. Hernández

Abordar el tema de la violencia en la literatura infanto-juvenil en una sociedad abanderada en relación con la justicia social y defensora de los derechos del niño como el nuestro, se ha convertido en un punto escabroso para los escritores que cultivan el género. El miedo a las palabras, a tocar temas que durante mucho tiempo fueron silenciados, ha paralizado a una buena cantidad de escritores.

Es cierto que en las últimas décadas se ha producido un cambio temático y formal con la aparición de textos donde se abordan asuntos como el divorcio, el racismo, la muerte, las enfermedades, la marginalidad, la creación de nuevas familias y la diversidad sexual, en autores como Mildre Hernández, Eldys Bartute y Atilio Caballero; pero no es suficiente. Nuestros niños se sienten solos, abocados en una espiral de violencia que parece no tener fin.

Cómo ignorar que los niños de hoy están inmersos en el mundo del adulto desde edades tempranas; que no están ajenos a las problemáticas actuales y muchos de ellos comparten con sus padres la ardua tarea de sobrevivir, amén de las horas frente al televisor, la computadora, el móvil...

Nuestros niños exigen que los libros que lleguen a ellos toquen los temas que les preocupan, incluso aquellos que sean considerados excesivos o espinosos por los adultos, como la violencia a que se ven expuestos. Visualizarles tal situación es un modo de ponerlos a salvo de ella. ¿Cómo hacerlo?: desde la honestidad. Enfrentarlos a los conflictos de la actualidad con dignidad. Crear para ellos personajes valientes, osados, que rompan con los prejuicios; personajes divertidos, optimistas, que con una sonrisa puedan enfrentar las adversidades y dulcificar al más violento; que esgriman como arma el amor y la amistad frente a cada situación violenta a que se ven expuestos; hablar hasta el cansancio del llamado bulling (mucho antes de llegar a nosotros ese término, sus manifestaciones ya estaban presentes en nuestras escuelas); no cejar en el empeño manejar formas que dejen en los niños y adolescentes nuevas vías de pensar y actuar; acompañarlos desde las páginas de un libro; transmitirles la esperanza de que su entorno puede cambiar... Sobre todo, plantearnos con urgencia que nuestro deber es, desde las letras, contribuir a su felicidad y su futuro y preservar sus valores espirituales. Porque de ellos dependerá el destino de nuestro país.

No debemos competir con la fantasía, sino trabajar junto a ella; preservar para ellos a nuestras brujas y brujos, nacidos del imaginario popular campesino, que han ofrecido tanta belleza, fantasía y sabiduría a nuestra cultura. No olvidar, como dijera Elaine Vilar, que “el país del Nunca Más está en peligro”.


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