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Página de Inicio Autopista sur Obra literaria de Lidia Caridad Hernández Oria El Garoé

El Garoé

Por Lidia C. Hernández

Cuando mi padre empieza a gritar me voy al parque de la fuente. Allí se sentaba el abuelo a recordar su tierra y me contaba del Garoé: árbol mágico que de tan alto besaba las nubes con sus

hojas y lloraba sus lamentos. Los guanches, le decían árbol santo: de sus lágrimas bebía la tierra, las gentes y el ganado; por eso abuela le dice a mamá Garoé.
La vida en casa es una agonía desde el amanecer: mi madre me dice entre besos:
–A tu padre lo abruma la penuria.
Yo trato de desaparecer antes que despierte o vuelva del trabajo, y en las tardes, si entra a bañarse, me escondo en el cuarto de la abuela y duermo temprano, loco porque amanezca.
Cuando cierro la puerta, herida por los tirones, la lluvia y el tiempo, me paro en medio de la calle, aspiro fuerte el aire y mis pies se ponen ligeros como si tuviera un par de tenis nuevos. Corro, salto y la carrera me lanza feliz al callejón, entonces olvido todo.
Ir a la escuela es un alivio a pesar de las burlas de los chicos en clase, por mi uniforme viejo, y el par de tenis cosidos y vueltos a coser. Mientras estoy en clases tengo un respiro, solo escucho la voz del profe y me pierdo en sus palabras. Al sonar el timbre todo vuelve a empezar otra vez.
Mi madre me repite cada día:
–No puedes ser como tu padre, por eso  me aguanto: los de último año a la salida tiran de mis libros, me sacuden; los dejo hacer. No sé hasta cuándo. Ellos piensan  que soy  bobalicón, también los dejo creer.
Si logro escapar de los abusadores, me detengo bajo la sombra de los  flamboyanes, pero si no lo consigo acabo molido a golpes, y sucio.
A veces regreso de la escuela y mi padre está en casa, entonces me pega y me grita inútil de mierda. No lloro, me aguanto. Hasta un día.
Si el abuelo estuviera con nosotros otro gallo cantaría. El abuelo hablaba poco, pero si lo hacía ponía a todos a temblar. Nunca vi que la escasez lo hiciera maltratar a nadie, y nunca tuvo vergüenza de trabajar. Viejo y enfermo salía todas las tardes a vender raspaduras por el barrio, regresaba con los bolsillos repletos de alegrías.
A veces siento pena de mi padre, lo veo dando vueltas por el patio como si los giros fueran a decirle qué hacer. Quisiera crecer rápido para ser igual al abuelo, pero mientras espero veo a mi madre como el árbol santo, ofreciéndole a la tierra de beber.

 

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