11:30 a.m.

Por Olga L. Martínez


El frenazo me obligó a mirar. Allí estaba al timón: casi diez años menor que yo, camiseta apretada y músculos pronunciados.

—¿Vas muy lejos? —preguntó, mientras con un ademán cortés me invitaba a subir.

 

En pocos minutos, el calor insoportable y los dos kilómetros que faltaban para llegar adonde estaba Carlos me habían agobiado. Le había prometido estar a su lado a las once y media en punto. Por eso acepté el aventón. Hacía muchos años que esta sensación había desaparecido: ventanillas cerradas, música suave, aroma de fresa…; perturbada, me adelanté a decir:

—Estoy apurada, voy a ver a mi esposo.

—Eres linda. Debe estar orgulloso de ti. Pero…, no te hace nada mal aceptar una copa, ¿o sí? —insistió.

Miré el reloj, aún quedaba tiempo. Recordé los tres años desde la última gota de vino; entonces accedí, con la única condición de no demorarnos. Bebimos más de una copa. Sus cuentos y los míos se entrelazaron para no acabar nunca. El roce imperceptible de sus manos y aquella intensa mirada tendieron su trampa. Sublime fue el roce de su desnudo cuerpo.

El auto se detuvo a una cuadra del hospital. Me despedí como pude del intruso y apresuré el paso. Subí las escaleras desesperada. Conocía bien cada centímetro de aquel lugar. Algo me dejó casi paralizada: la enfermera quitaba las sábanas de la cama en que Carlos debía permanecer.

—Estuvo esperándote, dejó esto para ti —apenada me dijo ella.

Me desplomé apretando con fuerza la flor y la botella de vino. Cuando me repuse, le pregunté:

—¿A qué hora, por favor?