El tirano de Siracusa

Quién puede decir hoy que no sabe lo que es un dictador. No hace falta estudiar ciencia política para conocerlo. Han formado parte de la historia de la humanidad desde sus albores. El Estado siempre supo de ellos. Son ya inseparables del folclore. Nadie los olvida. Sin ellos muchos pueblos no habrían madurado. Fueron la mano dura que necesitaron ciertas épocas. ¿Pero en realidad, alguien los quiere? Mientras viven, no cesan las confabulaciones, y la presencia del enemigo osado que trata de derrocarlos. Luego, cuando mueren, a pesar del empeño de algunos en justificar por qué obraron de ese modo, se percibe el alcance de la locura, y vuelven a provocar la misma indignación que despertaron siempre cuando vivos. El libro de Antonio Enrique González Rojas, El tirano de Siracusa, pretende hacer un retrato de todos ellos. Empeño que logra en la medida que se deja arrastrar por un notable sentido de lo incordiante, que engarza perfectamente con la absurda truculencia del tema, y que a su vez se funde en el trabajo de un ilustrador avezado en la creación de las imágenes idóneas, necesarias, explícitas, para esta clase de obras.

Escrito en minicuentos, las historias del tirano se entrelazan para llevarnos a una historia mayor, que es la del pueblo de Siracusa. En un tono burlesco, el autor nos va conduciendo de infamia en infamia, mientras se encarga de predecirnos un futuro todavía más luctuoso. Sin embargo, lo asumimos como una broma más, que a nuestra costa, nos hace pensar en lo oscuro que puede ser un destino. La literatura, cuya misión siempre será buscar un atisbo de lo universal, no abandona un momento el desarrollo de los textos. Aunque con las lógicas altas y bajas, hay momentos que te sorprenden por el cariz que van tomando las cosas en Siracusa.

…pues el pueblo de Siracusa sabrá conquistar un futuro brillante! ¡El ejemplo del pueblo de Siracusa será citado con letras de oro en todos los Tratados de Historia, a través de los siglos! ¡Alabados sean los dioses! ¡Alabado sea el pueblo de Siracusa! —así terminó su discurso ante la gran multitud, arreada desde todos los confines del imperio.
Calló, agotado por la emoción. Un ensordecedor coro de balidos se alzó desde la masa.


O la jugada cínica que nos depara el gobernante, cual si consultara el parecer de un Pisístrato.

Hacía tiempo que ningún adversario asomaba por el horizonte. Sólo el Hambre, la Peste y la Carestía sembraban el pánico en Siracusa. Un nuevo bando oficial recorrió toda la nación:
¡Nuevas armas esgrime el Enemigo contra nuestra Tierra! ¡Es la guerra bacteriológica!


En Cuba se han escrito varios volúmenes de minicuentos, pero el que más se le emparenta es Vista de amanecer en el trópico, donde a través de viñetas, Cabrera Infante recorre la historia de la isla “desde la llegada de los primeros hombres blancos”.
Inevitablemente, tuvo que rozar lo tiránico, y en uno de sus textos dice: El general preguntó la hora y un edecán se acercó rápido a musitar: “La que usted quiera, señor Presidente”.
Con un antecedente así, el propósito de González Rojas nos parece garantizado. Y aunque muchos buscarán solaz en su libro, será mayor el número de los que sentirán el peso de lo que se puede manejar como política de Estado.  Un rey, un caudillo, un líder, no tienen que ser todo lo nefasto que puede recrear un escritor satírico, pero sí encarnar una señal de alarma ante lo groseramente trasnochado. Constituirse en símbolo de lo que no debe permitirse.

 

 

Alexis S. García Somodevilla