Claves históricas y estéticas para una lectura fílmica de “La batalla de Argel’’

Por: Jorge L. Lanza

Si un filme es capaz de demoler los prejuicios existentes sobre el cine de carácter político o denominado de propaganda es La batalla de Argel, del cineasta italiano Gilo Pontecorvo, realizador de filmes como Capo y Queimada, un referente insoslayable que demuestra la intrínseca relación entre cine e historia, al reafirmar que los filmes históricos constituyen fuentes y documentos útiles para los historiadores, salvando la subjetividad inherente al medio cinematográfico.

En ese sentido la película trasciende su condición política, apologética de la violencia revolucionaria del Frente de Liberación Argelino, para convertirse en un interesante documento sobre la vida de los árabes y los franceses en los estertores de la Argelia colonial.

La cinta fue idea del presidente Ahmed Ben Bella, quien quería hacer una película exclusivamente argelina como mecanismo de propaganda para su proyecto del internacionalismo socialista que había adoptado como política exterior, al tiempo que buscaba apoyarse en otros líderes de los autodenominados países no alineados, como Nasser de Egipto o Fidel Castro.

Ya para 1963, año en que decide echar a andar el proyecto, llegaban por montones jóvenes palestinos, irlandeses, congoleños, cameruneses y sudafricanos a entrenarse en lucha irregular a sus campamentos instalados en los desiertos del sur.

Uno de los líderes del Frente Nacional de Liberación (FLN) y líder de la resistencia argelina en la batalla de la Casbah, Yacef Saadi, es comisionado para buscar un director que realizara el proyecto, para lo cual éste viaja a Italia, para ofrecerlo en primer lugar a Luchino Visconti, quien lo rechaza inmediatamente, argumentando que la cinta y sus propósitos son completamente ajenos a los suyos de hacer cine. Otro director italiano, Francesco Rorsi declina la oferta, y alguien le refiere a Saadi a Franco Solinas, guionista italiano para que lo ayude en su búsqueda. Es Franco quien se lo ofrece a Pontecorvo, quien terminará por filmarla.

La batalla de Argel es heredera en lo estético de El acorazado pontenkin, de Serguei Enisenstein, no sólo por el realismo que logra impregnarle a sus estremecedoras imágenes, sino por su compromiso militante con la causa argelina, con los pueblos del Tercer Mundo, en un momento crucial de la historia donde pueblos como el argelino luchaban por su independencia, en ese sentido el filme es un paradigma del anticolonialismo más revolucionario.

El filme posee el mérito, algo inusual en el cine de la época, salvo el maestro Santiago Álvarez, de establer una equilibrada ruptura entre las fronteras del cine de ficción y el documental, además de asimilar los códigos del periodismo cinematográficos y de géneros como el reportaje y los aportes de los noticiarios siguiendo el más estricto orden cronológico. Ambos artistas revolucionaron de una manera u otra el género de los noticiarios. Santiago desde la estética del documental y Pontecorvo desde la ficción. En ambos cineastas se conjugan compromiso político con la mayor pasión por el arte.

La batalla de Argel es una de esas interesantes excepciones que logra romper con el rígido marco de la propaganda anticolonialista y de izquierda radical que el régimen de Ben Bella quería darle, gracias al ojo maestro de su director de fotografía Marcello Gatti y la música de Ennio Morricone.

Los hechos que narra el filme tuvieron lugar entre 1954 y 1957, contexto marcado por la violencia política, el terrorismo de estado, el uso de la tortura por parte de las fuerzas especiales francesas, simbolizadas en el general Matthew, incluso muchas de las escenas de tortura en el filme continúan siendo utilizadas como referente por parte de servicios de inteligencia de algunas naciones, periodo en el cual el Frente de liberación nacional lideró el proceso de liberación que culminó con la anhelada independencia en 1962.

La historia que sigue es conocida. La violencia fue en aumento, llegando a su climax en la llamada “noche azul”, del 4 al 5 de marzo de 1962, durante la cual estallaron 117 bombas en toda la ciudad, detonadas por los extremistas franceses de la OAS (Organización del Ejército Secreto), y que llevaría a la larga a que Francia le otorgara la independencia a su colonia en julio de ese mismo año, hartos ya, de tanta violencia en espiral. Tampoco se ilustra en el filme el golpe de estado dado por Huari Bumedián a Ahmed Ben Bella en 1965 por diferencias políticas.

Al apelar al estilo documental apenas se utilizan actores profesionales en el filme, solamente el francés que interpreta al general Maseu, pues el propio Yasef Saadi, líder del Frente de Liberación Nacional interpreta al revolucionario Sadi Kader, el personaje de Alí la Pointe es interpretado por un campesino. Intervienen en el filme miles de musulmanes habitantes de la casbah árabe, el realismo que muestran las imágenes del filme sobre las condiciones en que los referidos habitantes nos recuerdan el terror del nazismo y sus campos de exterminio:

El crítico Mario Rodríguez Alemán en su libro La sala oscura ha citado las siguientes palabras de Pontecorvo al referirse al filme:

“’Hice un filme sobre la lucha de Argelia, sin poner especial acento en la represión francesa. Es el momento del gran dolor inicial, el que reposa en la huelga general, estas épocas me producen el sentimiento de adhesión más calurosa, un gran momento de alegría y dolor, en el que puedo mostrar lo que amo por encima de todas las cosas: los sentimientos participados por una multitud.

“Mi filme no es un documento en el sentido de que todo en él está reconstruido, sin duda empleé toda mi experiencia en los noticiarios para buscar impresiones de veracidad, el tono, el grado de la fotografía. Este filme supone una experiencia muy dura, pero es también una bella experiencia”. [1]

Según palabras textuales del líder de Argelia Huari Bumedián: “La página se ha dado vuelta. Para empezar, Argelia es hija de su propia historia, que haya superado la prueba colonial e incluso desafiado el eclipse, testimonia, si ello era necesario, esta voluntad inextinguible de vivir sin la cual los pueblos están amenazados a veces de desaparición. El camino que nos ha constreñido a pudrirnos en la existencia vegetativa de las asfixias mortales, nos impuso replegarnos sobre nosotros mismos en la espera y la preparación de un despertar y un arranque que no podrían hacerse, ¡por desgracia! más que en el sufrimiento y la sangre. La misma Francia ha conocido estas desgracias y estas resurrecciones.

[1] Véase Mario Rodríguez Alemán. La sala oscura, Ediciones Unión, La Habana, 1982, pp. 89-90.

(Texto presentado bajo la modalidad de Conferencia en el marco de la más reciente edición (2019) de la Feria Internacional del Libro, en el Museo Provincial de Cienfuegos, en un panel dedicado a la independencia de la República de Argelia). (N. del A.).