Raíces de España en el Escambray Cienfueguero

La cabalgata por la loma La Trinchera es, como describiría una afamada escritora, la vida misma: “…con un pie en un abismo y otro en un cuento de hadas.”
Y es que el abrupto camino que bordea el precipicio nos lleva a la cumbre donde subyace un patrimonio de la cultura española, de las primeras décadas del pasado siglo XX. La toponimia del lugar apodó como Centro Gallego, el lugar donde existió una bodeguita con una fonda, lugar de citas sociales de los emigrantes procedentes de la antigua Metrópoli, cuyas ruinas, a 475 metros sobre el nivel del mar, son hoy la memoria de un pasado de trabajo y búsqueda de riqueza.
El sendero empedrado nos remite a la cercana Trinidad y este acervo revela uno de los más rudos oficios de aquellos expatriados: los aforadores. Trabajar la piedra era uno de los trabajos más rudos de aquellos que desbrozaron los elevados parajes donde la cosecha cafetalera era esperanza de prosperidad.
También laboraban como carboneros y arrieros aún se conservan los sitios de preparación de las bestias. Todo un museo rural es la casa actual de Romualdo Clar Villa, quien atesora la historia de uno de los fundadores del lugar.


GÉNESIS Y FUNDAMENTO DE “LOS MALLORQUINES”

La tradición oral dio también a los mallorquines un sitio en la intrincada altura. La historia de esta descendencia se originó en Llucmajor, Mallorca, una de las Islas Baleares, cuando en 1920 el gobernador Agustín Ovier expidió el permiso a Miguel Clar Puigserver para viajar a Cuba. Aquí se asentó el isleño para formar parte de los grupos que trabajaron con los pudientes de la época. En ese entonces Víctor Maestre era el dueño de “El Colorado” y Felipe Zerquera, del área de Yaguanabo; ambos mantenían relaciones de negocio con el acaudalado Nicolás Castaño Capetillo.
Miguel era el padre de Romualdo, quien hoy conserva las tradiciones y todo este legado de costumbres y tradiciones: “Mi padre se casó con mi mamá Martina Villa, natal de Lagunitas; somos seis hermanos, por aquí quedamos dos, y mis hijos Adelfi e Isidro”.
Engavetada está la historia de su familia. Miguel dejó en Mallorca a ocho hermanos. Sus fotos están hoy en este rincón de la serranía escambradeña, que salva del olvido los nexos con la estirpe, pues nunca ni los padres supieron más de aquel joven de 19 años que cruzó el océano tras soñadas quimeras: “Sé que su trabajo fue el de arriero; por aquellos tiempos se bajaba el café y el carbón en un barco en El Inglés; la vía marítima era la única de comunicación con la ciudad de Cienfuegos, pues no había carretera”.
Otras fuentes consultadas agregaron matices de aquel pasado. Gregorio Castillo, por ejemplo, nació en La Yaba y desde los once años se trasladó a Centro Gallego. Recuerda a Miguel “el mallorquín” como uno de los arrieros más famosos de la zona: “Bajaban las arrias de burro con el café de las lomas de Castaño; allí este famoso comerciante tenía la despulpadora; eran caminos reales, luego recuerdo que cuando pudieron los primeros carros gracias al empedrado”.
La piel curtida de Gregorio denota su vasta experiencia en los avatares de aquel tiempo. Hurga en su memoria y evoca pasajes vivos: “Recuerdo aquellos barquitos, el Siete de Enero y El Gallo; el primero era de Daniel Chamero y el otro de Ángel García; se cargaban de café, anón, carbón y quesos; ahí viajaban también los enfermos, que muchas veces morían en la travesía. El viaje era de tres horas, llegaban de noche, cargaban por la mañana y partían hacia Cienfuegos a las doce del día”.
Gregorio también recuerda a los españoles, que eran trabajadores: “Tallaban la madera con una herramienta que llamaban azuela y hacían las llamadas canoas donde se elaboraba el queso”.

EMIGRACIÓN ESPAÑOLA EN CIENFUEGOS

El historiador Alejandro García Rodríguez, del Archivo Histórico de Cienfuegos, asegura que los años comprendidos entre 1900 y 1920 fueron los de mayor emigración española a Cuba. Nuestro país ocupó en la recepción de estos emigrantes, sólo precedido por Argentina.
Estudios sobre el doblamiento de las ciudades cubanas a principios del siglo XX, como el censo de 1919, por ejemplo, arrojan que en Cienfuegos habitaba el 16 % de los españoles radicados en la Isla.
Por varios siglos, el Descubrimiento de América abrió nuevos horizontes a la ambición de obtener fortuna, desde que en 1503 la Casa de Contratación de Sevilla decretó el comercio entre España y Las Antillas. Con el paso del tiempo la población española tendría que concentrarse en los puertos más activos: Matanzas, Cárdenas, Cienfuegos. Ya en las primeras décadas del siglo XX se distribuyó por zonas urbanas y rurales.
Eran rostros anónimos que no ocupaban cargos en la burguesía y nutrieron las filas del campesinado y la naciente clase obrera; el número de españoles dedicados a la agricultura era mayoritario. El cambio en España del modo de producción semifeudal al semicapitalista convirtió la tierra en mercancía y aumentó la pobreza.
La crisis económica de 1920 a 1921 y el crack bancario marcaron la disminución de la emigración; luego, en 1928 la dictadura de Machado, con su política restriccionista azucarera, puso fin a la leyenda del paraíso cubano. Cienfuegos se insertó en aquel panorama histórico y hoy conserva huellas de un pasado que gestó una cultura multinacional y rastros que hablan de transculturación y presencia hispánica.
En la cima de una elevada altura están dormidos en el tiempo testigos silenciosos del decursar, verdaderos exponentes del patrimonio, como memoria poética de los pueblos.

Tomado de: Archivo Cubano. Cuba, una identitá in movimento.

Dagmara Barbieri López