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Página de Inicio Autopista sur Obra literaria de Jorge Luis Águila Aparicio Radiografía de un hechizado (*)

Radiografía de un hechizado (*)

la imagen es la realidad del mundo invisible
J. L. Lima
Para Marcial Gala ha sido muy importante (re)descubrir la potenciación de la naturaleza dialógica de su ficción. En El Hechizado (Editorial Mecenas, Cienfuegos, 2003) una supuesta voz autoral nos introduce en cada uno de los cuentos, ofreciendo testimonio de su naturalidad: “Dice Marcial que Dios es una esfera con un centro en todas partes y el perímetro en ninguna (¿sabes cuál es Marcial? El negrito que siempre está leyendo y que fue novio mío)”. En este referente, que apunta hacia el proceso de cocción del (los) texto(s), figura la ficcionalización del autor, quien es enmarcado como parte de la historia y del proceso creativo. Poco tiene que ver esta observación con el uso de un Yo-narrador o un Yo-personaje, ya que en los cuentos donde narra en primera persona del singular (“Necrofilia”, “El Hechizado”, “Anoche mientras estaba afuera”) la voz es tan enigmática como en los que lo hace en tercera (“Licantropía” y “El juego”). La forma en que Gala inserta esa voz se esparce en varios espectros; estos son utilizados para replantearse como narrador, lo que constituye muestra de lo subjetivo de su “realismo profundo”. Una especie de guiño nos hace en las oraciones finales del segundo cuento (“El Hechizado”); la mofa y la desacralización son los cimientos donde edifica su burlesca historia. “Y así fue como empezó todo. Mañana le escribiré una carta al Papa. Empezaré así: Su santidad, cada vez estoy más convencido de que (…) No puedo más, tengo 35 años y durante todo este tiempo no he hecho más que satisfacer las inmoderadas exigencias de mi pene…”. Aquí, para transmitir la angustia del fatal joven acude a un narrador en primera persona, revelando su estado existencial a través de mudas, saltos cualitativos, vasos comunicantes, tiempo y punto de vista espacial.

En “La violencia de las horas”, su voz discurre en los propios registros como clara referencia al afán de discernir toda la realidad de la ficción, lo cual es un referente en las obras del postboom, influencia palpable en los textos de Marcial; su cuentística, más que esclarecer, cuestiona códigos utilizados como mecanismos de indagación ante esa realidad. Narra y propone juicios acerca de lo verídico, la mentira, la muerte; enerva su figura autoral ante el simbolismo del hecho literario mediante un deseo de espontaneidad y (des)propósito: “Yo no soy nada, ni siquiera soy Marcial, soy el enano que asiste semana tras semana a la escuela de bobos mientras papá y Judith la española se van perdiendo, alejándose. Pero hoy todavía no, Judith y mamá se besan en la boca y todo el restaurante nos está mirando. Van a botarnos del hotel y cuando lleguemos a casa de abuela y papá esté muerto volveremos a Cienfuegos.” Es así que, mostrándose como una especie de seudo personaje o un personaje más, revitaliza el ejercicio literario, dotándolo de fluidez y efectividad, ya que se ubica en el plano del lector, interactuando con él sobre la ficción que tienen ante sí.
En charla ofrecida en Cienfuegos Gala aducía que toda esa compleja trama en medio del conflicto ha obedecido a indagaciones no sólo en su alma autoral; sino también en la psiquis de los personajes, todo en consonancia con la exploración de terrenos en el campo de los sentidos y del desdoblamiento que le estaba exigiendo el ritmo de su narrativa. Este se ajusta a los tiempos de cada historia, logrando correspondencia entre su expresión y lo expresado como sucede en “El juego”, donde Fernando Larrea Goitizolo, a pesar de su resistencia a poderes contrarios, cede a los influjos de la necesidad: “Fernando miró esos ojos, el cuerpo que cimbreaba entre las mesas acercándose con toda naturalidad al mostrador y Fernando pensaba en todo lo que no había tenido por carecer de algunos billetes como aquellos. Se dio un trago de cerveza y preguntó: ¿y en qué consiste el juego?”
Lo real y lo mágico de sus siete piezas convierten a este libro y a su autor en protagonistas de un discurso magno en el sentido de la connotación; ello fluye como elemento positivo gracias a la elipsis, la economía. Sin embargo, teniendo en cuenta los vasos comunicantes, temática, orden y sentido, debió “El juego”, por lo pintoresco, frescura y poder de atracción, abrir el libro y no “Necrofilia”, que mereció ser situado después de “Licantropía”, dejando para el cierre el cuento que da título a la obra.
De cualquier modo, Marcial Gala demuestra talento para edificar. El protagonismo de los narradores, la (i)rrealidad y la autonomía elevan su discurso a planos que van más allá de las fronteras provinciales.
Tomando para sí temas que colindan con años precedentes, el autor ha conformado una obra que muestra su potencial a través de la voluntad y disposición creativas de un narrador algo más que hechizado.

(*) El presente trabajo obtuvo Mención en el concurso Premio de Reseña Literaria “Segur”, 2008.

Jorge Luis Águila Aparicio

 

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