AMOR QUE LLEGAS TARDE...TRÁEME AL MENOS LA PAZ

También sé que la espada hará sangrar
mis horas,
tráeme además la confianza extraviada
de que el amor en fin
puede llegar.
Amor que me das vida
cada vez que tus besos me distancian
la muerte,
qué importa si se cumple la temida sentencia,
aún cuando no sea la paz
siempre tendré la dicha
de todo lo que llega
desafiando la tarde.

Marzo 99


(Cantar deuterocanónico atribuido a la reina de Saba. S. VII a.C)

“Ahí está. La miro, tan cercana y sin embargo inaccesible y no puedo menos que agrandar mis ojos para que se vuelvan, sin más, ella misma.
Está sólo a unas cañas, pero bastaría que intentara alcanzarla para que se alejara, como se aleja la gloria de Yahveh cuando este pueblo, duro de cerviz y de corazón, persiste en sus maldades.

Ahí está, mas lo curioso es que no siento tristeza al saber que partiré sin hollarla, que no podré degustar sus ríos de leche y miel o su nuevo maná, más dulce de seguro que aquel bendito y fugaz del desierto.
No siento tristeza por la simple razón de que su hermosura, imponente e inmóvil como el Monte Sión, también es un reflejo de la otra tierra, la que llevo dentro de mí, serena y fértil, ante la obra terminada.
No sé bien si esa promesa que tengo enfrente, y que no podré hacer realidad por designio divino, es más grande que la que yo mismo me he trazado, de seguir soñando hasta el último instante, cuando alguno de mis hijos cierre mis ojos, cansados pero a la vez embellecidos por contemplarla, por contemplarme.
Y entre esos bellos sueños, uno de los más queridos es aquel donde la tierra deja de tener fronteras, y es una preciosa casa sin puertas ni ventanas ni techos, pertenencia de todo el que la contempla y la ama, cuando, como yo, no puede abrazarla.
Claro: el hecho de no alcanzarla no significa, ni por un momento, que no sea mía: lo es ya, como lo será de todo el ejército, del pueblo entero que (pese a sus dudas y torpezas) la ha ganado en buena lid, como son todas las cosas que hemos añorado y tenido desde la fuerza del deseo.
Lo es ya, como todo lo que nos incorpora a la Naturaleza, a sabiendas de que nuestro polvo es también un pedazo de su polvo, enamorado y eterno...”

(Moisés ante la Tierra Prometida, de un Pentateuco apócrifo, siglo VI. a.C, traducido al español de los siglos de Oro por Francisco de Quevedo. Versión al español moderno: Pedro Salinas)

Frank Padrón Nodarse