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Página de Inicio Autopista sur Obra Literaria de Justo Cabrera Brito Tercera partida

Tercera partida

Por Justo Cabrera

Las aves despiertan sus corales
bajo el frío
la lluvia
o tal vez
iluminándose la noche con blasfemias
con ese idioma de tigres desnudos
y amuletos santificados por la ira.

Pueden estar cerradas las estancias
dormidos los helechos
un barritar lejano despedazarse en los ramajes
los párpados del cielo cerrados a la luz…

Pero el tiempo no escucha
sólo avanza y avanza con su cuerno en ristre
y hay que emboscarlo en las mareas descuidadas
robarle ese minuto
cómplice en el corazón del árbol
que abrigó nuestros caminos
los besos insondables
las trágicas arrugas.

Allí
en el primer recodo se agolparán los sueños
esas palabras perfilándose en rostros
que la humedad y la ventisca nos clavan en la piel
como hiriente resaca.
Más y más la lluvia
más y más el frío
la noche en llamas
el éxodo del tiempo borrando toda huella
el éxodo del tiempo hacia las cumbres
adelante
adelante
siempre hay un minuto para el árbol
el árbol y sus miles de segundos
hundiéndose en los ojos
el árbol y sus lágrimas
inaudible cristal bebiéndose las sombras.


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…Y aún están frescos los puñales.

Ahora están en alto.

Lo más triste es cuando caen desgarradoramente
como un eco desprendido en la bastedad de una caverna
abriendo escarpas
desfiladeros que oponen sus vagas letanías
a la conquista del amor.

También es triste mirarlos impasibles
como si el ave enmudeciera para romper el nido
el estrecho nido que pende de una cuerda sin aliento.

Ahora todo suena como un espaldarazo.

El cáliz arrancado a las jaurías
sellará el vacío donde gravitan las criaturas
de cóncavas miradas
seres cargando en sus tinieblas
el oro en que los libros sumergirán la historia.

Así caen salvajemente los puñales.

-Cuando la luna alcance nuestras aguas
se hará el amor sin sangre-

Lo hermoso tiene que destrozar una manzana
esparcir los fragmentos que la lluvia incrustó en las amapolas   
y el fénix puso como huesos inflexibles
desparramando estrellas sobre la costra de lo siglos.

Así caen salvajemente los puñales
para hundirse en la flor hasta los sofismas
cobijar las esqueléticas cinturas
las que un día conocieron su carne y sus cabellos
el nombre del que partió sin un reparo
sólo para salvar la muerte
las viejas melodías
el dolmen infinito
la última trompeta
el salto al universo.

 

 

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