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Página de Inicio Autopista sur Obra Literaria de Manuel García Verdecia El cosaco y la cubana

El cosaco y la cubana

Por Manuel García Verdecia

Luego le contaron que se bebió el resto de sus días con una fruición salvaje. Que, después de tragar quintales de vodka, salía al soto de robles y abedules que guardaban su dacha a gritar su nombre. Que andaba sin ton ni son, con la botella en una mano y la mirada extraviada, como si no le interesara nada de lo que le rodeaba. Que lo encontraron rendido una mañana de nieve espesa, sentado con distante serenidad. Era una estatua de escarcha.

Lo había conocido una noche de noviembre mientras celebraban la Revolución de Octubre, con esa tenaz dislocación de los asuntos de su vida. Al llegar, con la sensualidad de una ola, en su sencillo vestido, la piel azucarada de las islas, sus ojos de animalito apaleado, sintió otros ojos que la fijaron como la garra de un tigre hambriento. Venía acompañada de Teodoro, que fue el que los presentó. Por este, el militar se enteró, para su contento, que nada la ataba al traductor. Desde esa noche todo fue distinto, como le confesaría luego. Del mismo modo que el día que vistió un uniforme supo que no sería nunca otra cosa que un soldado, así, al verla, sintió que haría lo imposible por tenerla cerca. Se lo dijo a Teodoro, que era un picaflor pero buen amigo, y él se lo dijo a ella.

La apodaban la Viuda, pero se llamaba Cándida. El apodo le venía por lo que ella llamaba su mala pata. La primera vez fue por un lituano, Donia, de piel de abedul, cabellos otoñales y ojos como la fría agua de los lagos de su tierra. Estudiaba entonces en Leningrado y allí lo conoció. Se amaron veloz y generosamente. Quedó embarazada de él, acudió a una consulta clandestina a abortar, de donde por poco sale muerta. El secretario de la embajada, que la había acosado por razones nada diplomáticas, y había recibido su rechazo, se tornó un Javert contra ella. Consiguió saber la verdad e hizo que fuera devuelta a la Isla. Impacientemente esperó por el rencuentro prometido, hasta el día en que supo que su esperanza se había estrellado con su Donia, su loco, su dulce Doni. En una competencia, no le abrió el paracaídas, como no le abría a ella la vida un respiro. Sufría por demás el cerco de furia y desdén de los padres, pues había sido la esperanza de un futuro linaje intelectual en la familia. Tiempo después conoció a Ruperto, un mulato pelotero, buen tipo y de mejor carácter, gozoso de todo en la vida. Por unos meses se acercó a la felicidad. Un rayo le calcinó toda su alegre vitalidad durante una práctica deportiva; el accidente le anunció que hay ámbitos vedados a ciertos seres. Ella volvió al encierro y acarició la idea de un salto al vacío, un fin a su estilo. Los amigos, sobre todo Victoria, se encargaron de sacarla a la luz y conseguirle un empleo. Así dio con George, quien realmente se llamaba Edelberto. Solo se había apropiado del nombre de su ídolo Harrison. Era un huracán y ninguna desidia ni obstinación le impidió estar con ella. George lo traducía todo en música. Fue un romance sobre moto y entre guitarras eléctricas. Las horas eran una inacabable fiesta. Pero un día lo llamaron a servir en el ejército. Lo enviaron al África, de donde solo regresaron sus restos en una cajita tosca. Estuvo cerca de dos años en un claustro de furia y descontento. Se había hecho a la idea de renunciar a los hombres. Luego, cuando la soledad y el ardor la abatían, aceptó salir con alguno, siempre que fuera lo contrario al tipo de su agrado, alguien que no la enredaría en sentimentalismos. No volvía a salir con ninguno, Porque por ahí una se empieza a ablandar. Los evitaba y si volvían por ella los espantaba, No, viejito, eso fue una noche de locura, tú no eres mi tipo. Palabras que no brotaban de su sentimiento sino de su voluntad de no darle oportunidades al desastre.

Aquel día aceptó acompañar a Teodoro, un amigo de sus días soviéticos, quien casualmente la reencontrara en la bodega donde trabajaba. Era el traductor de los rusos. Aceptó la invitación sin excesivo entusiasmo, como un antídoto contra la soledad pero, sobre todo, atraída por la curiosidad de revivir ciertas cosas que habían tenido sentido para ella. Después de las consabidas palabras heroicas y los hurras, los asistentes se dispersaron por el pequeño parque maquillado festivamente —bombillos de colores, pencas de palma, banderitas— en grupos que bebían y charlaban a gritos, luchando contra el feroz volumen de las bocinas bajo el mando de los isleños. Cándida permaneció junto a Teodoro. Este la presentó al general. Cuando dio al ruso los tres besos de costumbre, sintió sus ojos de toro incendiándola como una antorcha de paja. Había algo inexplicable en aquel ser. Una fuerza intimidante y atrayente a la vez. No parecía un ser de este mundo. El Cosaco —así se lo presentó Teodoro, así lo grabó en su intimidad tropical y eso lo respetaremos, era un sesentón recio, mediano de estatura, robusto, algo taurino, el pelo todavía con un esplendor patinado, ojos de un acero bondadoso pero sonrisa de rictus amargo y descreído, con dos colmillos encapsulados en oro, que relumbraban con un fulgor mefistofélico al sonreír. En la pechera portaba la constelación de insignias, galones y barritas, que lo anunciaban como general del ejército ruso. De joven, había combatido bajo las órdenes del Mariscal Zhukov, a quien llevaba en un altar de permanente admiración. Su familia había muerto durante el cerco de Leningrado, unos de hambre, otros bajo las bombas. En la Isla comandaba a los asesores del ejército.

Con las horas, la fiesta fue derivando hacia esa placidez abandonada en que unos bailan, otros se ensimisman con sus vasos y todavía otros desatan sus demonios. Entusiasmada por las memorias y la conversación en ruso —¿Dónde lo aprendiste tan bien?, le preguntaban, rememorando vivencias, lugares, costumbres—, bebió unas copas más que lo que se permitía a sí misma. Sirvió de compañera de baile a la escuadra de oficiales con los que charlaba. Les trataba de enseñar pasillos, esforzándose contra las articulaciones estrictas de los eslavos para los ritmos caribeños. Nikolai, inflamado de vodka, pero erecto y en sus cabales, se alejó de los bailadores, se sentó en un banco con una botella en la mano derecha y un vaso en la izquierda y comenzó a cantar tonadas rusas. Ella lo buscó en el círculo próximo pero lo descubrió solitario. Se quedó alelada ante la visión. Era un minotauro nostálgico pero intocable en su orgullo. Lo contempló largamente. ¿Qué le pasa?, le preguntó a Teodoro. Nada, es así, le respondió este, el pobre, nada de lo que ha querido le ha salido bien. Hallaba un no sabía qué de insondable y bárbaro en sus maneras que la atraía. Poco a poco, como quien no quiere espantar a un animal en su intimidad, se aproximó y quedó de pie a su lado, contemplando aquel modo de beber. Al rato sabía que ya él la había adivinado pero no se atrevió a decir nada. Cantaba en un murmullo, los ojos perdidos en un confín inalcanzable. De pronto, sin mirarla, él le indicó que se sentara. Comenzó entonces a acompañarlo en el canto, muy quedo. Él notó su frágil voz y atenuó la suya para seguir el dibujo armónico de la de Cándida. Le pareció el fino fluir de un surtidor. Fue así que comenzó a solicitar, ¿Conoces tal canción? ¿Y más cual?, dejándola cantar sola. A poco, todos la rodeaban y pedían Canta esta o esta o esta otra. Fue la estrella de la fiesta. Al final de la noche, la invitaron a que los visitara. Los ojos de Nikolai, un toro extasiado con la luna, quedaron presos en ella.

Días después volvió Teodoro, Nikolai te invita a almorzar el domingo; le caíste en gracia; es buena persona aunque un poco antiguo y algo cascarrabias. Rechazó la idea siguiendo su estrategia de no tropezar dos veces con la misma piedra. Pero los amigos insistieron, avivando una extraña comezón que traicionaba su resistencia. Ese domingo se levantó temprano. No conseguía dormir, los ojos se le habían endurecido como si los hubieran inyectado con formol. Se lavó el pelo, largo, sedoso, tomó una taza de café con leche, puso el viejo tocadiscos que trajo de la URSS y se echó a la cama a oír canciones rusas. No tenía deseos de hacer otra cosa que mirar el blanco techo, de un blanco polvoriento y olvidado, con vigas de madera ya torcida y quebrada por los años, donde las arañas hacían colonias de redes, con insectos entrampados en la fina trama de muerte. Tengo que tumbar las telarañas, era una frase que se decía todos los días al acostarse, solo para chistar después, ¡Qué! ¿A quién le importa? Además, pensaba, es lo único interesante en ese horrible techo. Mirando a lo alto sintió el tibio gotear de sus ojos. Veía al pálido Donia, su desasido estar entre las cosas y luego superponía al corpulento Nikolai y su salvaje forma de beber. Creyó hallar en ambos una misma desolada, violenta decepción. Sonó un claxon y la voz de Teodoro, Apúrate, Cándida, voluntariosa. Se echó por encima un simple vestido de óvalos rojos sobre fondo blanco, que resaltaba su piel morena, calzó unas sandalias blancas y salió. Dieron mil vueltas hasta entrar por un camino entre altos árboles donde, de momento, apareció una casona estrictamente guarnecida por una cerca de concreto y una posta militar que atemorizaban en principio. El portón daba acceso a un parque arbolado, de césped verde y acicalado, con numerosas sendas por entre espaciados bungaloes, con bancos bajo la fronda y una alberca al fondo. Un silencio eclesial, solo alterado por el jubiloso retozar de pájaros que descendían, picoteaban y seguían su vuelo indiferente, motivaban en el visitante un ánimo de placidez, de echarse allí y dejar que el tiempo volara sobre uno, como otro pájaro despreocupado. Entraron a una sala en la casona principal. Estaba Nikolai, con otros dos oficiales y un auxiliar luminosamente risueño. Como no salía de su congelamiento, el auxiliar la animó, Ponte cómoda, camina, mira, báñate en la piscina, en fin, podía hacer lo que deseara y si necesitaba algo solo tenía que ordenarlo. Ella revoloteó, familiarizándose con el lugar. Fue hasta la alberca, se sentó en la orilla, se descalzó y metió los pies en el agua fresca. Estuvo así un rato imprecisable pero mullido y cálido, como si levitara por encima del tiempo. El entorno y ella se miraban a los ojos igual que dos a punto de iniciar un romance. Nikolai paseaba cerca y se esforzaba por demostrar que apenas le prestaba atención. Sin embargo, en su conversación, en sus gestos, podía sentir una turbulencia dedicada a ella. El llamado a almorzar la devolvió a tierra. En la sobremesa todos fueron a caminar por el parque, identificando árboles, flores, frutos, aves, insectos, como en una expedición naturalista; volvieron al salón de estar, jugaron a las cartas y, finalmente, bajo la sombra de unos añosos álamos, se sentaron a beber. El ruso requirió una botella de Stolichnaya y un vaso, se desabrochó un tanto la chaqueta y le pidió que cantara. Todos cantaban y bebían. Poco a poco se fueron marchando a otros placeres. Sin percatarse, quedaron ella y Nikolai solos bajo los álamos amables. Le hizo un gesto de que se acercara; cantó parada frente a él. Después él le tomó la mano con torpe delicadeza. Hacía con la cabeza gestos de metrónomo, llevando el ritmo de las canciones que ella entonaba. De súbito, como el disparo del francotirador en una emboscada, le soltó, Candusha, te necesito. En la expresión había una firmeza desesperada, como un asmático que pide oxígeno. No dijo te quiero, te amo o me gustas, como le decía la mayoría de los hombres. Le dijo Te necesito, mirando hacia las raíces de los árboles como si de pronto estas fueran a abrirse en unas fauces de leviatán. Ella sintió un temblor, una debilidad tan repentina, un desamparo tan arrasador, que se vio forzada a sentarse en sus piernas de minotauro, echar la cabeza sobre sus hombros y seguir cantando, cantando, cantando, hasta dejar que su corazón se apaciguara. No dijo nada. Él la acarició como a una niña toda la tarde.

Con el Cosaco le falló la estrategia de alejarse del hombre aceptado. Había una urgencia en su reclamo, una ausencia de provecho y a la vez un ansia de darse, que la desarmaban. Se veían a ratos, tardes de semana o algún domingo inútil. Teodoro fue el que propuso lo de la casa. En un perdido reparto de pequeñas construcciones emergentes, encontró una casucha con el espacio mínimo para los afanes de una pareja. Todo muy precario, en ladrillo vivo. La operación era un prodigio de ardides legales. Nikolai pagó la cifra, para él irrisoria, pues ganaba un alto sueldo en moneda dura, a condición de no saber nada de las triquiñuelas burocráticas. Un general isleño propició los materiales y una brigada de jóvenes soldados para la renovación, como un gesto con Nikolai. Aprenden estos rusos, dijo. Cándida se sentía una princesa de cuentos. Tenía un sitio para ella, al que le podría dar forma, insuflarle su aliento, trasformarlo en su hogar. No te puedo dar mucho más, Candusha, que unos momentos en esta covacha, le dijo al visitarla el día inaugural. Si esto es un sueño, le replicaba ella, los ojos abiertos como un abrazo agradecido. La sentó en sus piernas para acariciarla, palparla, sentir que era real y cercana. Mi familia, mi país, mi vida, no andan bien, Candusha, eres lo único bueno. Al menos tendremos paz, ¿no? Y ella, Claro y ¿quién te dijo que yo quiero más?, y para probarlo lo cabalgó alegre y agradecida.

El Cosaco venía un par de tardes a la semana, al declinar el día. Llegaba con discreción militar y se apuraba adentro. Hacía cerrar las ventanas y la saludaba sin besarla, solo pasándole la mano por los cabellos, Hola, muchacha, ya estoy aquí. La miraba un rato, como a una reliquia, y se echaba en un sillón enorme que Cándida había mandado a construir para él. Hablaba lo imprescindible, con gestos ceremoniosos, y cubría un itinerario casi ritualístico. Todos le guardaban un riguroso respeto. Venía de una familia de cosacos de Krasnodar, La ciudad de la reina Catalina, siempre explicaba. Sus antepasados lucharon contra la Revolución; después fueron absorbidos por las forzosas concentraciones hacia granjas del estado. Ya se habían adaptado a las faenas del campo cuando fueron convocados para hacer frente a la invasión germana. Nikolai entró en la caballería pero luego se inclinó por los blindados, siguiendo a su admirado Zhúkov. Cándida veía en esto un exótico abolengo que le inspiraba admiración y respeto; como si de momento fuera el personaje de una película real. Lo respetaba tanto que no permitía que nadie se sentara en el Butacón de Nikolai. Tras el saludo, el militar se desabrochaba la chamarra, se sacaba la gorra, se descalzaba y metía los fatigados pies en unas pantuflas que siempre le tenía listas. Un día quiso masajearle los pies. Se negó furiosamente, Tú no eres una niania. Le preparaba un té cargado, sin azúcar ni otro añadido, el de ella con abundante azúcar y gotas de limón, y bebían sentados uno frente al otro, mirándose de cuando en cuando y regalándose una que otra sonrisa delicada. Intercambiaban frases de acercamiento, ¿Estás bien? ¿Y tú? ¿Cómo te fue el día? Bah, normal, calificativo perenne de los rusos. Tácitamente no hablaban de sus respectivas familias. Una vez ella había intentado saber de sus hijos. Él hizo un gesto de fastidio y, pidiendo Por favor, apartó el asunto para siempre. Su familia es un desastre, le explicó Teodoro, un verdadero dolor de cabeza y no quiere acordarse de eso. La mujer contrabandeaba con artículos chinos que compraba en la Isla y revendía su hija en Moscú, mientras que el hijo vivía del chantaje a los padres, pues lo habían expulsado del ejército por bebedor. De modo que charlaban sobre el día de trabajo y las salidas juntos y, cuando ya había bebido, a insistencia de ella, se animaba un poco y relataba recuerdos de su niñez y de la guerra. Parecía que no había otro asunto que lo moviera tanto como las entrañas del campo, las alturas y el río del Kubán. A Cándida le resultaba placentero, pues le parecía escapar de su ambiente chato y hostil y entrar en un territorio de leyendas. Siempre después del té, le traía la infaltable botella de vodka y su vaso.

A medida que frecuentaba la casita, como la llamaba Cándida, el Cosaco no quería sentirse un extraño. No te detengas por mí, le pedía para que ella no se sintiera forzada a abandonar su vida normal. Así, ella no detenía sus quehaceres. Él sentía un inexplicable regocijo al verla cumplir sus tareas comunes. Como si esto le compusiera un hogar donde todo estaba en su lugar y la vida fluía imperturbable. Creía presenciar furtivamente el misterio de su intimidad. Aquel cuerpo pletórico de sensualidad, la piel joven, los gestos fluidos, la voz cantarina. Una mezcla de deseo, ternura y desconsuelo a la vez, lo embargaba. Al principio a ella le molestaba un poco aquella tensión pertinaz que acometía su piel. Sentía su mirada cercándola constantemente, le daba la sensación de que la acechaban, se ponía torpe, rompía objetos o ejecutaba mal lo que hacía. Pero se fue acostumbrando. Él bebía y, cuando ella pasaba cerca, extendía la mano y la acariciaba delicadamente. Cuando el alcohol inflamaba al rojo su cabeza de toro, empezaba a cantar sus canciones, muy quedo. Era como el reclamo del macho en celo. Aquel misterioso ronroneo ejercía una atracción sanguínea sobre Cándida. Cuando entonaba sus cantos, el corazón de ella se exaltaba, sus manos comenzaban a temblar y su cabeza se extraviaba. Ya no podía hacer otra cosa que ir a su lado y acompañarlo. Cantaban mientras él bebía. Nunca le pedía que bebiera y ella prefería no hacerlo. Al rato tiraba de Cándida a que se sentara en sus piernas. Echada allí, lo acariciaba y cantaba. Cuando sentía su hombría erguida, se levantaba la falda y se acomodaba a horcajadas. Lo cabalgaba briosa. Nikolai se dejaba, los ojos cerrados, sintiendo la acometida hasta que desfogaba. Mi Cubana, la llamaba. Había un gesto insondable en su entrega. Se aferraba a ella como si fuera la última rama antes de caer en el inmenso precipicio. Entornaba los ojos, para luego abrirlos desmesuradamente, mugiendo como un toro herido, Candusha, mi Candusha. Nunca había sentido esa mezcla de carne suave y fuego de sangre, ese tremendo batir de una hembra cabal. Sus años se removían y renovaban en un toro sediento. A su vez, ella se extasiaba ante su entrega bestial, mezcla de hambre y desaliento, ante el ejercicio de un designio que parecía no imponerse pero que la convocaba magnéticamente. Al terminar, ella se iba al baño y él quedaba un rato callado, meditabundo. Terminaba la botella y, dándole un beso en la frente, se marchaba.

La cabalgata sucedía, pues no parecía hacerse con premeditación, con regularidad dos o tres veces a la semana. Nikolai siempre indagaba Te cuidas, Candusha, lo que se traducía en si usaba algún medio anticonceptivo. Tranquilo, Nikolai, le respondía mostrándole el invulnerable diafragma. El Cosaco nunca utilizaría algo como un condón. Solo pasaban cuando ella veía la regla. Entonces se sentaba al lado del Cosaco a cantarle y acompañarlo mientras él bajaba la botella de vodka de su alivio. Jamás la tocó o le hizo caricia alguna, parecía desconocer las sutilezas del juego erótico. Cándida, a pesar de la sensualidad que ponía en su acercamiento, no lograba el orgasmo. Es que no lo hago con deseo, le confesaba a Victoria, su mejor amiga, sino con lástima. Para ella era una especie de obligación solidaria, un mínimo gesto de consuelo hacia alguien sufrido y generoso. En su alma latía un sentimiento indefinido, algo entre la compasión y la admiración por aquel ser noble, pero no lograba entusiasmar totalmente sus entrañas. Cumplía voluntariosa un acto que él no le solicitaba, pero que debía acometer pues tanta bondad no podía quedar sin premio. Su corazón pródigo ayudaba a su cuerpo a acceder en el empeño sin complicaciones. Pero percibía que, al marcharse el Cosaco, no lograba pensar en él en términos de amante. Quedaba irritable, como urgida de hacer algo que no sabía qué era. Se sentía culpable y traidora. Sin embargo sabía que lo quería. Era el cumplimiento de todo lo que soñó antes. Los días trajeron el consuelo de la costumbre. Se habituó a la presencia ausente de Nikolai, así que iba y venía por la casa como si estuviera sola. Una tarde en que había olvidado la toalla, salió desnuda, resplandeciente como un abedul tras la lluvia. Él quedó arrasado. Le pidió Hazlo siempre, mi Cubana, por favor. Pocas veces requería algo, y aquello era una minucia que la costumbre facilitaba. Desde esa tarde, tras cumplir su rutina doméstica, entraba al baño y salía a piel limpia. Al principio lo hizo solo por él, pero hubo un momento en que empezó a sentir una comezón, cierta curiosidad en descubrir lo que podía incitarlo. Esto la tentó a probar cada vez actos inéditos ante él. Un día salía con el pelo recién lavado y se ponía de espalda o de perfil a secarlo y peinarlo, sacudiendo la cabeza, acomodando el cuerpo en poses incitantes. Otro día, se sentaba en la cama a arreglarse las uñas de los pies, abandonando a la luz del otro los gestos de la coquetería femenina. O dejaba la puerta del baño abierta, de modo que el ceremonial fuera presenciado por él, llegó incluso a orinar ruidosamente ex profeso, y ostentosamente tomaba las servilletas de papel y se secaba. O se enredaba en una toalla, cogía una revista y se echaba en el sofá a leer, subiendo las piernas en alto, dejando que una tenue grieta alumbrara sus contornos más íntimos. El Cosaco ascendía al Cáucaso de su gloria. Las cabalgatas ganaban en ímpetus y temblores inusuales. Entre una visita y otra ideaba nuevas sorpresas para él, diseñaba sus propios caprichos. Notó que, buscando el fuego del otro, por carambola, se iba excitando a sí misma, que la piel se le hacía muy viva, que todas sus partes se dilataban. ¿Me estaré volviendo una maniática?, se asustaba, pero desechaba la idea, Soy feliz, al diablo con lo demás. Una tarde, tras una imaginativa y ansiosa espera, fue adonde el Cosaco bebía y, sin dejarlo decir palabra, lo echó en la cama y lo montó frenética. Lo hizo pensando en ella, no en él. Lo cabalgó gandida y gustosa, ante los ojos como platos del Cosaco. Súbitamente, lo acometió a arañazos y lo zarandeó con violentas sacudidas, arrullándolo con griticos acallados. El Cosaco era un toro anestesiado. Sintió un desgarrón, un trozo de sí misma que se despeñaba hacia el vacío, que la vapuleó. Una avalancha de gozo la recorrió.

Con los días, depuró el placer que se infligía, tomando a Nikolai como una rampa de lanzamiento hacia el éxtasis. Se sentía viva, deseosa, un poco egoísta. Fue así que un día olvidó el benévolo diafragma. Quería disfrutar, sacudirse años de tristeza, así que soñaba los encuentros con alevosía. Despojó a Nikolai de su solemnidad militar, lo llevó a la cama, le sacó la ropa, le hizo incurrir en actos para él impensados. Se tornaba lasciva en su entrega. Lo incitó a chuparle los senos, morderle la espalda y las nalgas, beber en su sexo la destilación de su delirio. El Cosaco parecía un esquimal que un día descubre las playas del trópico. Hacía como un niño disciplinado pues, en tantos años de su vida, solo ahora se acercaba a esa luminosidad generosa que es la felicidad. Y ella se sentía plena, una mujer a toda sangre, desde el primer cabello hasta la última célula.

El tiempo fluía como una sonata para piano, así que no se percató de que su ciclo lunar perdió el ritmo. Al darse cuenta, se asustó, recordando la catástrofe. Bajo los apremios de Victoria se dejó llevar a la aterradora consulta. Sí, tenía unas ocho semanas de gestación, le dijo la ginecóloga. Volvió la preocupación y el desasosiego. Como una estación de seca, le trajo angustias y complicadas sesiones de autoanálisis. ¿Tener un hijo? Sí, sería hermoso. En definitiva, lo deseaba con el ánimo y la sangre, pero ¿cómo enfrentar el escabroso dilema con Nikolai? Una idea la endurecía: este hijo era el que perdió con Doni, el pelotero que pudo darle a Ruperto o el músico que le hubiera nacido de George. En algún momento Nikolai se marcharía y se vería de nuevo ante el inmenso barranco de la soledad, de la sola-edad a la que se acercaba. Ya no tenía veinte años y una carpeta de sueños, como cuando Doni, ni veintiséis y una esperanza, como tuvo con Ruperto, ni treinta y ánimos de renacer, como fue con George. Quizás fuera este el último tren a su anhelo. Quería sentir por el resto de sus días que alguien la amaba con la limpieza y la constancia del amor sin titubeos ni desasosiegos. Pasaban los días y las cabalgatas seguían visiblemente normal es, porque ella no daba el menor índice de turbación. Ventajas de la mujer, chica, decía Victoria, No le digas nada y cuando sea, ya fue. Sin embargo, no quería que su vida con Nikolai se enturbiara por el engaño. ¡Pero si tú sabes que lo de ustedes no es eterno!, la asaltaba Victoria con su sentido práctico. No, pero el tiempo que vaya a durar que sea limpio.

De pronto era el día en que no podía acometer la festiva cabalgata. Mucho menos fingirla. Decidió que esa tarde hablaría con Nikolai. Él llegó como siempre, subrepticio, más por hábito que por necesidad, porque ya todo el barrio se había hecho a sus visitas y conocía de aquella relación. Se descalzó como habitualmente y ella apareció con las pantuflas, el vodka y, esta vez, dos vasos. Sírveme a mí un poco, le pidió. El hombre la miró con recelo; presentía en aquella variación que algo no iba bien. ¿Vas a beber, Candusha? Afirmó con la cabeza, Es un brindis. Él ladeó el rostro confundido, Un brindis y ¿por qué brindamos? Levanta tu vaso, lo animó, pues por ti..., pronunció; una leve sonrisa se esbozó en el rostro del hombre; Por mí, prosiguió, él creyó adivinar uno de sus caprichos románticos, así que chocó su vaso mientras ella se extendía, Por nosotros, Nikolai acercó el vaso a sus labios suspicaces, Por nuestro hijo y Cándida bebió todo el licor de un golpe. El vaso del Cosaco quedó detenido. La miró fijamente y puso el vaso sobre la mesita. ¿Qué dices, Candusha? Le explicó de la mejor manera, o sea de golpe. Un ligero temblor afloró en los labios y párpados del hombre, Habíamos acordado... No acordamos, tú me pediste que tratara y traté, aclaró ella. Contra su costumbre, se había puesto de pie y, con los brazos trenzados a la espalda, caminaba de una esquina a otra, como si decidiera la estrategia de una batalla decisiva. Ella también se puso de pie, lo seguía y explicaba, minuciosa y sólida, sus razones. Nikolai se sentó, pidió su botella y bebió. Ella se acomodó en un balance y comenzó a mecerse, como el que espera que se venza un plazo determinado. Cuando la botella se agotaba, ella se acercó y se echó en sus piernas. Él le acarició el pelo, con ruda delicadeza, como el primer día. Ves, Canducha, que todo llega. Sonrió mimosa, abrazada al torso del imbatible toro. Por su posición, no pudo observar una lágrima espesa que pujaba por salir, como una criatura que hace por su vida. Él giró la cabeza y con mano torpe arrancó de allí el estigma de su debilidad momentánea. Continuó acariciando el rostro de su Cubana, observando su amable cuerpo gozoso, como fijándolo en su sangre. La acariciaba con una fatiga inmensa, como si todos los años hubieran caído de golpe sobre él. Todo llega, sí. Tomó el último vaso, se abrochó la chamarra, le dio un beso en la frente y salió. Al verlo se pensaba en un general honorable que ha firmado su rendición incondicional.

 


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