La profe Lutgardita: un universo paralelo desde su tocadiscos

Por Sandra M. Busto


(Para quien ha sido siempre más que mi guía, mi brújula y mi inspiración: mi gran maestra: Lutgarda Marín Guillén, profesora de Asignaturas Teóricas, especialista en Apreciación e Historia de la Música).

Sandra: Uno de mis lectores, recién graduado de guitarra de concierto en Canadá, me sugirió que hablara un poco más sobre el sistema de enseñanza especializada de la música en Cuba.

Quise hacerlo desde mis propias vivencias, por lo que escogí para ello a mi profesora de apreciación musical, con quien descubrí muchos de los secretos de la música, la pasión, la entrega y con quien aprendí como sonaban las mejores orquestas sinfónicas del mundo desde una pequeñita Isla, por aquel viejo tocadiscos soviético y todos sus discos de vinilo.

La vida me regaló la suerte de asistir desde muy pequeña a sus clases, aun cuando ni soñaba con estudiar yo la música y en los recesos escolares me escabullía en un rinconcito de su aula para escucharla develar la alquimia de cómo se convierten pequeñas figuritas negras pintadas en un papel en extraordinarias obras de arte.

Después fui una de sus discípulas y descubrí el rigor del doble rol de madre y profesora, que me hizo esforzarme aún más para tratar de no defraudarla. Espero no haberlo hecho.

No obstante, cuando años más tarde y ya graduada, estudiaba sobre la Educación por el Arte en mi Maestría, nada en aquellos nuevos conceptos me eran ajenos. Cuando hablaban de clases de música dónde predominaran la creatividad, incentivar a la autonomía, llevar las vivencias a la vida cotidiana, experimentar con el cuerpo aquellas sensaciones que luego llevamos al instrumento, sentir la música como parte de la vida, lograr el disfrute del aprendizaje, hacer parecer fácil lo que es bien difícil y todo esto llevarlo a la altura del intelecto de un niño. Cada concepto me llevaba a ella, ya lo había vivido dentro de sus clases.

Es por eso que en este mes me doy el permiso para homenajear a una maestra que dejó huellas en muchos de sus alumnos, que utilizó métodos pedagógicos de vanguardia, aun cuando esos conceptos no estaban oficializados como tal dentro del sistema de enseñanza especializado de la música en Cuba. Sin embargo, ya había una tradición en Nuestro País con importantes pedagogos como lo fuera el Maestro Joaquín Nin y Cesar Pérez Sentenat. Otro grupo de maestros continuaron poniéndolos en práctica y anteponiéndose a los escolásticos, dogmáticos y rígidos métodos de enseñanza de la música.

Años más tarde muchos de los que cursamos diplomados y maestrías en la Universidad de las Artes reconoceríamos el valor de la Nueva Escuela y de la Educación por el Arte, que por mis propias vivencias ya sabía del dulzor de su aroma.

Entonces indagué en su testimonio, para definir quienes habían influido en su manera de enseñar y fundaron las bases para todo lo que ella luego desarrollaría dentro de su aula.

Quisiera hablar sobre algunas de tus experiencias como alumna de José María Bidot y su forma de enseñar. ¿Qué era diferente? y ¿cómo ayudó a tu trabajo con los niños?

Lutgarda: Bidot siempre decía que al alumno había que dejarlo que creara, dejar que salieran de él las cosas; que el profesor debía sugerir pero no dirigir lo que el alumno quería expresar, sino que el profesor le diera la posibilidad al alumno de expresarse libremente. Claro, sin desviarse del objetivo, pero que él pudiera crear dentro de una clase. Entonces, por ejemplo, él nos mandaba a ver las clases de María Matilde Alea, en el Caturla, porque ella trabajaba con niños pequeños. Él trabajaba con adolescentes. María Matilde enseñaba a través de juegos, sus clases eran muy parecidas a las que se daban antiguamente de kindergarten y que se impartía a los niños antes de empezar en la escuela con una profesora que tocaba el piano.

María Matilde Alea hacía algo parecido, pero con un objetivo musical totalmente definido. Los niños iban aprendiendo la intensidad del sonido, la melodía, el ritmo, todo con movimientos corporales. Ella tocaba al piano una melodía, muchas veces creada por ella misma que se ajustaban a los movimientos que ella quería que los niños hicieran. Esos libros están, existen todavía, tengo algunos. Entonces ella creaba, por ejemplo, cosas más melódicas, o más rítmicas y el niño iba aprendiendo. Eran clases sumamente amenas. Había un grupo en la tarde que era al que podía asistir para ver su trabajo.  Ahí me formé con una visión diferente.

En las clases de Bidot, el alumno participaba activamente, porque unos a otros exponíamos. Él nos daba la posibilidad de estudiarnos una obra, por ejemplo, y entonces llevarla al aula y exponer todo lo que se había investigado. Era la clase que le tocaba al grupo ese día. Algo parecido hacía Aida Teseiro, que nos ponía en un momento determinado y un alumno se sentaba al piano y era el que tocaba las melodías, intervalos y acordes, mientras los otros estaban en sus asientos recibiendo su clase. Y en Solfeo recuerdo también determinadas lecciones. Entonces éramos nosotros, los mismos alumnos, los que dirigíamos la lección ese día y ella estaba tutelando: «Repitan, esta salió bien, vamos otra vez». El alumno, al que le tocara, era el que hacía el papel de profesor.

S: Después, en tu experiencia como docente en la asignatura de Apreciación Musical, ¿cómo te ayudó? ¿Cómo influyeron todas estas experiencias en ti cómo profesora?

L: Bueno, es maravilloso, porque después de que tú aprendes a crear en una clase como esta, como alumno, cuando eres profesor creas aun sin darte cuenta. Porque es lo que viviste, lo que sentiste. Bidot nos decía mucho: «El alumno tiene que poner de sí mismo. El profesor no puede decirle que esto es así porque sí, llegar a la clase y ponerlo todo, sino que tú das el enunciado de la clase y después va saliendo de la misma explicación, en los ejemplos que vas poniendo, va saliendo la clase». El alumno se va dando cuenta de lo que se va tratando, cómo es ese compositor, sus características, las de la obra, pero tiene que poder escucharlo y apreciarlo primero, no dictar las características y hacerlos repetirlas de memoria. El profesor debe brindarles y facilitarles las herramientas para que puedan, por sí solos, reconocer las diferencias. Eso después que tú lo estudias así, lo aplicas de una manera que tú mismo no te das cuenta, porque es la más natural. Lo apliqué casi sin darme cuenta, porque fue la manera que yo encontré más bonita, más asequible, más cómoda para que el alumno aprendiera.

S: ¿Y cuántos años como profesora de música?

L: Veintisiete años.

S: ¿Más o menos en qué etapa fuiste alumna de Bidot, y tuviste todas estas experiencias?

L: En el año 1972 comenzó una etapa diferente, porque la Apreciación Musical no era una asignatura que todavía estaba fuerte y empezaron una nueva forma de adiestramiento de manera experimental. Viajaba una vez al mes a La Habana, donde daba las clases con él y con Aida. Duró hasta el año 1976, en que se dio por terminado ese proceso. Después comenzó otra etapa en 1980 con nuevas asignaturas y cursos en lo que era el CENCEA, centro destinado a capacitar a los profesores que no estaban graduados en determinados conservatorios.

Cuando yo empecé a dar clases de Apreciación con Bidot, era muy joven. Estas clases que se daban después eran más rígidas. Teníamos profesores excelentes como Mercedes Machín y Roberto Chorens, por citar algunos ejemplos de maestros que también usaban la creatividad dentro de sus métodos de enseñanza. Sus clases nos abrieron a otras dimensiones con expectativas que luego llevamos a las aulas.

S: ¿Puede el profesor, dentro de la clase, trabajar a favor del desarrollo humano del alumno artista, aunque esto vaya más allá de lo establecido en el currículo de la asignatura?

L:Yo entiendo que sí. Porque el alumno es un material sumamente moldeable y todo está en el potencial del profesor, en la idea que tenga de lo que quiere lograr de ese alumno o de su clase. Él tiene un programa delante, pero puede recrearlo, no es una cosa rígida. El maestro va a crear encima de este programa. Por lo tanto, puede llevar a ese alumno todo lo que quiera, porque tiene a un ser humano que viene a su aula para aprender con él y ser un futuro artista mucho mejor.

S: ¿Ves entonces la clase como un acto de creación?

L: Por supuesto, un profesor tiene que crear constantemente. Tú puedes en tu mente preparar una clase maravillosa la noche anterior, pero si cuando llegas al aula, esa clase que te imaginaste que iba a ser maravillosa no llega al alumno, tienes que cambiarla, porque no le vas a decir: «Llevamos cinco minutos en el aula, pero no me funcionó, se pueden ir». Tú debes cumplir un programa, pero mediante el conocimiento que tienes de la asignatura y de lo que tú quieres, adecuas entonces ese programa. Por lo tanto, aunque no seas rígida con el papel que tienes delante, debes cambiar, y posiblemente esa clase que creaste en el momento sea mucho mejor que la que estuviste, no sé cuánto tiempo, preparando la noche anterior. El profesor tiene que ser creador, porque se presentan preguntas, dudas que tienes que responder. No le puedes decir a un alumno: «Vamos a esperar a mañana, que les voy a explicar eso». A no ser que no esté a tu alcance en ese momento; en el caso de la Apreciación, puede ser algo que no tengas el ejemplo musical para demostrarlo. De todas formas tienes que explicarlo y dejar la puerta abierta para la próxima clase. Pero no puedes dejar ir al alumno sin una aclaración. El profesor está ahí para enseñar y para sacar al estudiante de las dudas que tenga.

S: Como tu alumna, tuve la oportunidad de ver cómo utilizabas en tus clases elementos de la vida real. Las panetelas de tres colores de la merienda, y ciertas cosas muy cotidianas para tus alumnos, servían para explicar elementos que podían ser bastante difíciles de aprender dentro de la música, como el ritmo, la armonía y la melodía. De una forma aparentemente sencilla, nos acercábamos de manera vivencial a esos nuevos conocimientos y lográbamos entender. Eso: ¿cómo llega a ti, cómo lo haces?

L: No, no, eso no se piensa, simplemente nace del deseo de llegar al alumno. Si te lo propones quizás no te salga. Es lo que se te ocurra en el momento, la manera que tú tengas para llegar al alumno que no entiende determinada cosa que es muy difícil y así ellos puedan entenderlo mejor.

S: ¿Qué importancia le das al diálogo profesor-alumno dentro de las clases de Arte, de las clases de música?

L: Tiene que haber una comprensión, una comunicación del profesor con el alumno. Eso se logra muy fácilmente, si le das al alumno un poco de confianza, si en la clase relajas un poco la tensión alumno-profesor; con respeto claro, puedes entonces lograr relajadamente todos los objetivos del proceso de enseñanza aprendizaje. Por supuesto, manteniéndolos motivados, trabajando, siempre dentro de la clase. Esta no debe decaer. Además, la música es un potencial divino.

S: Me acuerdo que cuando empecé a dar clases de Apreciación Musical, me decías que no dejara de estudiar. ¿Por qué consideras que un profesor de música, de arte, nunca debe dejar de estudiar?

L: Es como el médico: la música está constantemente cambiando. Constantemente están apareciendo cosas, ritmos nuevos, elementos diferentes, y el profesor tiene que estar al tanto de eso. Un alumno, por ejemplo, te habla del rock y tú tienes que saber del rock, porque tú tienes que seguir, entonces, la idea de ese alumno. Si la idea que él posee en cuanto a determinado género no es la mejor, o simplemente tiene cierto desconocimiento y quiere que tú le expliques algo, tienes que saber. Si en ese momento no estás completamente empapada del género que el alumno quiere conocer, dejas entonces: «En la próxima clase te voy a explicar un poquito más». Pero es lógico que el profesor deba estar al tanto de qué es lo que está pasando en el mundo cultural. Por lo menos tratar y ahora más, que hay varios medios para lograr esto, pues es casi imposible que un profesor se limite solamente a dar su clase, por lo menos en el arte no debe ser nunca así. Es mi manera de pensar.

S: La profesora Lutgardita estuvo ininterrumpidamente enseñando hasta el año 1998, que producto a un giro dramático del destino tuvo que asumir aun joven su jubilación. Actualmente y por su prestigio y valiosos conocimientos es la persona que invité como coautora en mi primer libro sobre la música de Cienfuegos. A una década de haber dejado el aula, se mantiene estudiando y al tanto de todas las tendencias de la música actual. Muchos de sus discípulos engalanan la escena musical cubana y del mundo. Con mucha satisfacción he podido constatar las muestras de cariño que recibe de quienes un día fueron sus alumnos y hoy son sus amigos. También la alegría que siente con cada uno de los triunfos de sus “niños”, hoy convertidos en grandes profesionales en varios continentes.

Es un sencillo homenaje a quien le debo más que mi vida, mi pasión por todo lo que hago.