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Poema para corno y mujer en rojos

El monstruo no es el poema
es quien te habla embozado
y pide tu llegada
a este astillero calcinado
de oráculos salobres,
náyade de alguna Venecia,
epigrama mujer sobre la córnea del tiempo,
réquiem de cornos para un último viaje
ungiendo la médula del poema,
aurúspice de sonidos rojos,
lamia ensombrecida dentro de la nota de algún dios.

La fragua negra del Héspero
lleva consigo el gorjeo de los peregrinos,
el altar de Citerea ha sido profanado
por cinerarios civilizadores,
los monstruos metálicos
han violentado la tranquilidad
de ojos garzos del cansado Júpiter,
en las arenas de Naxos
reside la corte de un poeta
mientras el piloto Palinuro
le reclama a la oscura tormenta
sus días y sus noches.
Prometeo mal encadenado
organiza la sublevación de los signos
preso del cielo oscuro de sus deseos,
cada día una muerte pequeña,
la tristeza de mi último hombre
entregada a la polvareda de unos ojos
que aparecen basiliscos
con los primeros toques de diana.

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Blues amoroso

Déjame vivir allí,
en la ladera de la muerte
donde duermen tus ojos,
vórtices del desastre
sobre la lápida ámbar de la tarde,
monjes oscuros
que incendian mis naves,
grietas de un extraño cielo
por donde se escapa una herida:
esta muerte solar
que me ofreces como respuesta.
La noche se confiesa
con su tela de llovizna
sobre los últimos caminantes,

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Bogando por el cielo en mi barcaza  

Tengo aroma de jazmín
para desorientar a mis enemigos
y con él, desde mi fuerte,
defendiendo las costas ocupadas por la tarde
me rebelo.

Marino del Universo
utilizo la vía de lagos para bogar el Cielo
subido en barcaza
y veo el mundo desde arriba
como los satélites
y de cara al mar o a la montaña
levanto muralla
para convencerme que existo.

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Desde la tierra de la salamandra

(Fragmentos)
VII

Desde el fuego hablo
sin ser ceniza enamorada.
Es una libertad encarcelada la última vanidad
que le queda a mi  poema,
alumbrando tu oscura presencia
sin poder mirar atrás,
un vano rosario de palabras,
un delito con tu cuerpo
que me prestas
para darle el peso justo
a mis sordos ojos,
agrietados tras tu sombra.
Desde la tierra de la salamandra
siembro un último asombro,
eclipse de memorias
leídas por tu culpa,
mariposa en violeta
asesinas mi cordura
y entonces te amo.


Rodolfo García

La palabra y sus huellas digitales

Carlos Garrido Chalén (Tumbes, Perú, 1951), pertenece a la estirpe de los poetas imprescindibles; solamente basta leer su poesía, escuchar sus palabras abridoras de “surcos de luz”, con todas las alertas del corazón activadas, para sentirnos cómplices de su voz raigal, de selva y caudal de río indómito. Carlos es un poeta  humanamente efusivo; en sus poemas las palabras son como torrentes vírgenes, que buscan ser fecundadas por el ansia de liberación, por una permanente necesidad de dar lo inédito de sí mismo, que es la mejor forma de pelear contra la muerte y sus turbios secuaces cuando solo se espera a cambio limpiar de malas hierbas el camino hacia la realización plena del hombre.
En sus versos, la red semántica está entretejida por imágenes de una cercanía familiar que invitan a una relectura de fondo; pues, entrañables pecho adentro y firmes como el roble, pareciera que nunca van a ser suficientes para dejar constancia de toda la memoria afectiva, ancestral, de naturaleza y espíritu, de armonías insospechadas y golpes de corazón desnudo, con que el poeta celebra ensimismado el júbilo del misterio junto al milagro de la vida -con todos sus agradecimientos y querellas-, para dejarnos siempre del lado de la luz, la palabra y sus huellas digitales (“Con sus huellas digitales, la palabra”, poema inédito).

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Llévame como talismán junto a tu pecho

Me hubiera gustado
fundar una ciudad o conquistar un Continente,
independizar algún pueblo esclavizado
o proclamar la rendición simultánea
de dos tribus que guerrean
(de repente me fumaba yo solo la pipa de la paz)
pero nada de eso he podio hacer
(ni me han dejado).

En realidad nací
cuando  todas las ciudades estaban fundadas
y los Continentes conquistados.
Mas tú, eres mi ciudad, mi Continente,
mi pueblo, mi tribu y mi mañana
(para qué más)
y teniendo tu territorio
tengo la luz
y todas las ciudades y los Continentes
me pertenecen,

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