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Invierta un hijo  (fragmento)

Soy gemelo a mí mismo en otra muerte
un salto al infinito vacío de sus ojos
un pájaro lleno de silencios
Sólo la noche
hembra madre del destierro
nos devuelve al seno del cansancio
Estoy desfigurado de mi ser
Hoy el cuervo acelera los retornos
Yo
espejo en los ojos de aquellas madres
que recibían a sus muertos
vi bajar en guirnaldas
de los trenes cuerpos enhebrados
Ya no asustaba a las vecinas
que en los ataúdes sembraran crisantemos
Era setiembre en casa de mi padre
Y las mujeres cargaron sus semillas
Recuerden
he enterrado
esa desesperación incesante de volver sin mí
Estoy en cópula con las llaves del infierno
Mirame
Yo sabía del aroma de azahar en los naranjos 
Pero estoy muerto
y he visto el rostro de Dios llorando sangre
Dame Señor un poco de tus náuseas
un poco de tu llanto o tu vergüenza
El tiempo cauteriza el hedor de la carne
pero hay una bestia en mí
insaciable de coágulos y exilios
Ante un sol verdugo afiebrado de sentencias
la guerra zurce prolija nuestras llagas
No sé si pueda recordar


Marcela Predieri

Hay que ensuciarse los ojos

Hay que ensuciarse los ojos
y ver sus cuellos que se arquean
a abrasar la muerte
Hay que mirarlos
como árboles amarrados a sus huérfanos
entre el polvo y las barajas
A ellos
de hembra alguna
que tienen precio de orgía
y besan  en el agua
las huellas del deseo que saben mutilar
que sólo conocen la lengua de su espejo
que no pueden evitar
ser soga de mendiga colgada a sus monedas
pan en la boca de un tigre
nudillos al borde de no importa qué
plegaria manoseada
Hay que saber desnudarles el pellejo
sepultar sus rodillas
masticarlos como a hostias
desgastarlos como a un centavo ciego
y dejarlos inmóviles de tiempo
para ver lo que esconde la sepultura de sus cejas
y descubrir por fin
que lloran como cualquier mortal
y que como a cualquier mortal
la madre los traiciona
Y serán tan bellos cuando lloren
cuando los veamos morder
con oficio de Dios
ese miedo de pájaro a subirse a los ojos de los gatos
mientras yo los araño


Marcela Predieri

Era un hombre sin tiempo

Era un hombre sin tiempo
y levantó su mano a las estrellas;
las nombró una por una,
les dio su voz,
palabra por palabra
y marcó un trazo azul
sobre la tierra.
Era un hombre sin tiempo y casi un niño.
La cara al viento se le llenó de luces,
de intenciones,
de posibilidades infinitas.
Fue un hombre en la mañana.
Y apretando una rosa contra el pecho inocente
fue en busca de la vida
con la mochila llena de futuros,
la mano decidida
y su esperanza.

Tomado de: Poemas para leer una tarde de octubre

José Manuel Solá

Me decido a hablar

Me decido a hablar
No pude ser jamás espejo de otra cara
Había en la mesa cuatro panes entonces
era todo reír guijarros y turrones
mientras mi madre lloraba la muerte de los trenes
Bebíamos del frío y de la lluvia
y no era poco mirarnos
o aprender de las caricias del trigo
sobre las frentes afiebradas
Las procesiones del Corpus
vestían sus pabilos de júbilo
y el altar nos llamaba al regocijo de ser fieles
No estabas
-no voy a hablar de pormenores-
La sombra hechizaba la maleza
y daba lo mismo ser piedad o furia
Pero aquella sombra de los cálices
no seríamos jamás
después

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Canto de las palabras…

Canto de las palabras,
las que me habitan,
las que van decididas del corazón a la garganta,
las que se saludan en las calles, en los trenes,
las que llevan al hombro los trabajadores,
las que saltan en las mochilas de los estudiantes,
las que revolotean sobre el arado, las palabras semilla;
canto de las palabras que sean como de Dios,
las que gestan al hombre del mañana
en el vientre de luz de las alondras,
las palabras de amor inevitables;
las que recuestan su soledad
en las ventanas de los hospitales,
las que desandan los días de lluvia en los cementerios;
las que bailan con los labios pintados en los burdeles
y sueñan un mañana de sábanas limpias, tibias
y noches de unicornios;

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Palabras que cuelgan de los ojos (*)

Decir maestro es también decir pasión por la entrega, dar lo mejor de sí; por ello, es de suponer que todo aquel que acompañe esta noble profesión con la de escritor, asume una realeza de lo humano poco común, un temblor de sueños que toca fondo como acto de fe en cada obra que emprende. Y, justamente, en José Manuel Solá ( Caguas, Puerto Rico, 1944), se da esta feliz coincidencia: escritor de limpia sensibilidad poética, también ejerció como Maestro de Escuela Secundaria hasta el año 2005 en que se jubila. Autor del libro de cuentos Ya vienen a buscarme (Editorial Bairoa, 2001) y de la novela Milagro bajo la estrella del Oriente (Editorial Cordillera, 2001); ahora, audazmente, reúne bajo el sugerente título de Poemas para leer una tarde de octubre , tres de sus libros de poesía ya publicados anteriormente: Hay luz en esa casa que fue mía (Editorial Cemí, 1996), Los nombres en la piedra (Casa del Poeta Peruano, 2001) e Incandescentes pájaros del alba y otros poemas en libertad (Ediciones Bianchi, Uruguay, 2004). Y decimos “audazmente”, porque se necesita cierta manera de audacia para hacer una antología no ya de poemas, sino de libros que pudieran parecer a simple vista poco coincidentes para cobijarse bajo un mismo título.

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