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Detrás del espejo

Vivir detrás del espejo
Mientras el turbión somete su oráculo invertido.
Las espaldas se acercan
Suplicando pasado,
En callados testimonios de pasos migratorios.

Vivir detrás del espejo
Permite identificar nunca la boca que grita.
Los rostros retornan
Amuchando nucas,
Escondiendo el gesto de aquel que suplica.

La pared que sostiene el espejo
Oculta el área intocable que cubre su espacio.
Distinta a ese resto sucio y desgastado
Que lo abarca todo.

Los que habitan detrás del espejo
Nos miran siempre volviendo,
Lejos de ellos mismos.


Adolfo M. Vaccaro

Flamenco

A comienzo de septiembre, cuando el vino se hace fiesta, en seguiriyas, soleares, en bulerías de gesta, volviendo de San Miguel por Jerez de la Frontera, como si fuera Mairena con cante jondo y cejilla, en Plaza del Arenal haré mi compás de espera. Por las mesas de Santiago, viniendo de Terrecera, vi tu horizonte de mimbre crucificando mis venas. De Lilium y flor retama, cubriendo de ojos la vera, el latido resoplaba al ritmo de tus caderas. Intercambiando miradas, tu mano se eslabonaba al dueño dónde desploma el ansia de su alborada, aunque la blanca mantilla vistió el sinfín de silencio, sujetando en vivo fuego lo que se calla en lamento. Y canturreé a palo seco dándole arreglo a mis fueros, entonando la arrogancia en un buen campanillero.
De a dos seré nuestro duende, con un vibrar de zambomba, como potro cartujano, pellizco de las cavernas, tendré tu monte azabache en un vértice de piernas. Por Guadalete viscoso dejaré mi zambra y hueso, tornando tu eme labio en una o de mi beso, culminando lo que agita, como buen toque de palmas en el melisma flamenco, dejando escapar un ole junto al ardor de tu aliento.

Adolfo M. Vaccaro

Madre de los caracoles,

bebemos gemas azuladas de tu pecho
y la palabra mana desde ti.
En tus oídos duerme el mar de nuestros sueños.
Tojolabal de tres lenguas
para enroscar mi vientre,
por tus ojos de horizonte
escurren lágrimas de sed
surcando pómulos de arcilla.
Tojolabal,
resurges en lagunas de memoria
y la montaña
llora tu ausencia.


Judith Santopietro

El espantajo

El espantajo dilacera el eterno canto de los niños, consumiendo en silencio de reyerta, la razón del poder enardecido. Sobreviene la quietud de la contienda, enarbolando el pabellón incinerado dónde se grita en vítores de osarios el dimanar del próximo destino. El casco sobrepasa la penumbra del uranio vestido con su nube, y es oro ennegrecido prometiendo nuevas cepas de odio inventadas en delirio. Nadie puede establecer la desventura cuando la llaga es diáspora infinita en un redil galáctico espejado. No se encuentra conciencia en su imperfecto deambular incomprendido. La falacia envilece calculando, mientras la mira dictamina otro destierro. Más de seis mil millones de granos no alcanzan a detener un segundo de su tiempo digitado por la arena programada. La misma que otorga el desafío en un vendaval de párpados cegados. Los dioses escaparon al reducto dejando la voz de sus ingenios, atrapados por la fe de los mandatos, adoptados por el César del calvario que esgrime a su entender lo que desea. No hay dilema ni sofisma en el averno cuando el diseño se ajusta a sus dominios. Es la verdad escasa en fundamento, la que mata el fundamento de la vida y en visión de profetas se descuaja la última palabra inmanente que se exhala.


Adolfo M. Vaccaro

Regresa

Si te has llenado en cortada
Olvidando tu camino
Buscando cada promesa
En huella de lo perdido,
Si el recurso del insomnio
Te aleja de gratos sueños
Abrigando en egoísmo
La razón de tu existencia,
Si el aroma del estoy
Simula tu primavera
Albergada en la sinopsis
De una vida sin entrega,
Si vas de cruel desamparo
Cosechando tu temperie
Motivada en el anhelo
Que reniega la simiente,
Olvida alforja y calzado
Vomita en pié lo que tienes
Poniendo fin al hartazgo
Y a la causa que entretiene.
Será libre tu conciencia,
Alba de amor en un todo
Donde niega la palabra
Poseer de cualquier modo.

Adolfo M. Vaccaro

Siglo XXI

Vivo en ti
en tu agujero de ozono
en la curva eléctrica de tu muerte
vía satélite
con una lata de refresco en la mano
y a control remoto


Diana Bonilla

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