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Página de Inicio Argos Obra Literaria de Alba Luz Cano Zapata Amor desbordante

Amor desbordante

Por Alba Luz Cano Zapata

Entonces junto a ti olvidé
las reprimidas ansias
mi antiguo deseo diluí en tu piel,
desordenadas sábanas nos soportaron.
La llama encendida tu cuerpo atizaba
sinuosas miradas, gemidos al aire,
los cuerpos desnudos… ágiles las manos
y por mis llanuras tus besos pasaban.
Inquieta…anhelante llegué a las
cascadas, busqué fríos bosques,
navegué en tus aguas,
profanado todo besaste montañas.
Encontraste un monte para ti entregado,
ayer adormecida… hoy viva y sensible…
arrástrame entera al dulce pecado
ardientes caricias… muy tiernas las manos.
Del corazón latido para ti cantado,
quedarme quería junto a tu costado
sin temer sufrir algún desengaño...
silencios… suspiros… alados los besos.
La esperanza quieta, lascivas miradas,
resucitaste deseos, mi ayer enterraste,
receloso tú mi dolor mataste,
resucité a la vida en dulce pecado.
Mi amor infinito las alas me puso,
abrazada a tu cuerpo despertó la magia
y el gran amor apareció silente,
piel a piel contigo atravesé caminos… acorté distancias.
Mirábanme fijo tus ojos sensuales,
tu boca entreabierta pasión desbocada,
frenesí de nuestros cuerpos, sudor en la frente,
los brazos tendidos, alocada lujuria
me trajo el comienzo por mí no esperado.


A tiempo

Caminar mucho,
caminar hasta el cansancio
sin afán o con él,
sin aligerar los pasos
solo con la idea de llegar
en el momento justo,
así te deje esperando
una y muchas veces,
aunque haya llegado
algo tarde a tu vida
y recuerdes el lugar
repleto de ausencias,
solo te digo
que nunca gasto afanes
pero a ti llego siempre
en el momento indicado
a tiempo para amar.


Adiós final

Pese a amarla él se encerraba en su ostracismo malsano, causando en ella con su caparazón, dolorosa sensación de desamparo. La mujer no pudo soportar ni un segundo más e hizo lo impensable: se despidió para siempre, no sin antes pedir verle un breve instante por última vez y de nuevo fue humillada. Ahora él se da cuenta que ella ya no está que no volverá a estarlo y ella sigue buscando melancólica que él le regale la mirada del adiós. Ahora si es un adiós final... Nunca más ella tendrá que rogar y él ya no pondrá sentirse amado, solo tendrá presente el haberla matado...


No pudo ser


Dedicado al ser que me habita

Él, tan soñador, se enamoró de ella;
ella si lo amó, lo amó como a su gran amigo;
según le dijeron, él solía cerrar sus ojos para en ella pensar.
Cuando él, le desveló su sentimiento,
lo miró cómo quien mira a un fantasma,
su amigo lo supo entonces, se atragantó de desilusión,
de nuevo el dolor atacaba.
Ella nunca amaría al hombre,
cómo él amaba intensamente a la mujer.
Ensombreció, apretó los puños,
tensó los músculos de su rostro maduro aun no surcado por arrugas.
Sonrío sin ganas, guardó un silencio algo sepulcral,
sintió un enojo doloroso, feo,
tanteó , husmeó alguna posibilidad humana
–una salida, sus ojos se nublaron;
aun sin marchar extrañó su rostro,
su voz tan aguda, su locura,
su charla tan despistada,
sus crispimos ojos negros, su boca.
Creyó escuchar sus risas espontáneas reales, sonoras,
Desolado, fuerte, gritó para sí mismo, desesperado:
“¿Dónde está mi musa, por qué no me eligió?”
La buscó, versos a diario le escribía,
le ofrecía un brindis en copas de cristal roto,
él quiso beberse su amargura, lo intentó;
entre laureles, vinos, tonadas, libros, relatos,
música, llanuras, ríos caudalosos/bravíos,
horizontes infinitos, exóticas aves,
la humedad de su tierra, los colores del cielo, sus poemas.
En medio de una tumultuosa soledad,
él bebió del cáliz oscuro y amargo de la vida,
bajo un ronroneo desganado, melancólico,
con palabras de acero, la nombró,
jugó con su cordura y sus sueños,
se sintió un inefable ser sin tiempo,
por último se embriagó junto a la sombra de la mujer querida,
en medio del sombrío augurio elevó sus besos hacia ella,
y a pesar de la ausencia de nuevo gritó su amor.


Rosas, Azaleas, Clavellinas y manzanos de la infancia

Tributo a mi madre, mi padre y la criada Carmen.

Adoro el sol por las mañanas, radiante, contagiador de nuevos bríos para novicias luchas. Adoro esas tardes en tornasol  tan alegres como los niños que juegan en las plazas, libres de colegios, sin ataduras y con alas en los pies.
Hago memorias y veo  los rayitos del sol que en aquella inmensa casa en que viví mi infancia. Veía  a mi madre ir de lado a lado por los jardines de la vivienda o de la finca regando, cuidando celosa sus plantas, cultivando sus flores. Se reboza de ternura mi ser al evocarla entregada a su labor con tal pasión y amor, la veo hablando a cada una de sus plantas. Así mismo pasa por mi memoria cual ráfaga fugaz la imagen de Carmen “mela”,  la mujer de los oficios domésticos,  negra como el ébano,  con su inseparable pañuelo atado a la cabeza como tocado permanente y su delantal blanco como la nieve salpicado por los rayos solares.  El olor del café recién hecho, de los dulces  y demás preparaciones y la calidez de su mirada flotaban junto al humo calentito sobre las tostadas.
Muchas preguntas me hice siempre sobre los silencios de papá entre sus montones de libros, recibos de cuentas y papeles que solo él comprendía y sus viejas zapatillas a cuadros reposando junto a su sillón preferido. Le miraba inmenso, gigante,  capaz de todo lo inimaginable, era una especie de dios ante mi  inocente  mirada. Por los rincones e infinitos espacios de la casa  me quedé muchas horas viendo a mi abuelo materno; altivo, orgulloso al extremo; con su rostro perfectamente esculpido, sus hermosos pero fríos ojos color azul y su falta de manifestaciones amorosas. Entonces mi mente lo dibujaba como a una escultura de aquellas que adornaban la sala principal de la vivienda. Aun hoy no consigo comprender su impenetrable personalidad.
Mis hermanos, primos y amigos junto a mí, dábamos el toque radiante a la vivienda. De edades opuestas y gustos diferentes todos, conseguíamos imprimir aquella mágica policromía de colores y la vasta sonoridad a la inmensa casa paterna.
Las flores sonreían sobre todo en el jardín –parque en el interior de la casa frente a la cocina  y la zona de ropas,  en el jardín junto al manzano una tomatera, eras de hiervas aromáticas, todo surcado por caminillos de piedras miniatura, éste era  el único patio intocable a la hora de los juegos y correntinas infantiles.  Su estética en sí, cargada de flores, hojas  y aromas nos saludaba a diario con risas coloreadas difumadas ante la hermosa imagen de mi madre, la señora de la casa. Estaba también el patio central, inmenso rodeado de corredores amplios, adornados por macetas florecidas y una par de sillas  para tomar el sol– sillas playeras- allí frente al comedor familiar me tendía por horas mientras mi infantil imaginación miraba  el firmamento y si por ventura se tapizaba con algunas nubes de algodón me dejaba llevar y formaba mil figuras todas de acuerdo a mis sueños de niña consentida, yo me tendía a su sombra como se extienden las horas, entre globos de colores, por los años de mi infancia. En la parte trasera de la casa se hallaba la pesebrera,  era un grande espacio igualmente rodeado de plantas, árboles y alguno que otro animal; ese lugar significaba el misterio de lo anodino, de lo oscuro y a la vez trivial. Después con la llegada de la juventud primera todo lo cambié por seguir otros sueños. Ahora de ese hermoso tiempo quedan las memorias y la silenciosa, la solitaria casa a la vera del camino
Sólo hay algo que no cambia: la risa de las flores que contagian mi alma con la misma magia, cuando el sol vuelve a salir todos los días por la mañana.
Hoy daría lo que poseo y algo más por transmutarme a aquellos tiempos de descomplicada algarabía o querría entender porque a mis padres algunos dieron por llamar M&M, cosa tan complicada en aquel entonces para mi precario conocimiento y tan simple en realidad como lo es la unión de las iniciales de sus nombres.


Tu beso es…

Tu beso en mi frente
es paso del viento tocando mi alma.
Tu beso en mi mejilla
es presencia divina haciéndome sensible.
Tu beso en mis labios
es agua bendita calmando mi sed de amores.
Tu beso en mi cuello
es el nombre sagrado rozando mi piel.
Tu beso en mi cuerpo
es la cúspide que me lleva al paraíso.
Tu beso simplemente eres tú.


Tu recuerdo

Te recuerdo ahora en otras primaveras,
cuando otros brazos te recogían,
cuando mi boca no era de ti.
Los paseos cómplices olvidaron el gris.
Enjugué tus lágrimas furtivas
- mi caricia te hizo sonreír -
Tu mirada se encontró con mis ojos.
El cielo estrenó todos los azules de abril.


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