Levedad

Por Gabriela Quintana


Y de pronto aparece otra vez, cuando creí verme huérfana de ella, la soledad me acecha y me corta como una navaja que destaza las capas más profundas e impenetrables. Lentamente, saca finas rebanadas de tristeza, de nostalgia, de lo que pudo haber sido y de lo que no fue. Llega en medio de la noche para recordarme lo efímera que soy, que se muere solo y se vive entre la multitud con el recuerdo de uno mismo macerado en la sombra de tantas voces. Frente a las sonrisas y las conversaciones de la gente se abre una brecha. Sí, estás acompañado de miradas, de gestos que uno infiere de felicidad. Gozo ajeno que no te pertenece, solo estás tú, nadie.

Sientes lo que nadie siente y lo experimentas en soledad, intocable, sin manchas, inconfundiblemente tuyo y sin poderlo compartir. Esa soledad será verdadera o un pensamiento que se escapa en cada latido o al compás de cada lágrima. No lo sé, mis ojos en el espejo me muestran otro ser, la dualidad del sentimiento; se muere en soledad, pero se vive con uno mismo.