Dubái

Por Gabriela Quintana Ayala

Se había despertado en un hotel de paso, desnudo. No recordaba lo que había sucedido no sólo el día anterior, al menos tres días. Consiguió ropa para tapar las marcas de su cuerpo, rastros que no reconocía. Recibió una llamada anónima en la última cabina del pueblo, primera de muchas que lo harían vagar: ¿Cómo estás?, ¿Cómo te sientes? Él gritaba consternado exigiendo explicaciones, aquella voz desconocida hacía eco sin respuesta. Pidió auxilio en ciertos momentos, pese a la mirada de pánico de las personas que se encontraba. Decidido a desafiar las reglas, tomó el tren a casa, uniendo algunos pedazos de memorias que intentaba encajar. Timbró el móvil de un pasajero y percibió esa mirada de pasmo que lo perseguía mientras la mujer le entregaba el aparato. Eran las mismas preguntas, la misma voz: toma el siguiente vuelo a Dubái, resonaba la indicación hasta perderse al otro lado de la línea. No lograba ocultarse. Así lo tuvieron un buen tiempo, dándole instrucciones sobre la siguiente llamada, y el nuevo destino, sin saber que ese viaje interminable era el objeto de un experimento.