Ser poeta

Por Arlette Valenotti

No sé hasta qué punto ser poeta es una decisión, una opción o trampas del azar. En todo caso, una vez que comienza no hay quien lo detenga. En el momento que descubrimos la poesía y, más aún, cuando nos involucramos en sus marañas, la vemos en todas partes: vemos poesía, leemos en poesía, soñamos en poesía, a tal punto que no nos queda más que identificarnos en poesía, y hasta nos califican como poetas.

A partir de allí, una vez adentro, nos preguntamos qué hacer con tanta musa suelta. Las intimamos en señales semánticas, alcahuetas amantes y se echan a volar...

Justo, en ese momento, dejan de pertenecernos. Se desprenden de nuestras manos, de nuestro cuerpo... y, un buen día, ya son de otros. Son otros los que sueñan y suspiran. Otros son dueños de su hechizo, lectores seducidos por un sentir anónimo y solo nos queda, como testigo, su esqueleto y letra de tímida sonrisa plasmada en un viejo poemario.