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Página de Inicio Argos Obra literaria de Arlette Valenotti Nos hemos declarado la guerra

Nos hemos declarado la guerra


Por Arlette Valenotti


Padre, ya están aquí,
monstruos de carne
con gusanos de hierro.
Padre, que están matando la tierra.
Padre, dejad de llorar, que nos han declarado la guerra.


<Pare> Joan Manuel Serrat

La humanidad ya no se define a sí misma,
la rabia es la frontera de la inconsciencia
del interés que nos separa.
No damos tregua al amor
dejamos la vida colgada
esperando el momento propicio.
La muerte se nos hace cercana
nos apoyamos en odios ancestrales
y los hacemos nuestros
por una causa ajena.
Enajenamos ideologías
cambiándolas de color
según la moda.
Las religiones nos dominan
bajo un dios que desconocemos,
y la fortaleza se cotiza
comprando un insolente poder.
La amistad aprendió a acondicionarse
y redujo su espacio
en trincheras de miradas frías y alertas.
La hermandad se consume
en falsos gentilicios que no identifican.
Destruimos lo que nos da vida
y pretendemos cobijarnos bajo un paraguas
del diluvio que se acerca.
El cielo ya no es divino
y lo miramos al ruido de truenos y motores.
Cada vez cantamos más elegías
y elogiamos una noche
sin amenazas de un inquietante mañana.
Y, qué nos espera?
Nos hemos declarado la guerra.



A tus alturas


Sobre veinticinco peldaños
y de concreto azul
te señoreas orgullosa
de tus años y vivencia.
Veinticinco peldaños
que, día a día, contaba
y luego de un largo suspiro
llegaba a ti.

Te sabes madre
te sabes casa.

No fue amor a primera vista
─lo sabes─,
poco a poco te hiciste querer.
Cómo no quererte,
si fuiste testigo y cómplice
de mi primer beso,
en aquel rincón
que me guardabas
y solo tú y yo sabíamos.
Fuiste testigo de mi primera lágrima de amor
y de nuevos amores...



Tus paredes agrietadas,
por donde se colaron
tantos sueños de noches frías,
quedaron impregnadas
con olores a hallacas
y pastichos de domingos,
de sombras de cuadros,
de brochazos azules y verdes
que el tiempo se niega a borrar.



El diario despertar
era el inicio de risas
entre ronronear de gatos
y el campanear del noticiero
apurando un café.



Tu techo,
fortaleza a todo pronóstico,
soportó la furia de temblores y piñatas.
Solo la lluvia le hacía llorar,
sus lágrimas caían en latas,
tin tin armoniosos
que orquestaban en perfecto compás
con el ruuuuuuum ruuuuuum de una singer
y el tac tac de una máquina de escribir:
bendita música domesticada
al sustento seguro,
al sollozo, a veces, de una promesa
que no llega
y al sagrado pan de cada día..

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