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Página de Inicio Argos Obra literaria de Fernando Andrés Chelle Pujolar “El talón de hierro”, de Jack London. (No solo una distopía)

“El talón de hierro”, de Jack London. (No solo una distopía)

Por Fernando Chelle

(Jack London, el escritor norteamericano más leído a comienzos del siglo XX, no escribió únicamente novelas de aventuras. Este artículo se centra en el estudio de “El talón de hierro”, una de las obras más representativas de su literatura política y social, quizá su línea más importante y extrañamente más desconocida.)

A modo de prólogo

En el mes de noviembre de 2016, se estarán cumpliendo cien años de la muerte del escritor norteamericano Jack London. Con respecto a esa fecha, el próximo mes de agosto, entre los días 24 y 27, el Parlamento Nacional de escritores de Colombia, en su XIV edición, estará homenajeando la figura del autor de Colmillo blanco. Como miembro coordinador del parlamento y participante del encuentro que se realizará, estaré presentando en esa ocasión una ponencia sobre la literatura política de Jack London. Mucho se ha escrito del London aventurero, de sus cuentos de la lejana Alaska, de novelas como La llamada de lo salvaje, El lobo de mar o la referida, Colmillo Blanco. Sin embargo, su literatura de características políticas y sociales, quizá la parte más importante de su obra, ha sido poco estudiada, llegando a ser prácticamente desconocida por el lector corriente. El presente artículo, centrado en la novela El talón de hierro, constituirá una parte de ese trabajo más extenso que tendré el placer de presentar en la ciudad de Cartagena de Indias.
El artículo comienza haciendo referencia a la recepción que tuvo la obra de Jack London, fundamentalmente la novela en cuestión, por parte de diferentes personalidades del mundo político y también del literario. Elegí estructurar el artículo de esta manera poco corriente, para que el lector tome consciencia desde el primer momento de la lectura, de la importancia histórica que presenta este texto prácticamente hoy desconocido. El escrito continúa con un apartado titulado “El hombre y su mundo”, donde se resaltan algunos aspectos relevantes de la vida de London. Como mi interés era centrarme en el estudio de El talón de hierro, me pareció importante ir marcando un camino que desembocara en la publicación de la obra. Pensando en esto, excluí de los datos biográficos, la condición de militante socialista de London y me referí a este tema por separado. Esto me sirvió para hablar de su doble condición, de militante socialista y de escritor, y referirme específicamente, dentro de la literatura londoniana, a aquellas obras que presentan temas sociales y políticos. Después de pasar ese preámbulo, extenso pero necesario, el artículo se centra en la novela El talón de hierro. Aparte de referirme a la estructura, los temas, los personajes y otros aspectos característicos de la obra, quise cerrar el estudio con una serie de citas, para que los lectores pudieran tener un acceso directo al texto de London. Por último, el artículo finaliza con un apartado titulado “No solo una distopía”, donde se resaltan, además de las características evidentemente distópicas de la obra, las características utópicas y también las ucrónicas.

Una recepción revolucionaria

En el año 1929, la revista norteamericana de tendencia marxista New Masses, escribió sobre Jack London:
“Un verdadero escritor proletario, no sólo debe escribir para la clase trabajadora, sino que debe ser leído por la clase trabajadora. Un verdadero escritor proletario no sólo debe usar su vida proletaria como material para sus libros: en estos debe arder el espíritu de la rebeldía. Jack London era un auténtico escritor proletario; el primero y, hasta ahora, el único escritor proletario de genio de los Estados Unidos. Los obreros que leen, leen a Jack London. Es el único escritor al que han leído todos, es la sola experiencia literaria que tienen en común. Los obreros de las fábricas, los peones del campo, los marinos, los mineros, los vendedores de diarios, lo leen y lo releen. Es el escritor más popular entre la clase obrera de los EE.UU.”.
Esto se escribió, cuando ya habían pasado trece años de la muerte del autor, y veintiún años de la publicación de El talón de hierro, obra con la que se trabajará en el presente estudio, por ser una de las más representativas de la literatura política del autor norteamericano. En el mismo sentido de la revista, Irvin Stone, su principal biógrafo, refirió:
“El relato de London “Los favoritos de Midas” fue la primera narración proletaria que tuvo repercusión nacional en los EE.UU. A ella siguió “El sueño del socialista Debs”, que predijo la huelga general de San Francisco de 1934, y El talón de hierro que vaticinó el sistema de terror del fascismo. Después de su muerte, los críticos pudieron disentir sobre diversos aspectos de su labor, pero hubo un punto incontrovertible: Jack London fue el padre de la literatura proletaria de los EE.UU.”.
El talón de hierro, fue un libro celebrado tanto por hombres de la literatura como por intelectuales revolucionarios de diferentes países. Nikolái Bujarin, editor de Pravda (periódico del Partido Comunista de la Unión Soviética) y teórico oficial de la URSS en la década del 20, destacó, dentro de la literatura norteamericana, únicamente a El talón de hierro. En la URSS, se llegaron a publicar cincuenta y seis ediciones de las obras de London, cifra que superó los seis millones de ejemplares.
Sobre El talón de hierro, conocida es la carta que León Trotsky envía en 1937, a Joan London, hija del escritor. Allí expresaba:

“Hay que destacar muy particularmente el papel que Jack London atribuye en la evolución de la Humanidad a la burocracia y la aristocracia obrera. Gracias a su apoyo, la plutocracia americana logrará aplastar el levantamiento de los obreros y mantener su dictadura de hierro en los tres siglos venideros. (…) No es difícil imaginar la incredulidad condescendiente con la que el pensamiento socialista oficial de entonces acogió las previsiones terribles de Jack London. (…) Se puede afirmar con certeza que, en 1907, no había un marxista revolucionario, sin exceptuar a Lenin y Rosa Luxemburgo, que se representara con tal plenitud la perspectiva funesta de la unión entre el capital financiero y la aristocracia obrera. Esto basta para definir el valor especifico de la novela”.
Continuando con las apreciaciones soviéticas sobre la obra de London, no solo de El talón de hierro, se cuenta que el propio Lenin poseía en el Kremlin varios libros del autor norteamericano. Para el líder de la Revolución de Octubre, lo más importante de la obra de London fue la crítica que realizó sobre el revisionismo y oportunismo del Partido Socialista de los EE.UU. Se cuenta también, que hacia el final de los días del líder soviético, cuando ya había sufrido varios ataques cerebrales y no podía hablar, su mujer, Nadezhda Krupskaia, solía leerle a London. Parece ser, que dos días antes de su muerte, Lenin escuchó en la voz de su mujer, la lectura de Amor a la vida, su cuento preferido del autor de El talón de hierro.

Sobre la obra de Jack London, también podemos mencionar un recuerdo de Ernesto Che Guevara, que aparece en La sierra y el llano, en el año 1961. Cuenta el revolucionario argentino–cubano, que tras ser herido en una balacera en el desembarco del Gramna, recordó un cuento de London, aunque no especifica de qué relato se trata. Allí dice Guevara:
“Inmediatamente me puse a pensar en la mejor manera de morir en ese minuto en el que parecía todo perdido. Recordé un viejo cuento de Jack London, donde el protagonista apoyado en el tronco de un árbol se dispone a acabar con dignidad su vida, al saberse condenado a muerte, por congelación, en las zonas heladas de Alaska. Es la única imagen que recuerdo”.
El cuento de London, que transcurre en la helada Alaska, se titula Encender una hoguera, dice concretamente:
“Cuando hubo recobrado el aliento y el control, se sentó y recreó en su mente la concepción de afrontar la muerte con dignidad”.
Un fragmento del texto de Guevara, concretamente: “Recordé un viejo cuento de Jack London, donde el protagonista apoyado en el tronco de un árbol se dispone a acabar con dignidad su vida”, es rescatado en el año 1966 por Julio Cortázar, quien lo utiliza como epígrafe en su cuento Reunión (Todos los fuegos el fuego).
Antes de terminar esta primera parte del trabajo y pasar a estudiar algunos aspectos de la biografía y de la época en que vivió Jack London, veamos algunas otras recepciones y calificaciones de su obra, pero ya no de hombres vinculados al terreno político, sino al mundo de la literatura. Comencemos por lo que dijo al final de su trabajo biográfico, el ya citado escritor norteamericano Irvin Stone:
“con la desaparición de Jack London el mundo perdió una llama”.
El poeta y crítico literario norteamericano Edwin Markhan, sostuvo que Jack London fue:
”una parte de la juventud y el coraje heroico del mundo”.
El novelista norteamericano Henry Miller, dijo de London:
“No hallo otro escritor americano de igual coraje y de más fiera energía en América”.
El escritor y dramaturgo ruso Leónidas Andreiev, manifestó:
“Estimo yo en Jack London su vigor sereno, su talento firme, su hombría. Jack London es un escritor admirable, un bellísimo dechado de capacidad y voluntad orientados a la afirmación de la vida (…) ¡Talento prodigioso! Con ese don de observación que es patrimonio exclusivo de los escritores auténticos y sinceros, lleva al lector con mano amiga y fuerte a lo largo del camino y al terminar este viaje en su compañía duele separarse de él y se siente ya el ansia de mayores encuentros”.
El Premio Nobel de Literatura Anatole France, resaltó de London:
“Ese peculiar genio que percibe lo que permanece oculto para la mayoría de los mortales”.
Finalmente, para terminar estas citas que se podrían multiplicar, recordemos que George Orwell, consideraba a El talón de hierro, como una obra premonitoria que le influyó en la creación de 1984.

El hombre y su mundo

Jack London (San Francisco, Estados Unidos, 12 de enero de 1876-Glen Ellen, Estados Unidos, 22 de noviembre de 1916). La corta y fructífera vida de Jack London, cuyo nombre verdadero era John Griffith London, podría ser comparada con una de sus novelas de aventuras. No fue un escritor rodeado únicamente por libros, su vida estuvo plagada de los más diversos trabajos y de las más coloridas aventuras, donde no faltaron ladrones, piratas y paisajes extravagantes de lugares remotos. En el terreno literario, fue uno de los dichosos creadores que pudo gozar en vida de su éxito. A comienzos del siglo XX era el escritor norteamericano más leído fuera de los Estados Unidos, el más famoso y el mejor pago.
Algunos estudiosos de la vida de London, sostienen que fue un hijo ilegítimo de William Chaney, un astrólogo itinerante que nunca reconoció su paternidad. El apellido “London”, se lo dio el hombre que se casó con su madre y lo adoptó como hijo, un veterano de la guerra civil llamado John London. Vivió su infancia en la ciudad de Oakland en medio de dificultades económicas. Su padrastro no gozaba de un trabajo fijo, y su madre, Flora Wellman, una mujer de origen adinerado, tenía una salud muy precaria, padecía de neurosis y era aficionada al espiritismo. Debido a estas dificultades, Jack fue criado por una antigua esclava, Virginia Prentiss, quien fue como su segunda madre. Además de asistir a la escuela, el joven London, se vio en la necesidad de vender periódicos en la calle para ayudar a su familia. Esta condición de buscavida desde muy pequeño lo condujo en los primeros años de su juventud hacia el puerto de Oakland, donde conoció ciertos personajes picarescos y se aficionó con la bebida y con el mundo del mar. Pronto se transformó en ladrón de ostras y en navegante de la bahía de San Francisco. A los diecisiete años se enroló en  un barco y se fue a cazar focas a las costas japonesas. Al regresar, se ocupó en diferentes empleos que le aportaron un escaso salario. Trabajó en una fábrica de yute, en una lavandería, en una fábrica de enlatados y en una mina de carbón. En el año 1894, London se unió a una columna de desempleados que marchó desde California hasta Washington a pedir empleo. Esta experiencia no tuvo un final grato para London, terminó en la prisión de Niagara Falls pagando una condena de un mes por vagabundeo. De todas formas, este fue un evento trascendental en la vida del futuro escritor, que lo llevó a sumarse a las filas del partido socialista de Oakland y a involucrarse en las luchas sociales y políticas que se estaban dando en el país. Por esta época ingresó a la universidad, pero la abandonó rápidamente, por presiones económicas y por sentirse desilusionado con la educación recibida.
En 1897, Jack London se embarcó rumbo a Alaska a buscar oro. La suerte no lo acompañó en esa travesía y regresó mucho más débil, con algunas dolencias y tan pobre como se fue. A partir de ese momento de su vida, London decide dedicarse a la escritura.
Antes de convertirse en escritor, Jack London había sido un gran lector. Durante su niñez y primera juventud leyó cientos de novelas en la biblioteca pública de Oakland. Más adelante en su vida, llegarían las lecturas de los autores que más lo influenciarían en su labor como escritor, entre ellos, podríamos nombrar a Marx, Kipling, Spencer, Stevenson, Malthus, Poe, H. G. Wells y Nietzsche. La primera referencia que se tiene de London como escritor, es de cuando el joven contaba tan solo con diecisiete años. A esa edad ganó el primer premio de un concurso periodístico con la descripción de un tifón, una de las tantas experiencias que había vivido en su labor de marinero. Pero es tras su regreso de Alaska cuando London alquila una máquina de escribir y se propone seriamente convertirse en escritor. En su autobiografía novelada Martín Eden, London se refiere a este momento de su vida de la siguiente forma:
“Y entonces, restrellante de luz, brotó la idea. Escribiría. Sería uno de los ojos del mundo, uno de los corazones a través de los cuales siente ese mundo y uno de los oídos a través de los cuales el mundo oye. (…) En prosa y en verso, sobre hechos reales e imaginarios (…) escribiría. (…) Escribía torrentosa e intensamente, de la mañana a la noche y bien entrada la noche (…) Era el suyo un continuo estado febril. La gloria de crear, que se suponía atributo exclusivo de los dioses, era suya”
En un principio las cosas no le fueron fáciles, sufrió sistemáticos rechazos y enfrentó muchas dificultades antes de poder publicar. Pero poco a poco las puertas se le fueron abriendo, comenzó publicando artículos y cuentos en revistas, sobre sus aventuras en Alaska y en los mares del pacífico. Luego llegaron los primeros triunfos y rápidamente el éxito con obras como: La llamada de la selva, El lobo de mar, Colmillo Blanco, El silencio blanco, La expedición del pirata, Cuentos de los Mares del Sur, entre otras. Sin embargo, el éxito literario no significó para London la superación de sus problemas existenciales. Si bien se pudo dedicar a navegar por la Bahía de San Francisco, comprar un rancho de 1.000 acres y  hacer algunos viajes fuera del país, su adicción al alcohol junto a sus problemas renales y hepáticos, lo fue diezmando física y psicológicamente. Poco a poco la morfina y la heroína comenzaron a suplantar al alcohol y a los analgésicos. Comenzó a pensar que se estaba volviendo loco y se obsesionó con la idea de suicidarse. Finalmente, el 22 de noviembre de 1916, en Glen Ellen (California), con apenas 40 años de edad dejó de existir. Si bien el certificado de defunción escrito por sus médicos dice que la causa de su muerte fue una uremia, diferentes biógrafos aseguran que se trató de un suicidio. Se habla de una sobredosis de morfina, combinada con otras drogas que el escritor solía utilizar para calmar sus dolores renales. Los médicos intentaron salvarle la vida, pero tras una agonía de doce horas, falleció. 

El militante socialista

Un capítulo aparte en la vida de este autor lo ocupa la militancia política. Es importante que nos detengamos en esta faceta de London, porque encontraremos ideas y temas, que se desarrollarán en gran parte de sus obras. Ya vimos en el apartado anterior, como en el año 1984, London marchó junto a un grupo de trabajadores a Washington en reclamo de empleo, ocasión en la que terminó preso durante un mes, y que lo llevó a tomar la decisión de sumarse al partido socialista e involucrarse en las luchas sociales. Como trabajador, le toco ser testigo del tratamiento degradante que se les daba en Nueva York a los trabajadores, sobre todo a los inmigrantes. Cuando estuvo en Londres como periodista, quiso conocer el East End, una zona de la ciudad donde vivían las clases populares. Allí convivió con los más pobres y plasmó la sacrificada vida de esas personas en un trabajo investigativo que tituló El pueblo del abismo. En los primeros años del siglo XX, en Estados Unidos, los movimientos sociales y sindicales comenzaron a hacerse sentir. Los abusos frecuentes de la clase empresarial y las condiciones infrahumanas en las que se debía trabajar provocaron un fuerte descontento en las masas trabajadoras. A los abusos, los trabajadores respondían con huelgas, pero estas eran aplastadas, ya sea por la fuerza pública o por ejércitos de matones privados al servicio de los empresarios. Esto llevó a que en el año 1904, el Partido Socialista consiguiera un avance sustancial en las elecciones presidenciales, y a que en el año 1905, naciera el Industrial Workers of the World, un sindicato radical, opuesto a las posiciones conciliadoras de la American Federation of Labor. Fue precisamente en ese año de 1905 cuando London comenzó a recorrer el país dando conferencias. Sus charlas, de fuerte contenido social y político, le servían para promocionar sus libros y al mismo tiempo difundir las ideas socialistas. En un artículo de 1906, titulado Yo he nacido en la clase obrera, London plasma una serie de argumentaciones, seguramente muy similares a las que expresaba en esas conferencias referidas. Allí dice:
“Ya antes de mi nacimiento, otros espíritus más desarrollados que el mío, habían expresado todo lo que yo pensaba y se habían adelantado a su tiempo. Fue entonces cuando descubrí que era socialista. Los socialistas eran revolucionarios, en la medida en que luchaban para transformar la sociedad tal como existe actualmente, y con otros materiales, construir una nueva sociedad. Yo también era socialista revolucionario. (…) Estas son mis perspectivas. Aspiro al nacimiento de una nueva época donde el hombre realizará el mayor progreso, un progreso más elevado que el de su vientre, y en el que el aura para animarlos para nuevas acciones será mucho más estimulante que la actual derivada de su estómago. Guardo intacta mi confianza en la nobleza y excelencia de la especie humana. Creo que la delicadeza espiritual y el altruismo triunfaran sobre la glotonería grosera que reina hoy en día. En último lugar quiero hacer constar mi confianza hacia la clase obrera. Como ha dicho un francés: En la escalera del tiempo resuenan sin cesar el ruido de los zuecos que suben, y de los zapatos barnizados que descienden”.
Los salones de diferentes ciudades se llenaban de trabajadores que escuchaban atentamente hablar a London de una revolución purificadora y del final del capitalismo. Pero a pesar de que su éxito popular era incuestionable, los líderes socialistas del momento, no veían con demasiada simpatía las propuestas radicales del escritor y se mostraban más afines con la idea de tumbar el capitalismo por la vía democrática. Consciente de su posición menos optimista de la realidad y desilusionado de la clase dirigente del movimiento social, es que London decide escribir la obra que estudiaremos en profundidad, El talón de hierro.

Una literatura, para la revolución

Ese conferencista incendiario que recorría el país hablando de la revolución, ese extraño híbrido de obrero, militante revolucionario, aventurero y escritor, no se conformó solamente con recrear en sus libros sus aventuras por diferentes tierras, también quiso hablar de su condición de revolucionario, de sus sueños de crear una sociedad más justa. Así fue que concibió obras donde los principales protagonistas son los trabajadores y donde la explotación capitalista y la lucha por la liberación social, representa la temática principal. Al abordar estos temas, London presagió muchos de los conflictos sociales que se vivieron en las décadas posteriores a su muerte. Se refirió, tanto a la expansión del capital financiero como a la burocratización sindical y los conflictos en el interior del movimiento obrero. Entre las obras más destacadas de este tipo de literatura londoniana, podemos nombrar a: La lucha de clases, Suyo por la Revolución, Tiempos malditos, Historia de los siglos futuros, La huelga general, El talón de Hierro, El pueblo del abismo, Guerra de clases, Los favoritos de Midas, Revolución y otros ensayos, Goliah, La fuerza de los fuertes y Estado de Guerra.

El talón de hierro

Publicada en 1908, El talón de hierro es una de las novelas más representativas de la literatura política de Jack London.
La novela cuenta una parte fundamental de la vida del revolucionario norteamericano Ernest Everhard, capturado y ejecutado en el año 1932 por parte del gobierno oligárquico (El talón de hierro), tras haber formado parte de un levantamiento revolucionario. Comienza con un prólogo, escrito desde un futuro socialista, fechado en el año 2600, siete siglos después de sucedidos los hechos que se cuentan en el relato. Anthony Meredith, ficticio personaje que firma el prólogo y una de las dos voces narrativas de la novela, asegura haber encontrado el manuscrito perteneciente a  Avis Everhard, una joven de la alta sociedad, quien se enamora de Ernest, se casa con él, y pasa también a ser una activista revolucionaria. La historia es narrada en primera persona, por Avis Everhard, quien rememora con el escrito la imagen de su esposo ya fallecido, contando su historia desde el momento en que se conocieron. El relato se centra en los acontecimientos que sucedieron en los años en los que se consolidó El talón de hierro, un poder político y económico inédito en la sociedad, que no dudó en aplastar los levantamientos obreros de principios del siglo XX. Avis Everhard, a quien podríamos llamar la narradora principal, nos cuenta los acontecimientos como una verdadera testigo de los hechos, hasta que su relato se interrumpe bruscamente. La historia se completa entonces con las notas escritas varios siglos después por Anthony Meredith, a quien podríamos llamar narrador secundario, quien comenta y enriquece los acontecimientos históricos narrados por Avis Everhard.
Internamente, la novela presenta dos partes o momentos, claramente diferenciados. La primera parte del relato se caracteriza por tener muy poca acción. Allí encontramos la presentación de los personajes, fundamentalmente la del militante revolucionario Ernest Everhard. London se sirve de los diálogos que Everhard mantiene con diferentes representantes de la sociedad capitalista, para poder abordar en la novela temas como la metafísica, la ética, los intereses de las distintas clases y hacer también una fundamentada defensa del socialismo y del determinismo histórico de acuerdo a las premisas establecidas por el marxismo. Los primeros capítulos nos cuentan el proceso de enamoramiento de Avis y su toma de consciencia revolucionaria. Ernest Everhard es un excelente conversador y argumentador. Por medio de Avis, frecuenta reuniones donde asisten algunos miembros de las clases privilegiadas. Estos, al principio, lo escuchan atentamente porque lo ven como algo exótico, pero se terminan incomodando, cuando Everhard les muestra una realidad, donde ellos son los responsables de los males que aquejan a la sociedad. En los intercambios de opiniones, Everhard deja en claro cuáles son los engranajes sobre los cuales se mueve el sistema opresor. Conscientes del peligro que significa Ernest Everhard para sus intereses, los miembros de la oligarquía comienzan a tratar por todos los medios de frenar el ascenso político del joven revolucionario. En la segunda parte, la narración se centra en la consolidación de la dictadura de la oligarquía (El talón de hierro). Es una parte de la novela que presenta mucho más acción que la primera. Se cuenta como en el año 1912 estuvo a punto de concretarse un enfrentamiento bélico entre EE.UU. y Alemania, pero una huelga general, llevada adelante por trabajadores socialistas de ambas naciones, abortó el enfrentamiento. Tras la huelga, hay un triunfo revolucionario en Alemania y en EE.UU. la lucha social se radicaliza. Para enfrentar este panorama, los poderes económicos norteamericanos compran a los sindicatos más importantes (ferrocarriles, acero y metalúrgicos), de esta forma el movimiento obrero se ve debilitado y los capitalistas deciden imponer una tenaz tiranía (El talón de hierro). La oligarquía, junto a ese grupo de trabajadores comprados, asume el poder total de la sociedad, mientras la gran mayoría de la población trabajadora cae en la miseria más extrema, conformando lo que en la novela se denomina “el pueblo del abismo”. Los socialistas, los protagonistas entre ellos, se ven obligados a seguir luchando desde la clandestinidad. Hay dos revueltas referidas en la novela, en la primera, denominada "Comuna de Chicago", la población trabajadora es aplastada. Posteriormente, mientras los trabajadores preparan la segunda revuelta, Ernest es asesinado y el relato de Avis Everhard se interrumpe bruscamente. El narrador secundario continúa refiriendo como se siguieron dando las luchas sociales por varios siglos bajo el poder del talón de hierro, hasta que por fin los trabajadores lograron derrotarlo y establecer un gobierno llamado "fraternidad del Hombre".
En la novela se exponen, comentan o cuestionan gran número de temas. Se habla tanto de los medios de producción o comunicación, como de las leyes o de las creencias religiosas o morales. A continuación, para que el lector de este trabajo tenga un acceso directo a lo que dice la obra de London sobre algunos temas puntuales, se citarán pequeños fragmentos.

Así justifica Avis Everhard la necesidad de su escrito y así comienza la novela:
“He aquí por qué quiero consagrar este período de espera y de ansiedad al recuerdo de mi marido. Soy la única persona del mundo que puede, proyectar cierta luz sobre esta personalidad, tan noble que es muy difícil darle su verdadero y vivo relieve. Era un alma inmensa (...) No podemos fracasar, porque construyó demasiado sólidamente, demasiado seguramente. ¡Del pecho de la humanidad abatida arrancaremos el Talón de Hierro maldito! A una señal convenida, por todas partes se levantarán legiones de trabajadores, y jamás se habrá visto nada semejante en la historia. La solidaridad de las masas trabajadoras está asegurada, y por primera vez estallará una revolución internacional tan vasta como el vasto mundo”.
Así le habla Ernest Everhard al obispo:
“¿Habéis protestado ante vuestras congregaciones capitalistas contra el empleo de niños en las hilanderas de algodón del Sur? Niños de seis a siete años que trabajan toda la noche en equipos de doce horas. Los dividendos se pagan con su sangre. Y con ese dinero se construyen magníficas iglesias en Nueva Inglaterra, en las cuales sus colegas predican agradables simplezas ante los vientres repletos y lustrosos de las alcancías de dividendos”.
Así le habla Ernest Everhard al abogado: “Dígame coronel, ¿tiene algo que ver la ley con el derecho, con la justicia, con el deber?”
Así le habla Ernest Everhard al periodista: “Me parece que su tarea consiste en deformar la verdad de acuerdo con las órdenes de sus patrones, los que, a su vez, obedecen la santísima voluntad de las corporaciones”.
Algo similar le dice al sacerdote, cuando ingenuamente espera que sus críticas al sistema capitalista aparezcan en la prensa.
“Ni una sola palabra de lo que dijo será publicado. Tú no tienes en cuenta a los directores de diarios, cuyo salario depende de su línea de conducta, y su línea de conducta consiste en no publicar nada que sea una amenaza para el poder establecido”.
Ernest Everhard luchaba por lo siguiente: “Nuestra intención es tomar no solamente las riquezas que están en las casas, sino todas las fábricas, los bancos y los almacenes. Esto es la revolución. Queremos tomar en nuestras manos las riendas del poder y el destino del género humano. ¡Estas son nuestras manos, nuestras fuertes manos! Ellas os quitarán vuestro gobierno, vuestros palacios y vuestra dorada comodidad, y llegará el día en que tendréis que trabajar con vuestras manos para ganaros el pan, como lo hace el campesino en el campo o el hortera reblandecido en vuestras metrópolis. Aquí están nuestras manos. Miradlas: ¡son puños sólidos!”.
Sobre la desigualdad en el reparto de los beneficios de la industrialización, Ernest Everhard dice: “Cinco hombres bastan ahora para producir pan para mil personas. Un solo hombre puede producir tela de algodón para doscientas cincuenta personas, lana para trescientas y calzado para mil. Uno se sentiría inclinado a concluir que con una buena administración de la sociedad el individuo civilizado moderno debería vivir mucho más cómodamente que el hombre prehistórico. ¿Ocurre así? (...) Si el poder de producción del hombre moderno es mil veces superior al del hombre de las cavernas, ¿por qué hay actualmente en los Estados Unidos quince millones de habitantes que no están alimentados ni alojados convenientemente, y tres millones de niños que trabajan? (...) Ante este hecho, este doble hecho –que el hombre moderno vive más miserablemente que su antepasado salvaje, mientras su poder productivo es mil veces superior–, no cabe otra explicación que la de la mala administración de la clase capitalista; que sois malos administradores, malos amos, y que vuestra mala gestión es imputable a vuestro egoísmo”.
Como se refirió en la biografía, las posturas radicales de London no veían como viable un cambio de sistema por la vía democrática. Respecto a esto, dice Ernest Everhard: “Sabemos, y lo sabemos al precio de una amarga experiencia, que ninguna apelación al derecho, a la justicia o a la humanidad podría jamás conmoveros”.
Y cuando un miembro de la oligarquía le refiere que no aceptarán ser sacados del poder, Ernest Everhard le responde: “Y el día que hayamos conquistado la victoria en el escrutinio, si os rehusáis a entregarnos el gobierno al cual llegaremos constitucional y pacíficamente, entonces replicaremos como se debe, golpe por golpe, y nuestra respuesta estará formulada por silbidos de obuses, estallidos de granadas y crepitar de ametralladoras”.
Continúa Everhard con esta sentencia: “El poder será el árbitro. Siempre lo fue. La lucha de clases es un problema de fuerza. Pues bien, así como su clase derribó a la vieja nobleza feudal, así también será abatida por una clase, la clase trabajadora”.
Everhard no cuestiona a aquellos hombres que al conmoverse con la injusticia recurren a la caridad, pero sostiene que es una conducta inútil si lo que se quiere es transformar la sociedad. Es significativo también lo que sucede con el sacerdote, cuando descubre dolorosamente como la iglesia es cómplice de la miseria existente en la sociedad. Everhard sabe que cualquier denuncia o cambio de postura del sacerdote, a nivel de la iglesia, será completamente inútil.
A los burgueses, desplazados por las grandes compañías, que sueñan con volver a la época preindustrial, Ernest Everhard les dice:
“En lugar de destruir esas máquinas maravillosas, asumamos su dirección. Aprovechémonos de su buen rendimiento y de su bajo precio. Desposeamos a sus propietarios actuales y hagámoslas caminar nosotros mismos. Eso, señores, es el socialismo. Venid a nosotros y sed nuestros compañeros en el bando ganador”
Sobre los partidos políticos tradicionales y los sindicatos vendidos, sostiene Ernest Everhard: “…los políticos de los viejos partidos (...), los criados, los sirvientes de la plutocracia y  los sindicatos sumisos se esforzarán por transformar sus organizaciones en corporaciones cerradas, y lo conseguirán”.
Sobre la guerra que pretendían llevar adelante EE.UU y Alemania, dijo Ernest Everhard: “…la oligarquía quería la guerra con Alemania por una docena de razones (...) Además, el período de hostilidades debía consumir un volumen de excedentes nacionales, reducir el ejército de parados que amenazaban en todos los países y dar a la oligarquía tiempo para respirar, para madurar sus planes y realizarlos (...) deberán gastar sus excesos de riqueza en obras públicas, como las clases dominantes del antiguo Egipto erigían templos y pirámides con la acumulación de lo que habían robado al pueblo”.
Finalmente, en cuanto a la conducta que debían llevar adelante las masas trabajadoras para tumbar El talón de hierro, Ernest Everhard sostenía:
“Es inútil, estamos derrotados por anticipado. El Talón de Hierro está ahí. Había puesto mis esperanzas en una victoria pacífica, lograda gracias a las urnas. Seremos despojados de las escasas libertades que nos quedan; el Talón de Hierro pisoteará nuestras caras; ya no cabe esperar otra cosa que una sangrienta revolución de la clase trabajadora. Naturalmente, lograremos la victoria, pero me estremezco al pensar en lo que nos costará”.

No solo una distopía

Para finalizar el artículo, una pequeña reflexión sobre este punto. El talón de hierro es una novela que fácilmente podríamos catalogar como distópica. Los hechos transcurren en un futuro próximo al  tiempo en que fue publicada. Es una obra de anticipación, que advierte sobre una posible sociedad futura gobernada por un régimen tiránico, que controla la economía, la información, la justicia, mientras los trabajadores viven en condiciones miserables. Pero si bien la descripción social dejada por Avis Everhard nos muestra una sociedad distópica, que la podríamos ver como una anticipación o advertencia de los regímenes fascistas de la Europa de entreguerras, también encontramos en la novela elementos utópicos y ucrónicos. Utópica es la sociedad por la que lucha Ernest Everhard y su esposa, una sociedad igualitaria, justa, libre y pacífica. Si bien este tipo de sociedad se termina estableciendo y es desde donde se publica el manuscrito, en la novela no aparece descrita, aunque siempre esté presente en los sueños de los protagonistas. London, en esta obra, en lugar de mostrarnos una utopía socialista, nos muestra la lucha de los personajes para llegar a ella en medio de una sociedad de características distópicas. En cuanto al factor ucrónico, en menor medida, también está presente. Si bien en la obra no encontramos un punto Jonbar donde la realidad histórica toma otro rumbo, sí es una novela, que al igual que las ucronías, está anclada en un lugar histórico real. Leyendo el talón de hierro, vemos que también es válida la pregunta que podemos establecer en toda ucronía “¿qué hubiera pasado sí? El talón de hierro, al igual que este tipo de obras, conjetura y especula sobre cómo hubiera sido la vida si un régimen como el allí descrito hubiera triunfado.

Este artículo literario forma parte del libro: Las otras realidades de la ficción. Disponible  en http://www.amazon.com

Blog del autor: http://palabraescritafernandochelle.blogspot.com

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  • Revista Digital Guaitiní, Miami