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Hijo pródigo

Por José Baroja

He vuelto a casa.
Así lo creo.
Intenté pisar sobre mis casi borradas huellas
para estar aquí,
de nuevo.
Lo hice
buscando cada indicio del que fue mi camino,
que accidentalmente fue,
pues al final
sin aviso
este habría de desmoronar
convirtiéndose en estorbos de ajado marinero
cayendo sobre la mierda
que tampoco me dejó avanzar.
Entonces,
solo entonces,
tuve que mirar atrás
para traerme de vuelta
insistiendo
sobre las que otrora fueron mis pequeñas huellas,
pero que ahora aplasto con diez tallas más.



Frente a mi madre

—Madre,
acá estoy,
sé que aún puedo dibujar líneas sobre el horizonte
para recordar siempre
siempre que tenga los ojos bien cerrados
las grandes avenidas,
los populares edificios,
los jardines de la clase media,
lo que alguna vez fue
completando así varios trazos de fantástica memoria
como en esas pizarras de juguete
con las que antes
con las que antes aprendí obediente a escribir
tus palabras.
Nada más.
—Madre,
ciego puedo redimir
desde aquí
los viejos relatos que me contaste,
y que inocente creí.
Sobre los amigos,
sobre las mujeres,
sobre la bondad,
e incluso sobre los hijos de puta que conocí.
Pero
cuando me atrevo a abrir los ojos
el recuerdo parece desenfocar
como si fuera una lente empañada,
turbia,
por el último hálito agónico de un infeliz al expirar.

—Mamá,
he cerrado los ojos,
llévame de nuevo a casa.



Frente a mi padre


—Padre,
me obligo a sonreír
porque simplemente debo hacerlo
hasta honrarlos en este mundo de ficción
para el que nadie estaba listo.
Nadie.
Así debo hacerlo.
Inhalando, 
exhalando,
hasta olvidar la perpetua máquina de respiración
que aún nos mantiene aquí,
obligados.
Porque ya sabemos
que la vida
allá afuera
ya no va más.

—Padre,
me he obligado a sonreír
incluso con la mierda hasta el cuello.
Lo sé.
La siento en este frío,
mientras una lágrima se entromete entre mis pestaña,
mientras las secreciones ensucian mi cuidada barba
volviéndome grotesco
como esperpento de cinco años.
Entonces,
entonces recuerdo que mi pisada ya no es como la de ayer,
aunque iluso intento sobre estas estarme en pie.

—Padre,
quiero que creas que estoy en casa.



Frente a mí

Quizás,
yo haya muerto en un mal poema,
años atrás,
muerto
ingenuamente
en un camino de esos que se hacen al andar,
en medio de un tiempo que nunca fue mío
donde me perdí
me perdí en los fragmentos que fui despojando de mí,
al azar,
hasta no reconocerme,
hasta no encontrarme siquiera
en esas viejas fotos que guardó mamá.

O tal vez fue peor.
Morí envejeciendo
como cualquier otro.
Masturbándome tras un cómodo y bien pagado escritorio
sonriendo al mejor postor
mientras creía ver a otros haciendo lo mismo
jugando a quién llega más lejos
o así lo quería entender.

Quizás,
solo recién me haya descubierto
en este invierno
siendo solo una sombra de lo que realmente fui
o debí ser.
Sombra que hoy parece una huella de muerto
dibujada sobre un penoso pavimento que no logro reconocer.
Quizás el último,
el más frío,
pues,
al fin de cuentas,
Aún sigo aquí.

 

 

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