Por Olga L. Martínez

 

I

En décimas quiere hablarme
a la sombra… junto al río.
¿Será su verso el rocío
con que viene a acariciarme?
Y si después de besarme,
un temblor siento en mi risa,
abandonaré la prisa,
excitaré mi desvelo,
hasta desnudar el pelo
para que pase la brisa.   

El frenesí del amor
se echó la décima a cuestas:
sol retorcido en las crestas,
cascabel en el dolor,

torrente que en su furor
no concibe sensatez.
Distraigo la lucidez,
busco en sus noches mi Luna,
sueño que en brazos acuna
la porfía de mi tez.

Este loco navegar
hacia su vida. El aliento
que expando en boca del viento…
Día y noche despertar
con nuevas ansias de amar…
Este vicio atolondrado
de siempre estar a su lado…
Este afán de hacerlo mío
y de colmar su vacío,
¿es pureza o es pecado?

Por él crezco cada día
en mi cuerpo, zarza ardiente;
por él se colma la fuente:
el néctar de la alegría,
espíritu, epifanía.
Por él vivo la aventura
y desbrozo la espesura
para en sus brazos nacer
y entre sus piernas crecer
calada por la ternura.

A hurtadillas robo el hilo
de donde cuelgan sus horas,
y entretejo las auroras
de un ruiseñor intranquilo.
Su reloj es mi sigilo,
el tiempo punza tras él;
se fatiga el carretel,
Venus soy frente al espejo,
desnuda: es mi reflejo,
quimera en un anaquel.

¿Magdalena se desviste
y acepta la penitencia?
¿Pecar acaso es demencia
o simplemente es alpiste?
Cuando la tarde está triste,
¿por qué lo busco en el cielo?
¿A quién le importa su vuelo
más que a mí? ¡Corro a buscarlo!
Son estas ansias de amarlo
las que alimentan mi anhelo.

 

II

Lo vi salir del Parnaso.
¡Qué de versos en su boca!
Lo apetecí como loca
y lo esperé sin retraso
a las puertas del ocaso.
Supe entonces de locura:
sus brazos a mi cintura
y a mi espalda se aferraron,
sus ojos me acariciaron
con una mirada impura.

En el jardín: la manzana…
¿Será prudente morderla?
Y… ¿por qué voy a perderla
si la saliva me emana
desde la casta Susana?
Desabotona mi blusa,
un ave pasa y su musa
besa despacio mi vientre;
su lengua dejo que entre
como Mesalina intrusa.

¡Te invoco, Santa Teresa!
El éxtasis de mi entraña
es su dardo quien lo baña
con gemidos de frambuesa.
Como Náyade traviesa
subo al Edén, y en el trono
a horcajadas lo corono:
sus ojos me desagravian
cuando las caderas rabian
y sus labios aprisiono.

¿Escuchas la sinfonía?
¡Beethoven! Mi cuerpo es piano.
Cuando lo toca su mano
el mar es una utopía.
De mito y hechicería
tatuado llevo el aroma,
y cuando el aullido asoma
y luz soy del Paraíso,
a Dios le pido permiso
y me convierto en paloma.


Con este conjunto la autora obtuvo el Premio Décimas para el Amor “Hermeides Pompa Tamayo”, en el Concurso Nacional Ala Décima, 2022. (N. del E.).