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Página de Inicio Alas de colibrí Obra para niños de Keyla Fernández Martínez Escogiendo un nombre

Escogiendo un nombre

Por Keyla Fernández

De esto que les voy contar ha pasado mucho tiempo, aún no existían los nombres de los años, los meses, ni los días, a los animales tampoco había cómo llamarlos; ni identificarlos, la situación era intolerable.
Un día, a uno de ellos se le ocurrió convocar a los demás para decidir el nombre de cada cual (no sabemos todavía cuál fue el de la idea); lo que sí nos ha llegado de los cuentos de nuestros abuelos, bisabuelos, tatarabuelos… es que para algunos fue fácil encontrar el nombre, para otros muy, pero muy difícil.
¿Por qué el cerdo o puerco se llamó así? Pues era un animal muy sucio, se revolcaba en el fango y comía cualquier cosa; al pasar todos gritaban: “¡Cochino! ¡Puerco!”
Había otro que se pasaba todo el tiempo brincando, enroscaba su larga cola en las ramas de los árboles, trataba de hacerse el gracioso con los demás y abría bien grande la boca para emitir unos sonidos que sonaban así: ¡Mo-no-no…mo-no-no! Entonces ese fue el nombre que le quedó: Mono, y para siempre.
También llegó un animal que no sabía ni leer ni escribir; cuando intentaban enseñarlo solo pronunciaba algunas frases, no aprendía nada, si querían que aprendiera la sílaba “mu”, él decía: “¡Bu! ¡Bu!” Y si trataban que leyera la palabra “uso”, solo movía su gran cabeza diciendo: ¡Urro! ¡urro! Por eso se le llamó Burro.
Así, por sus características, se les fue buscando nombre, pero… siempre hay un pero… era incómodo encontrar nombre para todos. Un día se apareció uno gordito, grande y muy torpe al caminar, se puso tan nervioso, que cuando lo pusieron a leer le cayó hipo y sólo podía decir: “Hi…po…hi…po…ta…” y otras frases más que no se entendían claramente. Decidieron llamarlo Hipopótamo.
Un animal larguirucho, con el cuello tan alto que podía hasta comer hojas de los árboles sin estirarse, entró muy altanero. Como no veía bien lo que le dieron a leer porque su cabeza estaba entre las ramas, comenzó a girar su cuello buscando claridad y le daba vueltas como si fuera un tornillo… A  alguien se le ocurrió decir: “Gira, gira, gira…” Su nombre fue y es aún Jirafa.
Apareció además alguien con gran melena dorada, fuerte, con largas uñas afiladas y muy habilidoso en la lucha… El melenudo, vanaglorioso de ser el más valiente, porque pudo pasar bien la prueba, leyó, leyó tanto que hubo que mandarlo a callar y así se ganó el nombre de Lecturón, pero como era tan largo, él mismo le quitó las letras c-t-u-r y se quedó en León.
Este cuento me lo hizo mi abuelita, para que yo conozca cómo surgieron los nombres de algunos animales, todavía hay otros que no sé por qué se llaman así, pero en cuanto me entere se lo contaré…

Este cuento resultó premiado en el Encuentro Provincial de Niños Escritores, Cienfuegos, E2017.

 

 

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