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Página de Inicio Alas de colibrí Obra para niños de Nersys Teresita Felipe Herrera Román Ele

Román Ele

Por Nersys Felipe

Hubo un tiempo en que todos los hombres eran iguales y vivan felices en sus cavernas, pescando, recolectando y cazando por bajíos y montes altos. Luego vino un segundo tiempo de

tristeza y abusos; de dueños descansados que vivían en riquezas; y de esclavos que morían por tanto trabajar. Después llegó un tercer tiempo muy parecido al anterior: los dueños siguieron siendo dueños y en vez de esclavos hubo criados. Llega un tiempo nuevo que acabó con los abusos y las tristezas; que hizo que los hombres de estos valles vivieran unidos y felices, trabajando y descansando todos por igual. Todo ocurrió en el tercer tiempo: cuando los fértiles valles del Cuyaguateje estaban llenos de criados que trabajaban en las tierras y en las casas de los dueños mientras estos vivían descansados y en riqueza. Todo empezó el día que nació un niño hermoso, no hay nada que le gane. Este niño era: alto, muy derecho y fino, con el pelo hecho de sortijas tan negras y brillantes como la piel, que parecía, por el brillo, untada en manteca de coco. Se llamaba Román Ele. Tenía los dientes grandes y separados, las encías rosadas, los ojos como pintados, y era nieto de criados e hijo de criados y criado él también. Él era un niño hermoso de cabeza a los pies. Él era un niño negro, vivía en la finca más grande del valle: la tenía junto a la portada la ceiba doble que eran 2 ceibas en una y donde vivía también Crucita: era la niña blanca llamada de verdad Cruz María de  los Ángeles; era la hija de los dueños. Román Ele no tenía padres: se habían muerto; tampoco tenía hermanos: sus padres habían cogido las fiebres del tifus cuando él era pequeñito y solo tenía un abuelito y ya era bien viejito que hasta los dueños lo habían sentado en el cuarto del maíz seco desde mucho tiempo atrás. Román Ele cuidaba mucho el cuarto de maíz porque esta era su casa; todos los días sacudía los dos colchones viejos y los sacaba al sol por los piojillos que cogían. Todos los días acomoda los sacos y botaba las tusas, luego barría el piso de tierra porque todos los días le ensuciaban los gallos, las gallinas y los pollitos. Siempre vigilaba los rincones y las tablas de las paredes y el techo para matar cuanto ratón saliera por medio a que le mordieran el viejo. Calazan, el abuelo, ya hablaba muy poco; pero siempre que llegaba el nieto por las tardes le decía: “Ele ¿no se pasea hoy?” Y a pasear se iba: uno era alto, derecho y muy fino; el otro, pequeño, jorobadito con su bastón de palo de guayabo y no permitía que le negaran de brazo. Luego siguieron hasta la portada de la finca; el viejo se sentaba recostado en el tronco doble de la ceiba y empezaba los saludos desde la carretera. “Tarde buena, Calazan”. “Igualitica la tenga!” “¡Cómo crece el nieto, abuelo!” “Sí crece, caramba”. “¿Cómo se anda, viejo?” “Como se va pudiendo.” “¿Cogiendo el fresco, Calazan?” Aquí con Ele”. En cuanto anochecía el paseo se acababa porque Ele tenía que servir a los dueños. Crucita estaba desde los 6 años en el colegio de monjas, por eso Crucita venía cada 15 días a casa sábados o domingos y en las tres vacaciones del año.

 

 

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