La princesa Blanca

Por Carlo Frabetti

Lo despertó una mano que lo zarandeaba suavemente.
–Vamos, despierta, eres más dormilón que yo.
Ulrico abrió los ojos y vio la cara sonriente de Dormilón.
–¿Y Ágata?

–¿Ágata?
–La… bruja.
–Ah, la bruja. Estoy tan contento que hasta me había olvidado de ella –dijo Dormilón con eterna cara de despiste–. Se escapó anoche. ¿No te acuerdas?
–¿Dices que se escapó anoche? –exclamó Ulrico, incorporándose de un salto. Estaba en el dormitorio común de los siete enanos, en la cama supletoria que había sacado para que se quedara a dormir con ellos, y llevaba puesto el camisón y el gorro de dormir que le había prestado Sabio.
–Pues claro, ¿no te acuerdas?
–¿Quién me ha traído hasta aquí? –preguntó Ulrico confuso y aturdido.
–¿Cómo que quién te ha traído? Subiste tú solo. Si eras el único que no estaba borracho… Anda, levántate, te espera una sorpresa.
Mientras se vestía atropelladamente, Ulrico intentó poner orden en su cabeza. Recordaba perfectamente que se había levantado al amanecer, había seguido el rastro de la bruja y había llegado a su cueva. Recordaba cada detalle de su conversación con ella, los frascos llenos de líquidos multicolores, el brasero, su súbito mareo… Y ahora se encontraba de nuevo en la habitación de los enanos, como si todo aquello hubiera sido un sueño.
Cuando, aún aturdido y confuso, bajó al piso inferior del brazo de Dormilón, lo recibió un coro de vítores y aplausos.
Los enanos estaban sentados alrededor de la mesa, con un humeante desayuno a base de leche y tortas de avena con miel. Y a la cabecera de la mesa estaba Blanca, radiante de belleza, con el rostro iluminado por la más dulce de las sonrisas.
Por un momento, Ulrico olvidó su confusión y su malestar y se sintió el más feliz de todos los enanos. Y cuando Blanca fue a su encuentro, lo abrazó y lo besó en la frente, pensó que estaba en el mismísimo paraíso.
–Ulrico, mi salvador –dijo la joven, con la más melodiosa de las voces–. ¿Cómo podré agradecerte lo que has hecho por mí? Y sobre todo, ¿cómo podremos agradecerte todos nosotros que evitaras la muerte de esa pobre anciana?
El enano la miró a los ojos y sintió una punzada de dulzura tan intensa que resultaba casi dolorosa.
–Blanca… –musitó, y no pudo decir nada más.

Tomado de La magia más poderosa y otras aventuras de Ulrico. Editorial Gente Nueva, 2011. (N. del E.).