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Página de Inicio Alas de colibrí Obra literaria de Irma Verolín Tres niñas fuera de casa

Tres niñas fuera de casa

Por Irma Verolín

Siempre se reunían a charlar a esa hora. Era la mejor hora del día, la más sugestiva, la de la siesta. Nadie andaba por allí, no se oían  retos ni rezongos, sólo respiraciones más hondas, algún quejido inexplicable que se escapaba de las piezas donde,

si la gente no dormía, lo disimulaba y hasta creía que estaba hundida en el sueño a pesar de tener los ojos abiertos. El mundo se había aplacado soberbiamente como si le hubiesen echado una pesada manta encima. A las niñas les gustaba estar juntas,  aunque no  tuvieran nada que hacer,  aunque no se les ocurriera un juego para pasar el tiempo. Estar juntas ya era suficiente.
La galería ancha se extendía al costado de la casa, era un remanso y ahí se quedaban, una al lado de la otra, las tres. A veces intercambiaban figuritas, escribían historias o copiaban versos que usaban palabras difíciles de esas que nadie sacaba a relucir en las conversaciones, al menos en  aquella casa de la galería ancha.
El verano acababa de comenzar y ellas sabían que por lo menos durante la siesta el orden del mundo quedaba relegado. Se acurrucaban una junto a la otra, bien pegaditas, bajo la espesa colcha tejida,  cobijadas ante cualquier amenaza.  Las voces de la gente grande que desde la mañana deambulaban por la casa se habían ido vaya a saber dónde y no necesitaban volver a escucharlas. Todo estaba bien así y, allá lejos, del otro lado de las ligustrinas, el  tranquilo pueblo tampoco tenía nada que decir. Las horas se volvían blandas, sigilosas y hasta el menor cuchicheo se transformaba en un espectáculo secreto. En algunas ocasiones dejaban la galería y se iban al  jardín del fondo con un palito a desenterrar lombrices para verlas moverse: oscuras las lombrices sobre la tierra oscura. Pero los ojos de las niñas podían separar lo uno de lo otro y entretenerse. Por lo general se quedaban por acá o por allá, en el jardín de adelante, en el fondo o en la galería.  Preferían evitar el interior de la casa donde las respiraciones de los que dormían o simulaban hacerlo se iban haciendo cada vez más profundas, igual que un trueno en mitad de la tormenta que surge con violencia y no se sabe de dónde ha surgido.
Una siesta el calor se  volvió muy intenso. Parecía que la calle, tan silenciosa e iluminada, las estaba llamando.  Entre risas las tres niñas se fueron  arrimando hasta el portón de entrada y, en un gesto cómplice,  soltaron la tranca y salieron, así, sencillamente, sin dejar una nota, sin despertar a nadie ni dar explicaciones, salieron. ¿Qué problema podía haber? En el pueblo  quien más quien menos se conocía,  desde muy chicas habían escuchado decir eso continuamente, ellas tan atentas a lo que la gente grande hablaba. Cruzaron calles de tierra, se resguardaron bajo un algarrobo y siguieron avanzando entre el sopor y ese aire frágil, cálido que les rozaba las mejillas. Escaso es lo que había para hacer en  aquel pueblo, especialmente en  ese momento del día. Entonces, desde lo más lejos del paisaje, se percibió un remolino blancuzco que fue creciendo y acercándose. Luego, poco a poco, entre el tumulto de aire y tierra  que se alzaba, las niñas distinguieron un coche. Era un coche grande, lustroso a pesar de la polvareda. La puerta se abrió produciendo un sonido compacto y metálico. Una voz amable surgió desde  el interior acolchado, una voz que las invitaba a subir. Nadie vio cuando las tres niñas entraron en el coche. Es más, nadie dice haber identificado un coche con tales características andando por allí y a esas horas. Pero se habló del coche cuando después, al anochecer,  ninguna persona pudo localizar a las tres niñas. Se habló del coche y también de alguien que creyó reconocerlas a la orilla del río. Otros  dijeron haberlas visto juntando moras  en las afueras del pueblo. Tampoco faltaron los que aseguraban que estuvieron un largo tiempo bajo aquel algarrobo,  tendidas sobre el pasto, en silencio. Con el correr de los días se dijo de todo un poco. Hubo quienes creyeron verlas  acompañadas por un grupo de gitanos en dirección al sur. Alguien susurró que había soñado que  las vio muertas en el  recodo del río y estaban los que no dudaron en acusar al circo que anda buscando chicas lindas que bailen en sus funciones. A medida que el tiempo fue transcurriendo se dijeron muchas otras cosas más. Que alguien las vio en un prostíbulo en la Patagonia o en otro, muy cerca  de la frontera con el Brasil. También dicen que las  sorprendieron comiendo helados en el centro comercial más grande de la capital de la provincia. Fueron unos cuantos los que insistieron en que fueron subidas a un barco que atravesó el océano. Lo cierto es que  en la mayoría de las historias, distintas entre sí, descabelladas a veces, inexplicables otras, las tres niñas  aparecían juntas, siempre muy juntas. El escenario del mundo ya no alcanzaba para el montón de historias que la gente del pueblo   siguió contando a través de los años y del misterio. Y, lógicamente, con el paso de los años, el misterio fue creciendo, como  sin duda crecieron los cuerpos de esas niñas que, seguro, ya no serán niñas y que estarán vaya a saber en qué sitio con expresiones  distintas en sus rostros y el cansancio en sus pies de tanto ir y venir por aquí y por allá en la imaginación de la gente  que, por cierto, es un lugar demasiado grande para vagabundear sin descanso.

Del libro Una foto de Einstein tocando el violín. Ediciones EM, Buenos Aires 2012. (Primer premio IX Concurso Nacional Macedonio Fernández).

Mi abuela María Juana

Yo no sé  muy bien cómo son de verdad las abuelas de mis amigos. Pero de mi abuela María Juana sí puedo hablar. Mi abuela  no teje ni hace tortas de chocolate ni me lleva a caminar por la plaza. Sin embargo, además de contarme historias fabulosas,  es una adivina infalible. Claro que es una adivina bastante especial porque no se parece en nada a las astrólogas que se ven en televisión, ésas que andan con el peinado batido y aros colgantes. Tampoco se parece a las que tiran los naipes con los ojos entrecerrados. Mi abuela adivina sin querer, mejor dicho: el cuerpo de mi abuela anuncia las desgracias o la buena suerte sin que ella se preocupe o ponga voluntad en el asunto.
Y no es porque sea de mi familia, pero puedo decirle a cualquier persona que la adivinación de mi abuela no falla nunca. Si le duele la rodilla izquierda habrá  guerra en  Oriente. Si le parpadea un ojo, se desbordan n los ríos. Si se le aceleran los latidos del corazón habrá  terremotos en alguna parte del planeta. Ahora bien, si le cosquillea un dedo del pie, algo feo suceder  en nuestra familia. Por eso, al levantarnos a la mañana, lo primero que le preguntamos es:
–¿Qué tal tus pies, abuela?
Y ella pone los ojos en blanco, piensa un ratito y, por lo general, nos contesta:
–Bien, gracias.
Después le preguntamos por sus otras partes del cuerpo para interesarnos por los futuros acontecimientos del mundo. Así todos los días.
Por suerte, casi siempre el cuerpo de mi abuela estuvo de acuerdo con nuestros deseos. Hasta que un día pasó lo que tía que pasar. Preguntamos:
–Abuela, ¿qué tal tus pies?
Ella, con los ojos llenos de lágrimas, nos hizo un gesto raro que significaba: "Tengo cosquillas".
Aquel día nadie dijo una sola palabra más. Cerca de la hora del almuerzo nos animamos a preguntarle por el resto de su cuerpo y nos enteramos de que también  habría  guerra en Oriente, desbordes de ríos y algún terremoto. De la cabeza a los pies el cuerpo de mi abuela era un puro anuncio catastrófico.
Pensamos que todo eso iba a ser demasiado para un solo e indefenso día. Aún así, como las adivinaciones de mi abuela no habían fallado jamás, esperamos la hora del noticiero temblando de arriba abajo. Cuando llegó la media noche y ninguna desgracia cayó sentamos en el patio a charlar. Charlamos sobre muchas cosas. Nos reímos y nos contamos secretos. Y allí estuvimos hasta que salió el sol y vinieron los ruidos y empezaron las idas y venidas por la casa. A  lo mejor, de una vez por todas, el cuerpo de mi abuela ya había recuperado su sentido de la realidad.


Publicado Revista del diario La Nación para los chicos, número 45, con ilustración de Barreiro, Suplemento Infantil del diario La Nación, Buenos Aires 29 de agosto de 1997, pp. 30-31. (N de la A.)

 

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