Teresita Fernández, toda verdad contra engaño *

Por Waldo González López

“Teresita de la Peña” la denominé décadas atrás en uno de mis primeros poemarios. Así me aconteció cuando, por primera vez y en el Parque Lenin, la vi cantar y disfrutar como una niña entre chicos.

Desde ese mismo instante supe que tenía ante mí una notable artista del arte musical para la infancia y, aún más, para todas las edades.
Cierto. Teresita Fernández es aquella y esta mujer que versea el mistral desde Gabriela, venteadota chilena y universal. Aquella y esta cubana que canta a Martí desde el rumbo de su pecho, aleteando tras los pasos del Maestro. O, mejor, y otra vez: aquella y esta mujer que deviene niña entre niños. Así de simple.
Por ser como siempre ha sido y será para todos, aun quienes no la  conocen personalmente, son atrapados por su carismática personalidad y, ya subyugados, son convencidos y vencidos por el encanto de su égida cristiana y cubanísima, proverbial y martiana.
Lectora infatigable del enorme autor de Ismaelillo, siempre supo aunar vocación y conducta, como letra y solfa, pues recuerdo un hecho estético inolvidable: cuando musicó ese poemario fundacional, bajo la dirección orquestal del destacado compositor cubano Julio Roloff.
Y qué decir de su ingente labor con los inigualables poemas de la Premio Nobel del cono sur. Ella, como nadie hasta la fecha, supo tempranamente convertir en canciones sus “Rondas” y llevarlas a la memoria colectiva de no pocos chicos y adultos latinoamericanos, y no solo cubanos.
Destinada principalmente a los pequeños en esta excelente tarea del ya citado texto martiano, sin embargo, en su invaluable labor como compositora descuellan asimismo sus obras dedicadas al orbe adulto. Estas –y es de lamentar– nunca han sido tomadas en cuenta para su grabación por las disqueras nacionales, ya que, a pesar de que las superan numéricamente, al parecer los directivos de tales empresas ignoran las maravillas de esas creaciones para adultos, entre las que sobresalen sus canciones.
Acerca de ello, la propia Teresita apuntaría: “[…]  ese fue el destino que dieron a mi trabajo, pero son para todos los que, por fortuna, no olviden el niño que llevamos dentro. Debo decir que detrás de  cada canción hay una anécdota, un cuento, una visión poética de los caracteres de esos animales-protagonistas, que modestamente pueden servir como apoyo o medio auxiliar a los maestros. Y lo más importante: esos niños han crecido y hoy son padres o abuelos que las cantan a sus hijos o nietos. Por eso sigo haciéndolo”.
Y sabedora del desinterés con que ciertos intelectuales miran (o mejor: subvaloran) tan importante labor, añadiría que para tan compleja actividad, es necesario: “[…] ser sincera y, eso sí, un poco niña, pues ellos captan el amor y la ternura mejor que ciertos adultos y, además, porque los temas fundamentalmente de la naturaleza (la flora, la fauna) responden a sus motivaciones. Esta labor creadora implica un mayor interés espiritual que material”.
Este poeta y crítico se precia de que, entre sus múltiples antologías publicadas, haya dos con las propias canciones suyas y las “Rondas” de la Mistral musicadas y popularizadas por nuestra Teresa de la Peña, según la definí en la ya mencionada décima que. incluida en varios de mis poemarios, me vuelve a servir para concluir este breve pero sentido homenaje a mi querida colegamiga de años, exvecina e imperecedera Teresita Fernández.

Teresa de la Peña
Sueño que vuelve de antaño;
fiero esplendor de la rosa;
magia en yagruma amorosa,
toda verdad contra engaño.
Sol en el musgo: peldaño.
Piedra y guitarra: belleza
de honda y oscura fiereza.
Ritmo que vibra y se trunca,
canto de siempre y de nunca.
Vida como himno: Teresa.
(5/12/1980)

* (N. del E.) El presente trabajo ha sido tomado de “En Julio como en Enero”. Revista sobre literatura infantil 23/2012. Número especial XXV Aniversario. (pp. 3-4).